«I digui Vostè, President: A l'Alguer podran veure la nostra televisió?».

Mi interlocutor, quien me dirigió esa pregunta, era el entonces molt honorable Jordi Pujol i Soley, presidente de una Generalitat de Cataluña “in progress” y con muchos proyectos, un político que ya pesaba y no poco en el juego de los equilibrios nacionales, no sólo en los catalanes. Ese “President” dirigido a mí, que me sentaba frente a él, era casi un juego, un intercambio del mismo título – mutatis mutandis – pero con una enorme diferencia. Él presidía el gobierno autónomo de Cataluña, yo, y por los siguientes quince años, era el ”primus inter pares“ del Círculo de corresponsales extranjeros acreditados ante el gobierno español.
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Salvador Dalí, Lluís Prenafeta y Jordi Pujol |
A la izquierda de Pujol se sentaba Lluís Prenafeta, poderoso secretario general de la Presidencia de la Generalidad, un hombre de biografía larga, intensa y polémica apodado desde “puño de hierro” hasta “Rasputín” en la primera década del pujolismo. Buceen, lean su biografía y verán.
Pues justo en ese periodo Pujol, por mano de Prenafeta, estaba preparando su primer gran golpe mediático, el que el 10 de septiembre de ese mismo 1983 llevaría a la primera emisión, alegal y en pruebas, de TV3. Y la pregunta sobre el Alguer que me hizo Pujol dejaba entrever los sueños y los proyectos el hombre que en estos días está en el barro de la escandalera política nacional y nacionalista.
Me acuerdo que de nada sirvieron mis explicaciones. Ni las de las dificultades técnicas de aquel entonces para llevar la señal a Cerdeña; ni tampoco recordar al president que en Alguero (el Alguer) una mínima parte de la población, sobre todo gente muy mayor, hablaba un dialecto derivado del catalán que con el catalán de Cataluña tenía el mismo parecido que el griego de mis estudios clásicos con la lengua hoy hablada en el Pireo. No me hacían caso, sobre todo Pujol. El sueño de abrir horizontes políticos a través de la lengua era demasiado goloso.
Y entonces (ya sé, muy bruto, pero era un juego de provocaciones que Pujol me conocía) solté algo así: «Vamos a ver, president... ¿De veras cree Ud. que en Alghero (lo dije en italiano) entienden su dialecto?».
El puñetazo de Prenafeta hizo saltar los cubiertos, tambalearse las copas y casi consiguió paralizar por un instante todos los tics faciales que se habían puesto en marcha en el rostro del en aquel entonces molt honorable. Hubo unos momentos de cabreo y de tensión, hasta que alargué el brazo a través de la mesa y rocé la muñeca del jefe del gobierno catalán, diciéndole: «No se me enfade, ya me conoce...”. Y después de un encendido debate a tres sobre las diferencias entre dialecto y lengua, continuamos la cena.