Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla o sintonía radio italiana o española. Y lo mismo ocurre en medios escritos. Tengo la inmensa suerte de no depender de nadie, de no deber nada a nadie y de poder opinar libremente cuando y donde solo yo lo considere oportuno.
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI
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domingo, 20 de diciembre de 2015

(245) Odio y venganza.
No y no. Setenta veces siete ¡NO!

Odio e vendetta.
No e no. Settanta volte sette NO!


«Mía será la venganza y la retribución...»
(Dt 32, 35)




«Les aseguro que tendrán Ustedes su venganza». La última vez que lo escuché (¿o lo leí?) fue anteayer y lo aseguraba un joven fiscal estadounidense a los padres hundidos de la joven víctima de un asesinato. Estamos más que acostumbrados a escuchar promesas así, sobre todo en ciertas culturas, como también lo estamos en el lenguaje coloquial y, más aún, en los momentos más agudos en los que contemplamos el horror, la bestialidad, la crueldad, lo peor que el ser humano es capaz de propinar a sus semejantes.

Tampoco escapa, esa gana de venganza, en lo más cotidiano, en los agravios de los que unos y otros creen o que tienen más que comprobado de que han sido víctimas. Y no pocos, recalentados anímicamente por ese afán de “arreglar cuentas”, enfilan el atajo y, dominados por esa sed de venganza, se lanzan a la búsqueda de la satisfacción de sus rabias más profundas en el intento de hacer el mayor daño posible al causante de sus males.

La venganza, con este nombre, siempre ha estado presente entre los seres humanos, a lo largo de su existencia en este planeta Tierra. Ha provocado riñas, ha sembrado el caos en muchos lugares, ha desencadenado y alimentado guerras entre las más sangrientas y sigue siendo el objetivo perseguido por individuos, bandas, grupos, movimientos y un sinfín de colectivos que desde luego no están contribuyendo al sosiego y a la paz en este atribulado mundo.

Hasta en los textos sagrados de muchas religiones se habla de venganza. La hay en el Corán como en el Antiguo Testamento. No están exentos de ese anhelo castigador, hasta sus más tremendas consecuencias, asociaciones esparcidas por el mundo; en el deporte se habla de vengar la ofensa para restablecer el honor y en las redes sociales de este mundo interconectado en tiempo real, para qué les voy a contar...

Estoy más que seguro de no ser el único, y espero estar en una más que nutrida, multitudinaria compañía, pero tengo claro que no sé ni nunca supe probar el deseo de “vengarme”. Ni de niño, de adolescente o de adulto supuestamente maduro. Ese deseo, y lo mismo me pasa con el sentimiento del odio, me es completamente ajeno. Me proclamo, sin temor a aparecer inmodesto, un auténtico marciano ante esos impulsos primitivos, instintivos e irreflexivos del ser humano.

Doy gracias a mis padres por los cimientos, ese forjado de hormigón moral sobre el que fundamentaron los valores esencial de mi formación, que con los naturales vaivenes de la personalidad y de los aconteceres de la vida, aquí están y perduran en lo esencial. Mi padre falleció hace pocos años, a los 94, y ella sigue, lúcida, con sus lógicos achaques pero sonriendo a la vida y buscando todo lo positivo con 91 primaveras en sus hombros.

Pues podría contar mucho, muchos episodios. Porque la mejor educación es el ejemplo. Me quedo con algo que ocurrió cuando yo entraba en la adolescencia, fue uno de los muchos comportamientos-mensajes de mis padres que se quedaron muy bien grabados en mi subconsciente y que me han acompañado a lo largo de una vida bastante intensa, en lo profesional y en lo personal. Vamos, que no he vivido en una nube, porque el contacto con la realidad, hasta la más cruda, ha sido parte de mi vida y de mi profesión de observador, narrador y buscador de explicaciones.

Creo recordar que era casi la hora de almorzar. Mi hermano, un niño, estaba observando con curiosidad infantil el vaivén de la gente frente a la puerta de casa. Alguien, subido a una moto a decenas de metros de distancia, lo observaba. De repente, la moto arrancó, aceleró apuntando a mi hermano y se lo llevó unos metros por delante. Un probable movimiento del niño hizo que el choque fuera contra su brazo y no en pleno cuerpo. Moto y conductor desaparecieron a toda velocidad y mi hermano acabó en el hospital con muchas lesiones, pero afortunadamente nada que médicos y tiempo no pudiesen curar.

Horas después, los carabinieri detuvieron al responsable de ese premeditado atropello. Se trataba de un conocido delincuente de poca monta que, por la función pública que mi padre ejercía, creía haber sido objeto de una injusticia. Nada de eso, pero es lo de menos en lo que me ocupa ahora. Lo que quiero es recordar lo que hizo mi padre, cual fue la reacción de mi padre y mi madre.

Detenido “in flagranti crimine”, con testigos oculares de sobra, el hombre tuvo un juicio en breve tiempo y fue condenado. Mis padres, después de la inicial preocupación por la salud de su hijo, que se repuso con cierta rapidez, tuvieron otra preocupación: el reo encarcelado dejaba sin amparo y sin sustento a una esposa y a muchos niños, una situación que no podía dejar insensibles. Y mucho menos a mis padres.


Pues fue cuestión de días. Mis padres ayudaron a la familia y poco después mi padre encontró un digno trabajo a la mujer, lo suficiente para que pudiese llevar a casa lo necesario para seguir hacia delante sin graves dificultades.


Es un buen momento, muy oportuno,
para agradecer a mis padres por todos
los valores que han sabido inculcarme.
Aquí están, para no exponerlos, en una
imagen plasmada por un siluetista hace
ya mucho tiempo, cuando yo era un niño.
Es todo. Y es así, es con episodios parecidos que crecí y fui educado. Y por mucho que la vida dé vueltas, lo que se siembra, los cimientos sobre los que se edifica, marcan y en el curso de la vida afloran sus consecuencias. Eso es algo que nunca podré agradecer suficientemente a mis padres, cada uno con su talante pero ambos con valores compartidos y bien transmitidos, con constancia y con el ejemplo.

¿A dónde quiero llegar? A intentar explicar por lo menos algunos de los motivos que me impiden albergar sentimientos tan destructivos como el odio y el deseo de venganza, que considero tan humanos como deleznables. Sentimientos e impulsos que no acepto moralmente y que, aunque la naturaleza humana puede hacerlos asomar en algún momento, rechazo con todo el vigor del que soy capaz.

A veces, debatiendo o conversando, he utilizado ejemplos duros. He llegado a afirmar, y lo mantengo, que ni siquiera si asesinaran a un familiar, haciendo estragos de su cuerpo, llegaría a odiar y a tramar la venganza. Lo mantengo, aunque a menudo llega la respuesta: “No has pasado por eso”. Pues no, pero me conozco y conozco a gente que ha pasado por eso o por algo de elevada gravedad y dolor y que ha reaccionado de una manera o con un comportamiento opuesto al que se esperaba.

Rabia, resentimiento, profundo enfado, disgusto incontenible, ofensa inaceptable y más son reacciones inevitables, sobre todo cuando todo escuece, y pueden ser “pro tempore” o llegan a perdurar en el tiempo, con mayor o menor intensidad. Pero el odio es bien otra cosa. Implica la repugnancia, el aborrecimiento hacia alguien de quien se desea todo el mal posible. De la misma familia de la ley del Talión y de la de Lynch, para que nos entendamos. Pues un NO tajante.

El deseo de venganza, además, implica el deseo del “ojo por ojo, diente por diente”, unas irrefrenables ganas de desquite y si es posible con propina y el mayor sufrimiento de quien estamos seguros que nos causó una ofensa, un percance, una injusticia. Otro NO con mayúscula y negrita.

Otra cosa es pedir, exigir justicia cuando el perjuicio, el daño o la ofensa de las que creemos haber sido los sufridores pueden tener su cauce en la vía civil o penal. Y si el ámbito es personal, cuando estamos en la esfera de las relaciones humanas y de los comportamientos no delictivos, sean calumnias o maledicencias, engaños o estafas morales, ahí quedan las naturales e instintivas reacciones como el repudio, el desdén, la ofensa, la desilusión, el dolor, la merma en la confianza hacia los demás. Reacciones y consecuencias que, según gravedad y profundidad, pueden acompañar momentos, días, meses, años y hasta toda una vida.

Todo eso y todo lo que humanamente se pueda comprender. Pero odio y venganza ¡NO! Porque embrutecen más a la víctima que al causante, que a lo mejor hasta es capaz de reírse frotándose las manos. Además, son inmorales, suponen un enorme esfuerzo y gran desgaste anímico y suelen marcar negativamente el ánimo humano.

Y ahora, digan Uds. que soy un “buenista”. Pues no. Setenta veces siete ¡NO! (cfr. Mt. 18, 21-22). Aunque cueste y a menudo el precio sea alto, el hecho es que mi brújula existencial intenta apuntar a un Norte en el que creo firmemente, y poco importa que no sea el más convencional, cómodo y fácil.




Y ahora, con su permiso, estoy obligado
a tomarme un descanso.
Y espero que sólo sea eso.








lunes, 7 de febrero de 2011

(40) Cuando se trata de la vida humana, no hay matices
Quando si tratta della vita umana, non ci sono sfumature

«…han denunciado el exponencial aumento del número de ejecuciones desde principios de año “en ausencia de los mínimos estándares internacionales”… ».
  A lo mejor habrá quien objetará que estoy hilando muy fino y hasta que estoy exagerando. Y también habrá quien sostendrá que una declaración se entrecomilla y se deja tal cual, guste o no guste.
  De acuerdo, pero… Hay unos cuantos “peros” que quisiera compartir. Cuando esta mañana leía, en un diario español de difusión nacional, el reportaje sobre la pena de muerte en varios países, esa frase, puesta en boca del representante de un conocido organismo que defiende los derechos humanos, paré en seco. No me gustó nada y, sobre todo, no me gustó que la periodista, aun respetando la literalidad de la cita, no la apostillara visto que se trataba de un artículo complejo, amplio y con mucha opinión, no de una fría entrevista con secas preguntas y respuestas.
  Soy militante, sin matices, contra la pena de muerte. No me interesan las causas, el contexto, la cultura y cualquier otro tipo de consideración. Creo firmemente que la vida humana no se toca. Nunca.
  Por eso, dejar que el lector reciba sin comentario alguno el mensaje de que hay penas de muerte y penas de muerte, algunas más rechazables porque infligidas «en ausencia de los mínimos estándares internacionales», no me gusta ni me convence. Entiendo que pueda haber más o menos sufrimiento, que haya hasta quienes se atrevan a hablar de “estética del ajusticiamiento” y de métodos bárbaros. Pero creo que dejar pasar estos “matices” desvía del mensaje central: el «no» rotundo, sin concesiones, al “asesinato legal”, que nunca es justicia, más bien una venganza colectiva o una brutal  admonición de quienes ostentan el poder.
  Creo que el periodista tiene que tomar distancias, que ofrecer relatos y opiniones ajenas con la máxima fidelidad. Pero en tres o cuatro cosas, y la vida humana es la primera de la lista, no podemos limitarnos a ser meros transcriptores de mensajes erróneos, equívocos. Allí hay que ser vigilantes y hasta militantes.


«…hanno denunciato l’esponenziale aumento del numero delle esecuzioni dall’inizio dell’anno “in assenza dei minimi standard internazionali”…».
  Forse ci sarà qualcuno che obietterà che sto cercando il pelo nell’uovo e persino che sto esagerando. Ci sarà poi chi sosterrà che una dichiarazione si riporta tra virgolette e si lascia così, piaccia oppure no.
  D’accordo, ma… Ci sono alcuni “ma” che vorrei condividere. Quando, stamani, su un quotidiano spagnolo a diffusione nazionale, leggevo il reportage sulla pena di morte in diversi paesi, quella frase, in bocca al rappresentante di una nota organizzazione che difende i diritti umani, mi ha bloccato. Non mi è proprio piaciuta e, soprattutto, non mi è piaciuto che la giornalista, pur rispettando la testualità dell’affermazione, non l’abbia commentata, se consideriamo che si trattava di un articolo complesso, ampio e con molte opinioni, non di una fredda intervista con botta e risposta.
  Sono militante, senza riserve, contro la pena di morte. Non m’interessano le cause, il contesto, la cultura e qualsiasi altra considerazione. Credo fermamente che la vita umana non si debba toccare. Mai.
  Per questi motivi, lasciare che il lettore sia raggiunto senza commenti dal messaggio che ci sono pene di morte e pene di morte, alcune più riprovevoli perché inflitte «in assenza dei minimi standard internazionali», proprio non mi va giù, non mi convince. Comprendo che ci possa essere maggior o minore sofferenza, che ci sia persino chi osi parlare di “estetica dell’esecuzione” e di metodi barbari. Credo, però, che lasciar passare queste “sfumature” devia dal messaggio centrale: il «no» secco, senza concessioni, all’”assassinio legale”, che mai è giustizia; è sempre una vendetta collettiva o un brutale ammonimento di chi detiene il potere.
  Credo che il giornalista debba prendere le distanze, che debba offrire la narrazione di altrui opinioni con la massima fedeltà. In tre o quattro cose, però, e la vita umana sta al primo posto, non possiamo limitarci al ruolo di meri trascrittori di messaggi erronei, equivoci. In quei casi dobbiamo essere vigilanti e persino militanti.

sábado, 8 de enero de 2011

(28) Indignarse a tiempo
Indignarsi in tempo

Si he nacido libre, en una democracia, se lo debo a la resistencia antifascista, a la lucha de la sociedad civil que vio, codo con codo, a católicos y comunistas, a socialistas y liberales, pelear por la libertad. Y se lo debo a esas decenas de miles de norteamericanos y sus aliados que desembarcaron en Normandía, en Anzio, en Sicilia, soldados que en las rotativas de mi periódico imprimieron ediciones de Star and Stripes y que donaron sus vidas para que yo, entre muchos, fuera libre. Por eso – cada uno es hijo de su propia historia, y también de su propia histeria – cada vez que paso por las cercanías de Montecassino o que vuelvo entre las miles de cruces blancas de le cementerios normandos, me quito idealmente el sombrero. Por eso, y no sólo por eso, como la izquierda, el centro y la derecha italiana en su mayoría, nunca seré antinorteamericano.
  Y sin embargo puedo ponerme duro, mantengo la capacidad de enfadarme, indignarme, cabrearme, cuando en los Estados Unidos ocurren, como en otros lares, cosas que me suscitan rabia y rechazo. Hoy, una noticia que publican muchos periódicos me llama la atención y me indigna y así me exprese con Pepa Fernández en su “No es un día cualquiera” de Radio Nacional. Ha habido, hay y habrá más graves, pero ésta no deja de enfadarme y mucho. Es la historia de dos hermanas, negras, que fueron condenadas a cadena perpetua y que estuvieron 16 años en la cárcel por un robo cuyo botín se estimó en 11 dólares. Una barbaridad, una barbaridad del Missisipi. Y lo que redunda la barbaridad es que ahora se las libera no por el despropósito de la pena, más bien porque una de la dos dona a la hermana, gravemente enferma, uno de sus riñones. ¡Qué bien, qué magnanimidad!
  Pero ¿saben lo que más me indigna? Que no tengo el recuerdo, y sí que he buceado archivos, de que mis compañeros de muchos medios, hace tres lustros, me dieran la noticia de esa impresentable condena. Para permitirme, a mí y a muchos, indignarme a tiempo, cuando a lo mejor muchos con mucho ruido hubiésemos podido intentar que alguien tomara conciencia y se movilizara para rectificar la injusticia de una justicia que a menudo es sinónimo de venganza. Venganza social, pero siempre venganza.
  Pues eso. Ya sé que hay todos los días atropellos mucho más graves. Pero este que ha destrozado la vida de dos hermanas me ha llegado hoy al corazón y me ha hecho reflexionar sobre nuestra profesión. Que es la de informar. A tiempo, cuando todavía estamos a tiempo.

Se sono nato libero, in una democrazia, lo devo alla resistenza antifascista, alla lotta della società civile che vide, a gomito a gomito, cattolici e comunisti, socialisti e liberali, combattere per la libertà. Lo devo anche a quelle decine di migliaia di americani e loro alleati che sbarcarono in Normandia, ad Anzio, in Sicilia, soldati che nelle rotative del mio giornale stamparono edizioni di Star and Stripes e che donarono le proprie vite affinché io, tra tanti, fossi libero. Per questo – ciascuno è figlio della propria storia, ed anche delle proprie isterie – ogni qual volta passo nelle vicinanze di Montecassino, o quando rivisito le migliaia di croci bianche dei cimiteri normanni, mi levo idealmente il cappello. Per questi motivi, e non solo per questi, come la sinistra, il centro e la destra in Italia, non sarò mai antiamericano.
  Ciò nonostante, posso diventare duro, conservo tutta la capacità di arrabbiarmi, indignarmi, incavolarmi, quando negli Stati Uniti avvengono, come in altri luoghi, fatti che in me suscitano rabbia e ripudio. Oggi, una notizia riportata da molti giornali ha richiamato la mia attenzione e mi ha indignato e così mi sono espresso con Pepa Fernández nel suo “No es un día cualquiera” in Radio Nacional de España. Ci sono state, ci sono e ci saranno fatti più gravi, ma questa non può non farmi arrabbiare, molto. È la storia di due sorelle, nere, che furono condannate all’ergastolo e hanno scontato 16 anni di reclusione per un furto il cui bottino fu stimato intorno agli 11 dollari. Un’atrocità, un’atrocità del Mississippi. E ciò che la aggrava è che ora non sono state liberate per il riconoscimento dello sproposito della pena, ma perché una delle donne ha donato uno de propri reni alla sorella gravemente inferma. Bene! Quale magnanimità!
  In realtà, volete sapere che cosa maggiormente m’indigna? Che non ricordo, eppure ho cercato negli archivi, che i miei colleghi di molti giornali, tre lustri addietro, mi abbiano fornito la notizia di quell’impresentabile condanna. Per permettere, a me come a molti, di indignarmi in tempo, quando forse molti e con molto rumore avremmo potuto tentare che qualcuno prendesse coscienza e si mobilizzasse per rettificare l’ingiustizia di una giustizia che spesso è sinonimo di vendetta. Vendetta sociale, ma pur sempre vendetta.
  È tutto qui. So bene che ogni giorno assistiamo a ingiustizie forse più gravi. Ma questa che ha distrutto la vita di due sorelle mi è giunta al cuore e mi ha fatto riflettere sulla nostra professione. Che ha la vocazione d’informare. In tempo, quando siamo ancora in tempo.

martes, 14 de diciembre de 2010

(18) Cuando la muerte nos horroriza. Transitoriamente
Quando la morte ci fa inorridire.
Transitoriamente.

Es una vieja historia. Los periodistas nos “enamoramos” de un argumento, de una vivencia, de un acontecimiento o de un personaje de la actualidad, luego, a menudo en pocas horas o días, nunca más se supo de lo dicho o escrito. Y también - es esto lo que hoy quiero comentar a raíz de la vicisitud de una mujer iraní – ocurre que entre decenas, cientos, miles de historias parecidas en las que tendríamos que dar batalla, polarizamos nuestra atención hacia una de esas historias y pasamos olímpicamente de las demás.
  Sí, ya lo sé. Me dirán Ustedes que todo ocurre deprisa, que el espacio en los periódicos es limitado, que en la radio y en la tele también, y que todos los días acontecen cosas que solapan o toman el lugar de las anteriores. Pero la cuestión es: ¿Por qué en algunos casos aislados se mantienen foco, atención y tensión y de un gran número de otros casos, muy similares por gravedad, cuando no son más graves, no se escribe una sola palabra?
  Es de estos días – ya lleva en los medios unos meses – el caso de la iraní Sakineh Mohammadi Ashtiani, condenada a la lapidación bajo imputación de adulterio y del asesinato de su esposo. Bien, esta mujer – ya ocurre con frecuencia – constituye el caso aislado del que la prensa occidental se ocupa, lleva a portadas, implica a veces interesadamente a muchos políticos y emotivamente a lectores y telespectadores.
  Se habla, se escribe, se comenta, se levantan oleadas de indignación y también, en otro lado del drama, el poder que utiliza la vida de sus ciudadanos para sus fines políticos comienza un endiablado ballet con tira y afloja sobre la cabeza de un ser humano.
  Vuelvo a la cuestión inicial y repregunto: “¿Por qué los medios no mantienen una atención, una vigilancia y una tensión permanente y denuncian sistemáticamente la pena de muerte que se ejecuta o que incumbe sobre cientos, miles de personas, en muchos países?  Estoy mirando tanto a Oriente como a Occidente, al Norte y al Sur.
  A estas alturas, en el momento en que tenemos más que claros cuales son los derechos inalienables de los ciudadanos de este mundo, siguen sin ser suficientes las explicaciones-justificaciones sobre el espacio, el tiempo, la dificultad de mantener atención y tensión. Estamos hablando de vidas, de seres humanos. Y por hoy no insisto con otra pregunta, la que concierne los  países que denunciamos con gran facilidad y los que nos cuesta apuntar con el dedo, los titulares, las crónicas y los editoriales. A lo mejor porque algunos de esos países son también nuestros mercados, socios de muchos negocios y tienen más características que desaconsejan enfadarlos más de lo que la prudencia y el interés aconsejan.
  No me queda que proclamar que me siento Sakineh y también todas y todos los demás cuya vida depende de un capricho, de la política, de tradiciones, de macabros juegos o de la venganza social, que nada tiene que ver con la justicia.
  Y también se me escapa un murmullo: “Periodistas, conciencia crítica de la sociedad. Depende”.

(In attesa di traduzione)