Algunas escuelas o líneas de la psicología lo definen como una vertiente del “victimismo patológico reactivo”, esta vez a la inversa. Me ha ido mal - se repiten las personas afectadas en su fuero interno - me han hecho muchas faenas a lo largo de la vida, no me han estimado por lo que valgo y no me han reconocido lo que me correspondía. Pues yo eso no me lo merezco - y ¡allá ellos! – como sé bien lo que quise y quiero, voy a conseguirlo. Lo antes posible, pisoteando a quien le haya tocado en suerte y a toda costa,
Nada nuevo, tampoco es muy importante la precisión de la definición. El proceso es bien conocido y hay escuelas de psicología que lo tienen bien identificado y estudiado. Si nos detenemos un momento a pensar, de estas actitudes y personalidades tenemos multitud de ejemplos en la Historia, en las crónicas y, sin salir del barrio, seguro que podríamos indicar a más de una persona.
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| La doblez, la doble cara, principal rasgo. |
Partiendo de los mismos supuestos que, con variantes y matices, pueden llevar a un individuo a ese tipo de comportamientos y reacciones, las que sí pueden variar son las causas autojustificadoras, reales o ficticias. También pueden variar las modalidades de actuación y el grado de lucidez y percepción que el sujeto victimista posee cuando ejecuta sus estrategias, conscientes o automáticas, y mantiene los "oportunos" comportamientos.
La tendencia es la de la ceguera, “pasar”, no ver o no querer ver que se está infligiendo un sufrimiento, que se está ocasionando dolor. Hay una enorme incapacidad de percibir que se están utilizando artimañas, mentiras, silencios, omisiones, actuaciones o lo que sea y todo sin el mínimo reparo moral. El fin justifica los medios, aunque esto el sujeto a menudo no lo perciba con total lucidez, gracias a su anestesia psíquica y moral.
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| Planta de Auto Anesthesia |
Cuando no se trata de fría y calculada maldad, y además sin finalidad alguna, y en esos casos habría que hacer otro tipo de consideraciones, en quien obra así hay una suerte de autoanestesia de la sensibilidad. Lo que impide darse cuenta del daño, de la tierra quemada que se expande a su paso y de los “cadáveres” que se dejan atrás, pasando por encima de uno y de otro como en un paseo militar sin auténticos contrincantes.
Los hay tímidos, muy encerrados en sí mismos, y los hay sonrientes, dicharacheros y con cierto don de gentes. Haylos que obran sólo en la sombra, otros alternan luz y sombra según convenga y hay quienes son capaces de presentar el rostro más convencional y hasta amable por todo el tiempo que han necesitado para afilar sus puñales más desleales y alevosos.
Algo muy común es que los sujetos en cuestión superpongan el “qué”, es decir el motivo, proyecto y finalidad de su actuación, al “cómo”, a toda la cadena de comportamientos orquestados y mantenidos en beneficio propio y con daño ajeno. No hay o se ha adormecido, bajando mucho su nivel, la sensibilidad necesaria para poder percibir ese aspecto primordial. Y si hay algo que no falla es la fría y automática capacidad de, habiendo sido los actores de una estrategia, autoconvencerse de que quien ha actuado es la víctima. Mal y en su contra, claro. Mentir, ocultar y enfatizar son algunas de sus armas más utilizadas y tienen a menudo la osadía de llegar a presentarse como las víctimas de una situación que en realidad son ellos y sólo ellos quienes la han creado.
Algunos
son muy activos y seriales a lo largo de la vida. Concluido un episodio, casi siempre cargado de frustraciones que excitan y retroalimentan su victimismo, suelen cambiar de ambiente y grupo social y siguen engarzando víctimas en su
collar de trofeos y añadiendo muescas en la culata de su arma Hasta la siguiente ocasión propicia en la que alguien se les
cruce por delante. Y una vez descubiertos con las manos en la masa, son capaces hasta de cachondearse o tener una reacción algo agresiva e insultante con quienes se lo hacen notar. La negación de lo que hacen es su reacción sistemática.
«Callar no es
una opción», me dice un
conocido y reconocido psicoterapeuta con muchas décadas de “escucha” en sus
hombros, mientras dibuja con un tenedor espirales en el aire. «Nunca, por ejemplo, aconsejaría
tal cosa ante una depresión. Pero si se trata de alguien que hace daño a sí
mismo y a los demás, los que pueden, los más cercanos, tienen un papel. Así
como los mismos que ha sido perjudicados, si hay una relación de confianza».
Ya, pero ¿cómo?, pregunto al plantearle hipotéticas situaciones. «Describiendo,
hablando con claridad y con ejemplos de lo que se ha observado. ¿Qué no produce
resultados? Bueno, sin ayuda es muy difícil. Pero ya sólo insinuar la duda,
provocar que se piense en lo escuchado y se eche una mirada por dentro, puede
suscitar, aunque no
guste y aunque a mucha distancia de tiempo, alguna reflexión. No niego que sean
situaciones muy difíciles».
Hay argumentos de los que hay que hablar y escribir en frío, con sosiego, prudencia, reflexión y datos contrastados, además de no perder de vista el bagaje de experiencia directa, la clínica, que tienen los profesionales. Varios estudiosos italianos, sin ser los únicos, han profundizado en el análisis de las dos vertientes principales del victimismo: el que hace daño a uno mismo y el otro a la inversa, el que tiene como diana a los demás. Y se sostiene que este segundo tipo de personalidad, la victimista reactiva que actúa a la inversa, «frente a las dificultades y supuestas injusticias padecidas en su vida, tiende a reaccionar sin querer liberarse y su comportamiento estará patológicamente finalizado a conseguir ventajas y satisfacciones como forma de defensa». En esa estrategia, que nunca reconocerá ni a sí mismo, el sujeto encadena actuación tras actuación, sin solución de continuidad o también con alguna pausa. Pero la obsesión, latente o en plena actividad, permanece, salvo en contadas personalidades.
¿La defensa? La precaución, sin duda. Pero bien sabemos que si un centinela se cambia cada pocas horas porque nadie puede mantener la alerta máxima todo el tiempo, lo mismo sabemos que el ser humano es muy propenso a bajar sus defensas, otorgando confianza bajo una serie de condiciones, situaciones y estímulos.
Y entonces se abren las puertas de la vulnerabilidad por donde se cuela el victimista reactivo de turno que actúa a la inversa, dispuesto a todo para conseguir sus objetivos o, cuanto menos, a que alguien más lo pase mal porque él lo pasó mal y, claro, injustamente. Además, actúa contemplando con desparpajo y negando el daño y el sufrimiento ajeno. Y a menudo viéndolo, no sin cierta dosis de crueldad, como algo divertido y patético. Así, episodio tras otro, la serie continúa. Sin mirar atrás y sin mirarse por dentro. ¿Patético? Pues sí, pero en la mayoría de las situaciones es patológico.
¿La reacción “a posteriori”? Dependerá del daño, del peligro para los demás y de la capacidad de la diana del victimista reactivo de absorber los estragos ocasionados, diluyéndolos en el tiempo y en el espacio. Hasta archivar en el cajón del olvido un episodio o un periodo deleznable. Algo mucho más difícil y que requiere mucha voluntad y un largo proceso cuando el responsable no ha sido un desconocido y fue una persona muy cercana.
Queda, para quien quiera y pueda, también el exigente y evangélico (de los Evangelios, no de evangelistas) “perdónalos porque no saben lo que hacen”. Pero al mismo tiempo hay que intentar que tomen conciencia de su actitud o ponerse una coraza. Con el grave riesgo de perder definitivamente la capacidad de otorgar confianza a los demás. Y entre los daños, ese es el peor. 


