Es una vieja historia. Los periodistas nos “enamoramos” de un argumento, de una vivencia, de un acontecimiento o de un personaje de la actualidad, luego, a menudo en pocas horas o días, nunca más se supo de lo dicho o escrito. Y también - es esto lo que hoy quiero comentar a raíz de la vicisitud de una mujer iraní – ocurre que entre decenas, cientos, miles de historias parecidas en las que tendríamos que dar batalla, polarizamos nuestra atención hacia una de esas historias y pasamos olímpicamente de las demás.
Sí, ya lo sé. Me dirán Ustedes que todo ocurre deprisa, que el espacio en los periódicos es limitado, que en la radio y en la tele también, y que todos los días acontecen cosas que solapan o toman el lugar de las anteriores. Pero la cuestión es: ¿Por qué en algunos casos aislados se mantienen foco, atención y tensión y de un gran número de otros casos, muy similares por gravedad, cuando no son más graves, no se escribe una sola palabra?
Es de estos días – ya lleva en los medios unos meses – el caso de la iraní Sakineh Mohammadi Ashtiani, condenada a la lapidación bajo imputación de adulterio y del asesinato de su esposo. Bien, esta mujer – ya ocurre con frecuencia – constituye el caso aislado del que la prensa occidental se ocupa, lleva a portadas, implica a veces interesadamente a muchos políticos y emotivamente a lectores y telespectadores.
Vuelvo a la cuestión inicial y repregunto: “¿Por qué los medios no mantienen una atención, una vigilancia y una tensión permanente y denuncian sistemáticamente la pena de muerte que se ejecuta o que incumbe sobre cientos, miles de personas, en muchos países? Estoy mirando tanto a Oriente como a Occidente, al Norte y al Sur.
A estas alturas, en el momento en que tenemos más que claros cuales son los derechos inalienables de los ciudadanos de este mundo, siguen sin ser suficientes las explicaciones-justificaciones sobre el espacio, el tiempo, la dificultad de mantener atención y tensión. Estamos hablando de vidas, de seres humanos. Y por hoy no insisto con otra pregunta, la que concierne los países que denunciamos con gran facilidad y los que nos cuesta apuntar con el dedo, los titulares, las crónicas y los editoriales. A lo mejor porque algunos de esos países son también nuestros mercados, socios de muchos negocios y tienen más características que desaconsejan enfadarlos más de lo que la prudencia y el interés aconsejan.
No me queda que proclamar que me siento Sakineh y también todas y todos los demás cuya vida depende de un capricho, de la política, de tradiciones, de macabros juegos o de la venganza social, que nada tiene que ver con la justicia.
Y también se me escapa un murmullo: “Periodistas, conciencia crítica de la sociedad. Depende ”.
(In attesa di traduzione)
