Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla de TV. Y el sábado y domingo estoy en "No es un día cualquiera" de Radio Nacional de España, con Pepa Fernández
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI

lunes, 22 de abril de 2013

(188) Giorgio Napolitano, un VASP, el frescor enérgico y sosegado de la senectud
Giorgio Napolitano, la freschezza energica e ponderata della “senettute”


 
«Algo se muere en el alma cuando un amigo se va.
Cuando un amigo se va algo se muere en el alma.
Cuando un amigo se va algo se muere en el alma.
Cuando un amigo se va.
Cuando un amigo se va y va dejando una huella
que no se puede borrar y va dejando una huella
que no se puede borrar.
No te vayas todavía, no te vayas por favor.
No te vayas todavía que hasta la guitarra mía
llora cuando dice adiós»
 
Podríamos recurrir al ritmo de sevillana rociera y a esas estrofas pegadizas de “El adiós” con guitarras y voces de Los Amigos de Gines. Lo mismo que sería muy fácil, aquí, rememorar e incomodar a muchos personajes que por algo han destacado a lo largo de la historia de la Humanidad y cuyos actos y verbos, sobre todo sus reflexiones-balance, han tenido mayor relevancia en sus años no precisamente mozos. Podríamos pasearnos a lo largo de siglos, longitudes y latitudes del globo terráqueo, de lenguas y culturas, de vicisitudes y avatares, de gozos y angustias. En todo lugar y momento, la Humanidad ha tenido que decir algo parecido a ese “No te vayas todavía”.
Cuando uno ahonda en la memoria, mucho aflora y emerge sin solución de continuidad, aunque sin un orden establecido ni con el rigor de un historiador o de un archivero. Pero estamos preñados de ejemplos. Entre la Historia y la leyenda tenemos a Lucio Quincio Cincinato que, a sus 75 años de edad, los romanos llamaron a gritos, imploraron, para que abandonara su jubilación agrícola y retomara las riendas de la “res publica” en peligro.
Mucho más atrás en el tiempo, la Biblia nos propuso a Job, a ese anciano de la tierra de Uz, la actual Arabia, como un ejemplo de ser “sin culpa” y “apartado del mal” (Job 1:8.), distinguido por Dios como ejemplo de rectitud, paciencia y aguante frente al sufrimiento (Eze 14:14, 20).
En cualquier periodo, en todo lugar, encontramos a ancianos que han sido clave para entender un momento, para salir de una situación más que compleja, para generar ideas brillantes, indicar caminos, empujar hacia soluciones que otros ni vislumbraban. No seré yo quien vaya a hacer aquí una enumeración que tendría lagunas, sería sin duda opinable y que, en cualquier caso, presentaría el riesgo de quedarse corta como corta es nuestra memoria, a la par de la gratitud.
El elogio de la senectud ha quedado hoy algo desfasado, démodé, out, carca, obsoleto, contracorriente, en estos nuestros tiempos frenéticos y angustiosos en los que prima la inmediatez ante la visión histórica, lo que en el mundo de la economía se traduce en “resultados, ya” y que en la política sólo nos ofrece políticos y nos sustrae a esa raza en vías de extinción que son los estadistas. Pero en momentos de sosiego, entre una crisis y la siguiente, alguien se ha ocupado de recordarnos que si se hace camino al andar, quienes anduvieron, y anduvieron mucho, esos son los que llevan en el zurrón un bagaje de acumulación y experiencia del que la sociedad no puede tener la osadía de prescindir. Y, sin embargo, inmediatez y juventud parecen valores absolutos que puntúan de por sí solos ante una senectud tratada con desdén cuando no con evidente desprecio.
De esos elogios de la vejez, o toma de conciencia ante una circunstancia más que evidente, se ocuparon personajes como Platón en “La República” y Cicerón en suDe Senectute”, título, éste último, retomado por Norberto Bobbio. Y muchos más, a lo largo de la existencia del ser humano. No hay lugar, tribu, grupo social, país o continente que no haya sentido la necesidad de detenerse para escuchar, observar, hacer acopio, empaparse del producto de la experiencia de quienes ya recorrieron la mayor parte de los tramos de su paso por este mundo.
«Un vieillard qui meurt est une bibliothèque qui brûle», “Un anciano que muere es una biblioteca que arde”, nos avisaba el escritor, etnólogo, historiador y poeta maliense Hamadou Hampaté Bâ, en su bellísimo libro “Vie et enseignement de Tierno Bokar: Le sage de Bandiagara”, con el que rememoraba a la mente anciana más lúcida de su pueblo natal. Una fotografía clara, sencilla y fascinante que como pocas ha ilustrado el papel que la cultura africana otorga a una persona de avanzada edad y reconocida sabiduría.
22 abril 2013. Aplausos a cada frase del enérgico discurso de toma de posesión de Giorgio Napolitano en parlamento
¿A dónde quiero ir con todo esto? Pues no muy lejos. Sólo a la estricta actualidad de estas horas. Cuando la incapacidad de la política, de políticos de todo signo, sensibilidad y tendencia, y la de la misma sociedad de la que son expresión democrática, necesitan entonar un angustioso “No te vayas todavía, no te vayas por favor” y pedir al venerable anciano Giorgio Napolitano, como a un moderno Cincinato y a un paciente Job, que por favor renuncie al merecido descanso y nos saque del abismo.
Una apelación a la visión y a la responsabilidad histórica y social que la Humanidad casi siempre ha confiado a la senectud, a ese refugio atávico de los miedos, calorcito en las grandes heladas, fármaco y placebo de enfermedades reales e imaginarias, desfacedor de entuertos y brújula en piélagos tormentosos.
No nos hagamos grandes ilusiones. “Rey Giorgio” al final ha cedido a la llamada de socorro y se ha puesto manos a la obra. Seguro que hará lo que considerará más apropiado según su ciencia y conciencia. Y, sea cual sea el resultado, su venerable senectud no espera gratitud. Sólo esa íntima sensación del deber cumplido que no es exactamente una sensación juvenil.
Lo dicho: VASP. Viejos, aunque sobradamente preparados. Como Giorgio, el puerto en el que Italia, hoy, busca abrigo y atalaya donde construir el presente, darse seguridad y poder otear el futuro.     

martes, 9 de abril de 2013

(187) Suicida, que algo queda
Suicida, il messaggio cala


Cuando uno ya ha navegado unas miles de singladuras periodísticas, a través de dos milenios, en todo tipo de medio de comunicación y en varios países, puede añadir a sus propias y habituales herramientas de trabajo una que se ha ido autoalimentando día tras día: la retrospectiva directa, vivida en primera persona y sin necesidad de ir a buscar datos a través de la aproximación de la primera “wikinosequé” al alcance del ratón.
   Entre las observaciones que me han detenido en estos últimos convulsos tiempos, hoy les propongo una llena más de interrogantes que de respuestas. Y confieso que entre algunas posibles respuestas albergo fuertes sospechas. Pero que sean Uds. quienes observen, reflexionen y saquen sus propias conclusiones.
   Me refiero a ese veto ético que, en unos países más y en otros algo menos, nos habíamos autoimpuesto los periodistas, los editores y – donde los haya – los organismos de vigilancia deontológica de nuestra profesión. Hablo de la no publicación de los suicidios, salvo en casos excepcionales, bien motivados e ineludibles. Muy pocas situaciones lo justificaban, por mi experiencia directa.
   Los motivos de esta autolimitación comenzaban por el profundo respeto por una tragedia íntima, personal y familiar. Una tragedia sobre la cual puede haber opiniones pero no juicios. Y si estos los hay, pueden limitarse al hecho en sí y no a quien lo comete, porque se nos niega la profunda introspección del ánimo humano hasta el punto de poder conocer situación, pensamientos, estado psicológico y mil otros factores que han determinado esa última decisión.
   A ese motivo de autolimitación se sumaba otro procedente de una comprobación socio-psicológica: el grave riesgo de la emulación. Hay cientos de estudios internacionales que van en esa dirección y en todos los países se ha podido constatar que a mayor exposición de suicidios en los medios, mayor incremento de actos extremos en la cotidianeidad de esa sociedad. Me limito a indicar “La exposición mediática hace aumentar los suicidios: lo demuestran 50 estudios internacionales. Las responsabilidades de los periodistas”, del “Ordine dei Giornalisti”, el colegio profesional italiano al cual pertenezco. Colegio único en su género en el mundo porque, gestionado por los propios periodistas, autoriza a quienes pueden ejercer la profesión, representa y defiende el gremio pero al mismo tiempo tiene órganos deontológicos y propios tribunales cuyas sentencias – que pueden llevar a la suspensión o exclusión de la profesión – asumen carácter de sentencia de la magistratura ordinaria.
   Por eso no profundizo sobre el riesgo de la emulación. Solo se lo propongo a Uds. para una personal y colectiva reflexión. ¿Por qué se ha roto el tabú? ¿Por qué no sólo se publican suicidios sino que se llevan a portada o a las primeras noticias de los informativos de radio y televisión? ¿Interesa, en ciertos casos y momentos, publicarlos?
   Ahí lo dejo. Yo tengo algunas personales respuestas, hasta fuertes sospechas. Espero equivocarme.