Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla de TV. Y el sábado y domingo estoy en "No es un día cualquiera" de Radio Nacional de España, con Pepa Fernández
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI

domingo, 11 de junio de 2017

(263) Ignacio Echeverría, una vida que mereció la pena. Y su muerte también, aunque haya producido dolor
Ignacio Echeverría, una vita che è valsa la pena. E pure la sua morte, anche se ha prodotto dolore


 «Quien salva una vida, salva al mundo entero». 


«No supo ni quiso pasar de largo cuando su prójimo más cercano, aunque desconocido, lo necesitaba». A Ignacio Echeverría, que ya ha pasado a la historia de la solidaridad humana como el “héroe del patinete”, quiero definirlo así y así motivaría cualquier ulterior reconocimiento que se le otorgara.

Vivió como un joven titular de valores como de entusiasmo y vitalidad, la de todas sus edades que recorrió sembrando a su alrededor amistades y admiración al salir a la palestra del mundo desde una familia que supo poner en su vida cimientos poderosos. Los que se llaman “valores” y cuyos efectos saltan y fructifican en las pequeñas cosas del acontecer diario como en el momento más dramático.


A este periodista, curtido en lo peor de la vida por haber tenido que contarlo, analizarlo, intentar explicarlo a lo largo de medio siglo de profesión, Ignacio y los Ignacios de este mundo siempre han conseguido vacunarle y alejarle de un cinismo, a veces de manera, que campa a sus anchas en el periodismo. Por prisas y “cosificación de las personas-noticia”, dicen algunos; por reiteración, justifican otros; porque para ser narrador de lo peor hay que ser frío como un témpano, añaden algunos maestrillos.

Pero no. Ignacio Echeverría y su familia – ejemplar antes, durante y después de la tragedia – a mí me han confirmado una vez más que no todo está perdido, como nunca lo estuvo. Y por eso, no me alargo más y condenso todo en un “¡Gracias!” por el ejemplo, por el mensaje y por lo que habéis sabido transmitir a una sociedad distraída por el “carpe diem”.


Ignacio Echeverría nació en Ferrol el 25 de mayo de 1978 y dio su vida para los demás en una noche de terror en Londres, la del 3 de junio 2017. Lo hemos visto en Las Rozas como en As Pontes y en muchos lugares: su generosidad extrema no ha sido en vano, ya fructifica.

Descansa en paz, Ignacio.

jueves, 8 de junio de 2017

(262) El miedo es libre, pero se puede dominar sin dejar que se transforme en pánico. Cultura #PAS

La paura è libera, ma può essere dominata senza lasciare che si trasformi in panico. Cultura #PAS


«El pánico es una deserción repentina de nosotros mismos.
Es ir hacia el enemigo que está en nuestra imaginación
».

Christian Nestell Bovee




El miedo es libre”. Cuántas veces lo hemos escuchado o leído... Pero ¿libre? Pues lo será si queremos y si ponemos los medios racionales para ejercer esa libertad de tenerlo o no, de dejar que nos domine o de que lo dominemos. Esto es lo que pienso. Me estoy refiriendo, aquí y ahora, al miedo por causa no identificada, a esa sensación que muchos, demasiados, y sobre todo en un ámbito contagiosamente colectivo, traducen en pánico.

Lo hemos visto en los últimos días en mi ciudad, en Torino. Ante un ruido, ni siquiera confirmado aunque se habló de un petardo, se desencadenó una estampida alocada de miles de personas que acabó con casi un millar de heridos, algunos graves. Enésimo episodio para acordarse, aunque en este caso con daños físicos y psicológicos, del shakespeariano  “Much ado about nothing”.

Pero acontecimientos como el pánico desatado sin motivo en la Piazza San Carlo de Torino no son una novedad. El pánico de masas, con sus a menudo trágicas como inmotivadas consecuencias, pertenece a la historia y crónica del ser humano y en nuestros tiempos se presenta con siempre mayor frecuencia.  En su base, en su detonante, casi siempre hay una fuerte componente de miedo irracional hacia algo o alguien que a menudo ni siquiera se identifica. Basta con un ruido, un rumor, una información no controlada, un bulo, un percance que de por sí sería fácilmente dominable y reconducible. Bien lo saben bomberos y servicios de emergencias: muy a menudo la mayoría de las víctimas en incendios o accidentes en grande aglomeraciones se deben más al aplastamiento por estampida masiva debida al pánico que al fuego o a un accidente muy delimitado.

No les voy a llevar a la mitológica Arcadia para rescatar al semidiós pastoril Pan, de quien procede el nombre de esta irracional reacción humana. Sólo quiero, con el pretexto de recientes acontecimientos, pero en términos más generales, suscitar una reflexión sobre la peligrosidad de dejar suelta esa reacción que se suele definir como miedo incontrolable, sensación de fuerte ansiedad y pavor que alguien percibe frente a un peligro inesperado, real o ficticio que eso sea. Una reacción contagiosa en pocos instantes y que produce un estado de confusión ideomotoria caracterizada por comportamientos irracionales, como escoger la respuesta más peligrosa entre todas las posibles para salir del real o ficticio apuro.

Aunque muy a menudo infundado en sus causas, el pánico es real y muy real para quien es presa de él. La psicología y la psiquiatría bien lo saben porque llevan mucho tiempo ocupándose de esa sensación, que es más bien un cúmulo de sensaciones, y lo tienen bien identificado y catalogado. 

El DSM, manual de diagnóstico de la American Psychiatric Association, tiene una definición tasada para el DAP, Disturbio de Ataque de Pánico. Es «un período preciso de intenso miedo o incomodidad, en el que cuatro (o más) de los siguientes síntomas se presentan bruscamente y alcanzan un pico en unos 10 minutos:
1. palpitaciones, sacudidas del corazón o elevación de la frecuencia cardiaca;
2. sudoración; 
3. temblores o sacudidas; 
4. sensación de ahogo o falta de aliento; 
5. sensación de atragantarse; 
6. opresión o malestar torácico; 
7. náuseas o molestias abdominales; 
8. inestabilidad, mareo o desmayo; 
9. “desrealización” (sensación de irrealidad) o despersonalización (estar separado de uno mismo); 
10. miedo a perder el control o a volverse loco; 
11. miedo a morir; 
12. parestesias (sensación de entumecimiento u hormigueo); 
13. escalofríos o sofocaciones
».


Pues hemos identificado al enemigo. Y ahora es menester decir que casi siempre hay tiempo, aunque se mida en segundos o menos, para ese mínimo de “detención en frío” (aunque en realidad sea en caliente) y con un fulmíneo vistazo alrededor, sazonado por algo de racionalidad, se decida si realmente estamos en situación de peligro, si la decisión y la dirección que tomamos – si hay que tomarla – es la mejor de las posibles o la menos peligrosa. O si, con ese mínimo de “racionalidad en caliente”, conseguimos darnos cuenta de que a nuestro alrededor se está produciendo ese éxodo incontrolado y devastador que responde al conocido “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”.

¿Que es fácil decirlo pero a la hora de la verdad...? Lo sé. No es fácil ni todos viven la misma situación de la misma manera. Cultura, vivencias, temperamento, psicología, fortaleza, impresionabilidad..., muchos factores influyen en los comportamientos humanos. Pero, desde la experiencia de quien sí conoce el miedo (el miedo motivado, real), ha vivido desde dentro desastres, tragedias, conflictos y para no privarse de nada también le han disparado, déjenme decir que sí se puede en la mayoría de las situaciones

Claro, se necesita una reflexión previa, y hay que hacerla cuando no hay ningún motivo para el pánico, como bien saben, por ejemplo, los servicios profesionales y voluntarios de las protecciones civiles y de emergencias.

Pues es necesario detenerse mucho más en las dramáticas consecuencias de decisiones instintivas en una situación de pavor sin conocer la causa de ese pavor. Es menester leer, hacer acopio de mucha información de los errores ajenos – por desgracia muy frecuentes – cuando grupos y o enormes masas humanas se autocontagian huyendo sin rumbo, con el santo y seña del “sálvese quien pueda” llevándose por delante a quienes se interpongan en el atropellado camino, y todos probablemente rumbo hacia el desastre.

Esta es la reflexión personal de un ciudadano con alguna que otra experiencia y que quiere compartirla con otros ciudadanos. Otra reflexión, una de las batallas de mi vida con muchos, muchísimos amigos del mundo de las emergencias, es llevar la cultura de la respuesta a lo imprevisto entre la gente
, también en la emergencia sanitaria. Y – déjenme soñar – quisiera ver el día en que en las escuelas, desde edades muy tempranas, se enseñe la Cultura PAS, es decir a responder racionalmente al peligro y eficazmente, por ejemplo con primeros auxilios o una RCP.

Yo no sé. Pero a Ud., lector, le deseo que lo vea




A propósito de la "Cultura PAS" ...


La “Cultura PAS (Protege, Avisa, Socorre)” es la capacidad de dar una respuesta, mínima o más avanzada, ante un evento imprevisto y urgente en el que a menudo la vida de alguien está en peligro. Hablamos de accidentes de carretera como de un ictus, de un infarto, de un atragantamiento o de un trauma. Pero el abanico es más amplio. 

Conocer lo esencial, lo correcto y lo urgente que hay que hacer como “Primer respondiente”, si somos testigos de un evento que necesite asistencia urgente, puede constituir la diferencia entre la vida y la muerte


Quien me conoce sabe que llevo años, por vocación y voluntarismo, en ese mundo de las urgencias y emergencias. Y no me canso de sugerir que se dedique parte de nuestro tiempo a aprender cómo reaccionar con eficacia hasta la llegada de los servicios profesionales. 


Entrar en la “Cultura PAS” no sólo es solidario y un potente multiplicador de la red de seguridad de la sociedad (hoy para ti y mañana puede que alguien para mí...).
Cultura PAS es también saber lo que no hay que hacer. Por ejemplo, no dejarse dominar por el pánico. 


Todos tenemos cerca un servicio de Urgencias o Emergencias, una sede de Protección Civil que podrá indicar como participar en un cursillo gratuito. En todo el territorio español. Desde el SUMMA112 y el SAMUR-PC de Madrid hasta el SEM de Cataluña, pasando por el SAMER-PC de Las Rozas o la Cruz Roja - Gurutze Gorria en el País Vasco. 

Busquen en Google. Encontrarán el servicio y el cursillo más cercano. Entrarán así en un mundo más seguro y con menos temores de los habituales.



martes, 30 de mayo de 2017

(261) Boycott or not Boicot? That is the question


«Serenidad es cuando lo que dices,
lo que piensas y lo que haces
están en perfecta armonía
».

Mohandas Gandhi



Es altamente improbable, diría que imposible, que alguien que me siga, me escuche o me lea pueda encontrar mi firma en un manifiesto o en cualquier otra expresión de boicot. Me refiero al boicot social o político, sin olvidar la oposición referida a una marca o a un producto comercial. No me apasionan, salvo casos muy contados y de una gravedad inusitada, esas manifestaciones públicas que conllevan a menudo el riesgo de la equivocación y por ende de la injusticia.

Pero sí, yo también adopto posturas de boicot. Lo hago desde que tengo memoria adulta y opero habitualmente en dos frentes: el ético-moral y el audiovisual-comercial. Claro, esto necesita de unas cuantas explicaciones, además de la premisa: siempre se trata de boicot, es decir de la exclusión de adquisición, consumo y uso de esos productos que, salvo una impepinable necesidad y la ausencia de alternativas, caen bajo el anatema de mi personal opinión. Todo esto en el silencio absoluto o por lo menos sin aspavientos; a lo sumo, algún comentario entre amigos y otras personas de mi entorno, si el argumento se presenta durante una conversación.

No aguanto esos jingles, latiguillos, musiquillas, fraseos, muy a menudo horteras, demasiado a menudo con tono pseudobarriobajero o falsamente infantil, que me producen un inmediato, instintivo y probablemente irracional rechazo. Por no hablar de la cantidad absurda de repeticiones televisivas o radiofónicas a lo largo del día, un auténtico bombardeo que hasta en alguien como yo, que no sabría como comenzar a odiar, producen sensaciones parecidas a ese sentimiento tan despreciable.

Para que se me entienda. Si antes no se me hubiese ocurrido poner a prueba mis lípidos con el consumo de ciertos quesitos, hoy tengo un motivo más para ni mirarlos en el escaparate de un supermercado. En sus videos comerciales, esa vocalización gritona y del todo superflua de su nombre comercial me retumba con irritación y me duele más que un lumbago.

Y NO, un rechazo silencioso con mayúsculas a ese yogurt, a la escapada a ese precioso rincón, a la página web de viajes que promete gangas y servicio esmerado, o a lo último del high-tech que llena la pantalla con el slogan a todo volumen en cuanto te descuidas.

Y otro NO, salvo que se trate de un fármaco salvavidas o de una necesidad no sustituible, a todo producto de empresas que estén involucradas en actividades, promociones, apoyos o cualquier otra connivencia con actos, acontecimientos, movimientos, filosofías o comportamientos que entran en colisión frontal con mi visión ética y moral de la vida. Ya sé que es difícil ese control, pero cuando salta a la vista o tengo la correspondiente información, no se quedan con mi dinero. Abstención o sustitución.

Y por último, tengo mi personal manera de decir NO al maleducado, al inaguantable y al frustrado que ataca en las redes sociales, muy a menudo desde un cobarde anonimato. Reconozco que, hasta ahora, soy un afortunado y que rara ha sido la ocasión en la que se han dirigido a mí con violencia verbal desde el sesgo, el fanatismo, la agresividad o la simple sinrazón. Para esos individuos tengo (vean imagen al lado) mi sello definitivo y personal, ultima ratio con la que coloco a los destinatarios en la antesala de mi total indiferencia. Sin más, salvo bloquearlos para que no vuelva a leerlos ni por error.

Decía en el incipit que no tomo parte activa en movimientos y operaciones de boicot. Pues no, pero sí. Y espero que se me haya entendido. ¿O no?






Nota histórico-etimológica
La palabra “boicot” tiene su origen en Irlanda. En tiempos de hambruna (1870), allí vivía Charles Cunningham Boycott (1832-1897), contable y administrador de las fincas del inglés Lord Erne. Cuando la Irish Land League propuso una rebaja de impuestos a los terratenientes, para que pudieran subsistir los trabajadores que alquilaban las tierras, Cunnigham Boycott no aceptó la propuesta y expulsó a todos colonos y labriegos, que perdieron sus casas.
Por esa actitud despiadada, la Irish Land League incluyó en su “lista negra” a Cunningham Boycott, prohibiendo cualquier relación, comercio o el más mínimo trato - pero también la violencia física - con el despiadado y odiado administrador. 

Desde entonces “boicot” entró en el lenguaje popular y en los diccionarios de medio mundo.