Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla o sintonía radio italiana o española. Y lo mismo ocurre en medios escritos. Tengo la inmensa suerte de no depender de nadie, de no deber nada a nadie y de poder opinar libremente cuando y donde solo yo lo considere oportuno.
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI

miércoles, 22 de junio de 2016

(257) El espejo, un regalo probablemente útil. Aunque...
Lo specchio, un regalo probabilmente utile. Anche se...


«En las últimas décadas de mi vida, cada mañana me he mirado profunda y sinceramente en el espejo más íntimo y me he preguntado: "¿Si hoy fuera el último día de mi vida, haría lo que estoy haciendo o a punto de hacer?". Y si la respuesta ha sido "No" o he dudado durante demasiados días seguidos, he entendido que había algo que necesitaba ser cambiado radicalmente».
(Steve Jobs)

 A veces, no sabiendo qué regalar, reflexiones como esta, y muchas más, llevan a pensar que regalar un espejo puede ser útil. Aunque acabe en la basura. O se utilice presentando a los demás (y hasta creyéndolo o fingiendo creerlo) el lado que devuelve la imagen que más conviene. Casi siempre anestésica y analgésica.




«Negli ultimi decenni della mia vita, mi sono guardato ogni mattina profondamente e sinceramente allo specchio, chiedendomi: "Se oggi fosse l'ultimo giorno della mia vita, vorrei fare quello che sto facendo o a punto di fare?". E ogni qualvolta la risposta è stata "No" oppure ho dubitato per troppi giorni di fila, ho capito che c'era qualcosa da cambiare radicalmente». 
(Steve Jobs)

A volte, non sapendo che cosa regalare, riflessioni come queste, e molte altre, portano a pensare che regalare uno specchio può essere utile. Anche se finirà nella spazzatura. O lo si utilizzi presentando agli altri (e persino credendolo o fingendo do crederci) il lato che restituisce l'immagine più conveniente. Quasi sempre anestesica e analgesica.













miércoles, 1 de junio de 2016

(256) Hay monjas y monjas. Algunas (o muchas) son providenciales
Ci sono suore e suore. Alcune (o molte) sono provvidenziali


Dedicado a Sor Paloma, Suor Chiara, 
la entrañable "Tíamonja" y muchas más.


En este juego periódico y repetitivo a cuánto me queda, cómo va, si la palmo o todavía no es el momento, estaba yo enfilando por enésima vez las habituales calzas verdes antes de meterme por enésima vez en el túnel de una tomografía. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de que estaba en el hospital madrileño de Nuestra Señora del Rosario. No, para mí esa no es una clínica como otra. Es el escenario de una de la muchas imágenes de muerte, de sangre y de horror que mi memoria no puede ni quiere borrar. Pero esta vez el recuerdo tuvo un aderezo de los que dejan respirar hondo un momento y mantienen abierta la puerta a la esperanza.

Era una mañana brumosa y fría. Era el  25 de abril de 1986, cuando un enésimo bombazo me levantó de la cama. Por experiencia (sólo en mi calle y cercanía he visto con mis ojos a 23 muertos y decenas de heridos en seis atentados) intuí de qué podía tratarse. Me vestí y bajé. Averiguada la dirección del estruendo, me puse a correr y llegué ante un escenario de horror. En medio del cruce, un colega muy conocido entonces, Alejandro Heras Lobato, de TVE, observaba atónito, enfundado en un abrigo negro que escondía un pijama. Enfrente teníamos humo, escombros, chapa, piezas de todo material. Sobre todo, unos transeúntes que intentaban prestar socorro a unos seres humanos destrozados, algunos ya fallecidos, otros en situación muy crítica. Por la calle Juan Bravo y por la plaza del Marqués de Salamanca ya llegaban a toda velocidad los primeros vehículos de varios servicios de emergencia y policiales.

El oficio y la reiteración no han conseguido hacerme insensible, ni lo conseguirán. Pero es evidente que al cabo del tiempo, sobre todo en esos años de atentado etarra casi diario, uno mantiene una aparente frialdad en el escenario y las emociones se las lleva más tarde a casa para llorarla y despotricar en la intimidad. Por eso mantengo clara la memoria de decenas y decenas de atentados y de otros hechos sangrientos, vistos en primera fila a lo largo de mi vida profesional.

Y entonces ¿por qué, enfundando las calzas en la clínica del Rosario, me acordé de ese atentado del 1986 en el que murieron cinco agentes de la Guardia Civil?

Hay un motivo. ETA dejó una bomba en el semáforo de la esquina de Juan Bravo con Príncipe de Vergara, a dos metros de la pared de la clínica regentada por las Hermanas de la Caridad de Santa Ana. En la explosión murieron en el acto tres agentes, otros dos miembros de la Guardia Civil fallecieron más tarde en sendos hospitales madrileños. Eran los relevados por colegas de refresco en la vigilancia y protección de las cercanas embajadas de los Estados Unidos y de Italia.

No les voy a hacer la crónica de lo que ocurrió. La pueden encontrar en hemerotecas y en buscadores de Internet, así como pueden ver aquí algunas páginas que he extraído de la hemeroteca online del diario ABC. Pero quiero recordar unos datos y algo que se me dijo en el hospital por celadores, enfermeras y médicos en las horas sucesivas al atentado.

Ante todo, quiero recordar que hubo cinco víctimas y pudo ser una gran matanza. Piensen Uds. que tras la pared de ladrillo de la esquina, abierta en canal por la bomba de ETA,  había 55 puérperas o mujeres que estaban a punto de dar a luz y unos 60 recién nacidos, algunos en incubadoras. Y no pasó nada, más allá del susto.

Esa mañana en el hospital trabajaban las 36 monjas de la comunidad, 16 médicos, 10 ATS y 30 auxiliares. Entre las habitaciones revueltas, con camas volcadas y objetos de todo tipo por doquier, sólo un Crucifijo se mantuvo en su sitio, en la pared

Pero ¿por qué no pasó nada? Vamos a decir que fue “suerte”. “Suerte”, aunque entre niños y mujeres, volando y penetrando la pared, llegaron chapas, plásticos, partes de un neumático del coche de la Guardia Civil y más objetos.

¿“Suerte” y “casualidad” también de que – dicen que por la insistencia de una hermana – unos días antes se adelantó una reforma (cristales, ventanales, paredes) y una monja dio orden de cambiar en parte la disposición de camas y cunas, alejándolas de la pared exterior?

Lo dejo aquí. No antes de dos consideraciones. Digan lo que
Las Hermanas de la Caridad de Santa Ana operan en
varios lugares del mundo, sobre todo en el ámbito
de la asistencia y sanidad. Aquí una hermana en Macao.
digan la RAE y Fundeu, a esa “Suerte” y “Casualidad” yo le pongo mayúscula, y a las Hermanas de la Caridad de Santa Ana las homenajearía con un monumento en la misma esquina de ese atroz atentado, debajo de la placa azul (la he visto hoy) que recuerda ese trágico viernes.

 ¿Y yo? Yo acabé de enfundarme las calzas verdes y me metí en el túnel tomográfico como en un túnel del tiempo. Luego me olvidé que el resultado de la prueba tendrá que llegar y es una incógnita, sonreí a una hermana algo exageradamende y salí del hospital de buen humor. Hasta me di un largo paseo cardiosaludable. Eso sí, con un recuerdo para esas cinco víctimas y una pregunta: ¿Cuántos de esos 55 ex bebés con sus respectivas madres saben hoy algo de esa “Casualidad”?
  
* Las páginas de periódico son del diario ABC del 26 Abril 1986.
  Con un "clic" en la imagen, se ampliará.


** Véase también "Recuerdos del horror, anhelos de paz" 

martes, 24 de mayo de 2016

(255) El padre de "Maicol Daglas" y la obsesión de españolizarlo todo
Il padre di "Maicol Daglas" e l’ossessione di spagnolizzare tutto



Esta mañana desperté recordado un sueño. No suele ocurrir a menudo, pero esta vez abrí los ojos con el recuerdo de la vivencia onírica, aunque no tengo ni la más remota idea de lo que pudo provocar ese sueño.

Recorría una calle abarrotada de gente que bebía y hablaba en voz alta, una auténtica multitud repartida en pequeños grupos ruidosos, la mayoría jóvenes. Por lo que se oía, estaba clara la prevalencia de españoles. Aquí y allá, una reducida presencia de visitantes, la mayoría procedentes de países anglosajones.

Ya ven: una escena muy frecuente en la España turística, en ciudades, en localidades de veraneo y hasta en muchas poblaciones del interior de la variada geografía de la Piel de Toro.

Si desperté recordando esa visión, no fue sin embargo por la imagen en sí. Más bien quedaron impresos en mi memoria los sonidos. Sobre todo una larga secuencia de palabras que a menudo salpicaban las charlas de las gentes de esa calle. Y esas palabras no pertenecían ni al idioma de Cervantes ni mucho menos al de Shakespeare. Navegaban entre mares y se metían a menudo en borrascas incomprensibles.

Se escuchaban cosas como «dejé un pósit en la nevera», «vaya si juega bien el equipo del Ahax», «me puse los lejjins», «en la casa del pueblo tengo un escúter», «me ha fallado el Guasap», y una larga serie de parecidas o peores lindezas. Algunas hasta aceptadas y ratificadas académicamente en ese afán – que nunca entenderé en sus excesos – de nacionalizarlo todo y a toda costa. Aunque sea a costa del ridículo.
 
Ya sé, algún lector ya estará objetando. Por eso aclaro que tampoco estoy de acuerdo con salpicarlo todo de inglés o de cualquier otra lengua de manera forzosa, ostentosa y simplemente obedeciendo a modas. Pero considero que si algo ha surgido en otro país, en esa lengua, y se ha dado a conocer internacionalmente con su nombre original, me pregunto por qué sólo en España, o por lo menos por qué aquí de manera más sistemática, hay una tendencia popular y oficial a españolizarlo todo a mansalva.

Hasta tengo una pesadilla personal, algo que me persigue en mis últimos cuarenta años con base y residencia en España. Hoy todavía me encuentro a personas que, aun conociéndome bien, siguen españolizando mi nombre a pesar de haber explicado que esa supuesta traducción con la que intentan llamarme no se corresponde con la realidad. En italiano, “Josto” no es el equivalente de “Justo” y la “J”, que no pertenece al italiano, se pronuncia como una “I”. Es un nombre minoritario, poco frecuente y de origen púnico y numídico.

En Madrid, y en su avileña Candeleda, mantuve muchas charlas con el desaparecido Luis Figuerola Ferretti, que fue artífice de grandes campañas de publicidad en la Transición, en paralelo con su faceta más conocida como imitador (¿Recuerdan a "Esmeralda Clamores" en Radio Nacional de España?). Y Luis me aclaró cómo surgieron los entuertos de Ajax (el detergente, luego vino el equipo de fútbol), Colgate (el dentífrico) y los de decenas y decenas de productos comerciales irreconocibles cuando aquí los anunciaban radio y televisión o los mencionaba un consumidor español.

Pregunté sobre los motivos de los anuncios en radio y televisión tan machaconamente españolizados. Y la respuesta de Luis fue relatarme con datos, citas y nombres que prevalecieron consideraciones muy pragmáticas de los distribuidores españoles. 

«Mi querido amigo: esa era una España muy provinciana y todavía algo autárquica. A mis clientes, y en general a los de las grandes agencias, les importaba un rábano que los españoles aprendieran o dejasen de aprender lenguas. Se trataba de vender y ponerlo fácil a la señora que entraba en un colmado, en la tienda de la esquina o en las primeras grandes superficies de la época. Y una vez que comenzamos a nacionalizar nombres y marcas, pues no pudimos hacer otra cosa que seguir corrompiendo la correcta pronunciación».

Así, más o menos, fue la explicación de Luis. Y hoy, en una España cosmopolita que es visitada por millones de personas y que sale a visitar el mundo, esa estrategia, o costumbre, se mantiene. Por inercia, por pereza y también con la participación activa de instituciones cuya actuación en muchas ocasiones no consigo entender.

Y no hablemos de esa paradoja tan recordada de que sólo en España se da la curiosa situación familiar de dos actores. Me refiero a Kir Duglas (sic!), padre de Maicol Daglas (otro sic!). Pero esa es otra historia... 

Y es otra historia, en el español hablado, esa sistemática colocación salvavidas y algo nacionalizadora de una "e" protética ante nombres propios o palabras originales del inglés, del italiano y de otras lenguas. Me refiero a Mr. Stan Spencer, que aquí asume la identidad de tal Están Espencer, o de que en una tienda madrileña de alta gastronomía escuché pedir «unas lonchas de espeq» cuando el cliente lo que quería, e indicaba un cartel, era el sabroso speck de Bolzano.

Lo dejamos para otra ocasión.