Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla o sintonía radio italiana o española. Y lo mismo ocurre en medios escritos. Tengo la inmensa suerte de no depender de nadie, de no deber nada a nadie y de poder opinar libremente cuando y donde solo yo lo considere oportuno.
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI

sábado, 17 de octubre de 2015

(220) ¿El Paraíso, un dormitorio infinito?
Il Paradiso, un dormitorio infinito?




Regreso de un funeral. Ha sido la despedida de alguien conocido y apreciado por su calidad humana. Y ha sido un momento que no me es desconocido, aunque a muchos pueda sonar como irreverente. Porque allí, ni en los familiares ni tampoco en los allegados, yo no percibí tristeza, o por lo menos no la consueta, visible y a menudo aparatosa tristeza que impregna el ambiente en esa circunstancias de duelo.
Parecía más bien una despedida no definitiva, no dramática. Una suerte de "¡Hasta la vista!" en la que no faltaron ni anécdotas ni sonrisas en el recuerdo de varios momentos de la vida del fallecido, una persona ejemplar bajo cualquier aspecto que se la pueda mirar. Confieso que me emocioné, aunque no era la primera vez que vivía momentos así. Por ejemplo, en la despedida de mi padre, delante de cuyo cuerpo, descansado y sereno, con mis dos hermanos y mi madre, aún con la humana tristeza por la pérdida de un ser querido, mantuvimos la sonrisa del recuerdo de todo lo vivido juntos y una serenidad que en esos momentos encontré natural y que ya queda indeleble en mi memoria.

Pero volvamos al funeral en el que acabo de estar, y que, además, como ocurre en los últimos que he presenciado, veo siempre más con cierta relativa serenidad, como si se trataran de una suerte de prueba general ante lo ineludible.

Al salir, subiendo al coche, todavía tenía en la mente el eco del  «Requiem æternam dona eis, Domine...» («Dales, Señor, el descanso eterno...»). Y entre un semáforo y el siguiente, me acordé de un gigante. Un gigante de la intelectualidad, de la Iglesia Católica, de la sociedad civil y de nuestros tiempos.

Los restos de mi padre descansan a pocos metros de sus padres y de un hermano. Mi madre, a sus 91 años, sigue hoy viviendo a no más de trescientos metros de donde ese gigante creció en la casa familiar. Y ese gigante es Carlos Maria Martini, cardenal, arzobispo de Milán, hombre de la Iglesia, de la cultura, testigo y protagonista de su tiempo, fino intelectual a menudo incómodo, gran hebraísta, negociador de rendiciones terroristas, edificador de puentes con otras religiones y culturas, hombre del diálogo abierto a todos, amigo de los últimos y a menudo fustigador severo de los privilegiados.

Pero no voy a trazar aquí una bio-agiografia de Carlo Maria Martini, que volvió a Italia de su jubilación de estudio en Jerusalén, ya presa del parkinson, y el 31 de agosto de 2012 se despidió ante la consternación de creyentes y no creyentes, de muchos admiradores y muy pocos detractores. Concentraba el respeto y su muerte fue la solemne comprobación.

Iba conduciendo, entonces, cuando con en la cabeza el eco del «Requiem» me acordé de una anécdota de la que Martini fue protagonista. No me pregunten ni cuándo ni dónde ocurrió, porque voy de memoria. El hecho es que alguien un día hizo una pregunta aparentemente singular al entonces cardenal de Milán: «Eminencia, tengo una duda. Cuando se reza “Requiem æternam dona eis Domine et lux perpetua luceat eis. Requiescant in pace” (“Dales, Señor, el descanso eterno, y que la luz perpetua los ilumine. Descansen en paz”) me parece muy poco cristiano».

Martini escuchó con atención, con una indisimulada curiosidad y un esbozo de sonrisa. Y el interlocutor prosiguió: «Disculpe, pero esas expresiones, esos deseos, me dan la sensación de que el Paraíso sea un gigantesco dormitorio. ¿No sería mejor si sonara algo como: “Gaudium aeternum dona eis Domine et lux perpetua luceat eis. Gaudeant in pace et in laetitia” (Dales, Señor, el gozo eterno, y que la luz perpetua los ilumine. Gocen en paz y alegría)? ».

Aquí es cuando la sonrisa del cardenal fue tal, aunque sin perder la seriedad “amena” de la pregunta. Y contestó (nunca en su intensa vida de teólogo e intelectual abierto a la sociedad dejó de buscar y dar respuestas): «No tengo ninguna objeción. El texto que Ud. propone es sin duda bello y quien quiera que rece así».

 Martini hizo una breve pausa y salió el buceador exegeta que siempre buscaba el por qué y por cómo de las cosas, el sentido original de hechos y palabras. Y añadió: «Pero no olvidemos que también el rezo tradicional es bello, porque según la plenitud del significado bíblico el término “requies” (reposo, descanso) hay que entenderlo no como sueño, más bien como el justo reposo después de las batallas de la vida». También añadió: «La “luz eterna” es el resplandor del Verbo que ilumina todas las cosas (Apocalipsis 21,23). De manera similar, el “requiescant in pace” (descansen en paz) es el deseo de entrar con plenitud en el “shalom” (paz), que, según las Escrituras, es la síntesis de todos los donos de Dios».

 Eso recordé y de eso les quiero hacer partícipes, regresando de un funeral. Y con ese pretexto, he querido recordar a mis padres y a un gigante de nuestros tiempos cuya familia tuve por vecina.

¡Hala! Si lo necesitan, que descansen aquí. Porque en el Paraíso no se duerme. Ni hará falta.
Que tengan un buen día, por favor.


martes, 30 de diciembre de 2014

(219) In illo tempore...









Se escucha también en español, aunque más frecuentemente en italiano, y a muchos les sonará familiar esa expresión latina que retrotrae la narración a un momento y tal vez también a un lugar que se pierden en el tiempo y en el espacio. Esa misma expresión con la que, cuando el latín “iba a Misa”, comenzaba la cita del fragmento de los Evangelios correspondiente al día de la celebración.
Pues sí, me refiero a “In illo tempore”, que podemos traducir con “en aquel entonces” y que asume una connotación temporal precisa o difuminada, dependiendo del grado de precisión que queremos alcanzar y del énfasis con que queremos cargar de solemnidad, pathos, suspense y expectativa lo que estamos narrando.
Ocurre, sin embargo, que según como se utilice, ese recurrir a lo que ocurrió “in illo tempore” puede tener connotaciones delicadas, peligrosas y personal y socialmente muy cercanas a lo patológico, cuando no se trata de meras estrategias para mantener vivas y altas ciertas tensiones. La referencia es a ese ejercicio de referirse frecuentemente al pasado, próximo o remoto, para tirarse los trastos encima, sean personales, familiares, territoriales o más ampliamente políticos. Lo vemos a menudo y en ámbitos muy diversos.
La referencia malévola, vengativa y resentida, cuando no amenazadora, a un tiempo
pretérito para pedir reiteradamente cuentas no suele llevar a nada constructivo, conlleva una fuerte carga de inestabilidad y en lugar de ayudarnos a aprender del pasado, recalienta el presente y no promete nada bueno con vistas al futuro. Muy a menudo, basta sólo con leer, escuchar y observar a nuestro alrededor, se trata de un caballo desbocado que algunos siguen pinchando hasta que rompa los estribos y sálvese quien pueda.
Voy a ser más claro con algo que se entiende a través del ejemplo. La memoria de los horrores del pasado se debe conservar, pero bien otra cosa es seguir arrojando cadáveres los unos encima de los otros, hayan sido enterradas las víctimas en fosas comunes, en cunetas, en zanjas, en las profundidades marinas o entre los hormigones que sostienes edificios.
Lo mismo vale para el “in illo tempore” “los tuyos más”. Porque no me parece que haya profundas diferencias entre la barbaridad pseudorreligioso-talibana de volar estatuas, el pelotón “rojo” formado que fusila el monumento a Cristo Rey y las hogueras o tijeras obsesivas “fachas” que quemaban o emborronaban libros y textos molestos. “In illo tempore” siempre ha ocurrido lo uno y lo otro, una burrada y la contraburrada, el crimen de un lado y la masacre del lado opuesto.
Mantener la memoria, decía. Claro que sí. Pero asumiendo que el pasado es Historia y si es estéril intentar cancelar sus huellas, perdiendo así un testimonio tangible, también es estéril utilizar esa memoria sólo para un tiro cruzado de trastos con finalidades espurias y que contienen un cálculo, muy frecuentemente político.
¿Y esto a qué viene? Pues a nada del otro mundo. Sólo es una pequeña y sencilla reflexión mirando al entorno, a mucho del entorno que poco me gusta, y llegando a la consideración que ya dejaba entrever unas cuantas líneas antes. Al deseo de que dejemos de una vez ese ejercicio muy practicado y coloquemos la memoria y el pasado en sus correctos lugares. Fuentes inspiradoras de reflexiones, sobre todo para no repetir los mismos o parecidos errores y para hacer acopio de lo positivo y constructivo que pueda seguir siendo precioso para nuestro presente y el futuro que nos espera.
Una reflexión de andar por casa y un deseo para el año que comienza. Este 2015 que tiene que ocuparnos arremangados sin echar demasiado la mirada hacia el 2014 que ya es historia. Como los que le precedieron.

Pues que tengan, tengamos, un año al que dediquemos lo mejor de nosotros para intentar recabar lo mejor para nosotros y los demás.

jueves, 23 de octubre de 2014

(218) Él y ella son tú; ellos y ellas son nosotros, ¡pedazo de egoísta!
Lui e lei sono tu; loro sono noi, pezzo d’egoista!



«Lo que sea para garantizar la seguridad de los rehenes, sobre todo la de los franceses y del personal de Air France».

Son palabras de Édouard Balladur, primer ministro de Francia, pronunciadas en uno de los momentos más tensos de un episodio de terrorismo, uno de los primeros de esa naturaleza y que luego se hicieron tristemente frecuentes y a menudo más trágicos: el secuestro de un avión civil con pasajeros.

Era el 24 de diciembre, Nochebuena de 1994. Cuatro terroristas del GIA habían secuestrado en Argel un Airbus A300, vuelo 8969 de Air France, con 227 pasajeros a bordo. Un episodio que duró tres días de tensión y concluyó, en el aeropuerto de Marseilla Marignane, con el asalto de las fuerzas especiales francesas, teniendo como dramático balance tres víctimas civiles, ejecutadas por los terroristas, que fueron finalmente abatidos.

El GIGN asalta el avión secuestrado en el aeropuerto de Marseilla Marignane
 Francia se puso firme, sobre todo cuando se supo que el objetivo de los terroristas era estrellar el avión cerca de la Tour Eiffel, provocando una catástrofe de inimaginables proporciones. De ahí que la única posibilidad, una vez fracasadas las negociaciones entre sordos, fue la de actuar y hacerlo lo más rápidamente posible.

De este episodio de terrorismo se ha escrito mucho y ha llegado a las pantallas de la televisión y del cine con reconstrucciones y película. En tv vimos el episodio “Secuestro” de la serie Mayday Catástrofes Aéreas. Pero, habiendo sido testigo, aunque en la lejanía, de esos momentos, me quedo con L'Assaut, un film de 2011 del director francés Julien Leclercq.

Aunque no es tanto de ese secuestro en sí de lo que quiero ocuparme en esta breve reflexión. Demasiados episodios parecidos hemos visto, de cerca y de lejos, y bien sabemos que todavía no estamos curados de sobresaltos producidos por la furia, la violencia, el terror gratuito o de imposible comprensión para mentes racionales y con un mínimo de sentido humano, ético, moral.

Quiero recalcar esa frase de Edouard Balladur cuando se dirigió a los franceses. El primer ministro dijo que haría «lo que sea para garantizar la seguridad de los rehenes». Pero necesitó añadir ese «sobre todo la de los franceses y del personal de Air France». En realidad, y tristemente, nada nuevo. Lo hemos escuchado en boca de muchos gobernantes y políticos de cualquier latitud de este nuestro mundo en el que lo nuestro es más importante que lo de todos, lo universal. Hasta cuando se trata de la vida de seres humanos.

Este periodista, que ya tiene recorrido, sabe perfectamente que un accidente con veinte heridos cerca de la ciudad donde se imprime un diario tendrá probablemente más relieve, espacio y tiempo que una tragedia con sesenta muertos y doscientos heridos en las afueras de Bangalore. Y me quedo corto, porque podría ensanchar mucho más distancias y proporciones inversas.
Nadie es ajeno a esto. Ni lo gobernantes ni los periodistas, tampoco los ciudadanos de a pie, sean estos telespectadores a la hora de comer o frecuentadores de las redes sociales, donde todo se comenta y donde aparecen generosidades, sí, pero también nuestros más arraigados egoísmos.

Ejemplos hay para todos los gustos. Miramos a las tragedias del mundo y sacamos a relucir nuestras supuestas tensiones altruistas, pero muy a menudo reducida a palabras, con soflamas y proclamas. Hasta somos capaces de dar limosnas cuando la magnitud de la tragedia humana, allá lejos, se hace insostenible. Pero cuando nos movilizamos, titulamos a lo bestia, llenamos horas de pantalla, de radio y de redes, eso es sólo cuando uno de los nuestros se halla en peligro en algún rincón del mundo. O cuando es o aparece “políticamente correcto” porque los protagonistas/víctimas entran bien en el juego de nuestros sesgos, banderas, filias y fobias ideológicas.

Somos capaces de polarizar la atención y las emociones (sic!) en uno o media docena de los nuestros que lo pasan mal, aunque estén en medio de cientos o miles de seres que viven la misma tragedia y a lo mejor en peores condiciones. Traemos a uno de los nuestros a casa pagando lo que sea y dejamos a todos los demás a su suerte, aunque proclamando (hay que limpiar conciencias) que lo que hay que hacer hay que hacerlo “in situ”, en esos lugares. Pero la prioridad... esa para los nuestros. Y ya.

No, no se trata de un momento de buenismo de esos que me asaltan de vez en cuando. Me estoy autocriticando y critico esta sociedad tan incapaz de una auténtica, sincera y profunda empatía. Cada día más creo en muchos generosos hasta la médula, así como constato que el egoísmo no tiene reductos, más bien abarca amplios estratos de nuestra sociedad e interpela a todos y a cada uno de nosotros.

Las palabras de Balladur que he tomado como pretexto son muy reveladoras y de alguna u otra manera, con muchas posibles adaptaciones pero con el mismo trasfondo, las pronunciamos cada día.

Pues no es eso. Y me repito: él y ella SON tú, ellos y ellas SON nosotros, ¡pedazo de egoísta!