«Lo que sea para garantizar la seguridad de los rehenes, sobre todo la de los franceses y del personal de Air France».
Son palabras de Édouard Balladur, primer ministro de Francia, pronunciadas en uno de los momentos más tensos de un episodio de terrorismo, uno de los primeros de esa naturaleza y que luego se hicieron tristemente frecuentes y a menudo más trágicos: el secuestro de un avión civil con pasajeros.
Era el 24 de diciembre, Nochebuena de 1994. Cuatro terroristas del GIA habían secuestrado en Argel un Airbus A300, vuelo 8969 de Air France, con 227 pasajeros a bordo. Un episodio que duró tres días de tensión y concluyó, en el aeropuerto de Marseilla Marignane, con el asalto de las fuerzas especiales francesas, teniendo como dramático balance tres víctimas civiles, ejecutadas por los terroristas, que fueron finalmente abatidos.
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El GIGN asalta el avión secuestrado en el aeropuerto de Marseilla Marignane |
De este episodio de terrorismo se ha escrito mucho y ha llegado a las pantallas de la televisión y del cine con reconstrucciones y película. En tv vimos el episodio “Secuestro” de la serie Mayday Catástrofes Aéreas. Pero, habiendo sido testigo, aunque en la lejanía, de esos momentos, me quedo con L'Assaut, un film de 2011 del director francés Julien Leclercq.
Aunque no es tanto de ese secuestro en sí de lo que quiero ocuparme en esta breve reflexión. Demasiados episodios parecidos hemos visto, de cerca y de lejos, y bien sabemos que todavía no estamos curados de sobresaltos producidos por la furia, la violencia, el terror gratuito o de imposible comprensión para mentes racionales y con un mínimo de sentido humano, ético, moral.
Quiero recalcar esa frase de Edouard Balladur cuando se dirigió a los franceses. El primer ministro dijo que haría «lo que sea para garantizar la seguridad de los rehenes». Pero necesitó añadir ese «sobre todo la de los franceses y del personal de Air France». En realidad, y tristemente, nada nuevo. Lo hemos escuchado en boca de muchos gobernantes y políticos de cualquier latitud de este nuestro mundo en el que lo nuestro es más importante que lo de todos, lo universal. Hasta cuando se trata de la vida de seres humanos.
Este periodista, que ya tiene recorrido, sabe perfectamente que un accidente con veinte heridos cerca de la ciudad donde se imprime un diario tendrá probablemente más relieve, espacio y tiempo que una tragedia con sesenta muertos y doscientos heridos en las afueras de Bangalore. Y me quedo corto, porque podría ensanchar mucho más distancias y proporciones inversas.
Nadie es ajeno a esto. Ni lo gobernantes ni los periodistas, tampoco los ciudadanos de a pie, sean estos telespectadores a la hora de comer o frecuentadores de las redes sociales, donde todo se comenta y donde aparecen generosidades, sí, pero también nuestros más arraigados egoísmos.


No, no se trata de un momento de buenismo de esos que me asaltan de vez en cuando. Me estoy autocriticando y critico esta sociedad tan incapaz de una auténtica, sincera y profunda empatía. Cada día más creo en muchos generosos hasta la médula, así como constato que el egoísmo no tiene reductos, más bien abarca amplios estratos de nuestra sociedad e interpela a todos y a cada uno de nosotros.
Las palabras de Balladur que he tomado como pretexto son muy reveladoras y de alguna u otra manera, con muchas posibles adaptaciones pero con el mismo trasfondo, las pronunciamos cada día.
Pues no es eso. Y me repito: él y ella SON tú, ellos y ellas SON nosotros, ¡pedazo de egoísta!