Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla o sintonía radio italiana o española. Y lo mismo ocurre en medios escritos. Tengo la inmensa suerte de no depender de nadie, de no deber nada a nadie y de poder opinar libremente cuando y donde solo yo lo considere oportuno.
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI
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miércoles, 27 de mayo de 2020

(274) Coronavirus, Covid-19
A PESAR DE ELLOS,
SEGURO QUE SALDREMOS
Pero cómo y cuándo depende de nosotros

Coronavirus, Covid-19
MALGRADO LORO,
SICURO CHE NE USCIREMO
Ma come e quando dipende da noi


"El optimista cree, el realista sabe, el pesimista sabe demasiado".
Sandro Montalto, escritor, poeta y musicólogo de Biella, Piemonte, Italia.



 
 ¡SEGURO QUE SALDREMOS! 
61 segundos de responsabilidad y esperanza en imágenes
 Han colaborado los sanitarios y amigos 
Y este autor ha sido el Culpable



Claro que sí. De esta pandemia del coronavirus / covid-19, como ha ocurrido en todas las crisis de la Historia de la Humanidad, seguro que saldremos. Y si no estaré para verlo, seguro que saldrán Ustedes y así la inmensa mayoría.

Ya hemos vividos unos meses en varias fases del confinamiento. Ahora tenemos que prepararnos a cambios radicales en nuestros comportamientos, en nuestra manera de vivir. Poco será como antes, si no queremos pagar ulteriores precios a un virus muy agresivo. Y llegados a este punto, ya podemos reflexionar seriamente en el coste de lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo: en vidas, en sufrimientos, en secuelas físicas y psicológicas, en enormes daños a la economía y en la
inexorable marginación de relevantes capas de nuestras sociedades.

Nada será como hace unos meses. Tendremos que "resetear" y reprogramar muchos chips en nuestras neuronas y sinapsis. Ahora y en el futuro es y será responsabilidad de todos y de cada uno ser prudentes, precavidos, y mantener los comportamientos correctos recién aprendidos. Por un legítimo espíritu de conservación y por el debido respeto de la salud y de la vida de los demás.

En el periodo más agudo de la primera ola de esta pandemia (digo primera porque me temo que los rebrotes serán inevitables, más allá de su dimensión y agresividad) he tenido ocasión de ver directamente, desde dentro, como se sufría y se moría, como se sufría y se conseguía vencer a la señora de la guadaña. Se lo debo a mi necesidad innata de constatar sin limitarme a que me lo cuenten. Se lo debo, no lo niego, a décadas de “infiltrado” en el mundo de la sanidad, mi segunda vocación en la que he hecho unos cuantos pinitos en dos continentes. Y se lo debo a amigos profesionales, hombres y mujeres que han salvado vidas y han llorado cuando no han podido hacer milagros, a pesar de hacer ellos auténticos milagros ante la frecuente carencia de medios.

He visto sufrir y morir entrando (bien protegido) en UCI de varios centros hospitalarios. En otros me he asomado a las UCI como a las Urgencias, he deambulado por muchos pasillos abarrotados de pacientes que no cabían en las habitaciones y con a su alrededor el frenesí del vaivén de médicos, enfermeras, técnicos, camilleros, señoras de la limpieza y más operadores que conseguían lo que hasta semanas antes parecía inviable: la colaboración directa, codo con codo, de especialidades muy dispares dispuestas a superar sus recelos y límites e improvisarse lo que fuese necesario, aceptando indicaciones de los más expertos en el cometido de cada situación y momento.

He visto la genialidad y la inventiva. He visto experimentar con la colaboración de muchos dentro y fuera de la sanidad. Desde las mascarillas de buceo a las pantallas protectoras impresas en 3D; desde la conexión para compartir un respirador entre dos pacientes, cuando los respiradores eran tan raros como los diamantes en bruto, hasta el aparentemente banal cachivache que sin embargo, en ese momento, solucionaba un problema puntual.

Muchos se han volcado. Muchísimos
y sería muy largo e injusto por las posibles omisiones intentar un listado – han contribuido, con generosidad, profesionalidad e ingenio, a hacer viable una tarea titánica. Ha ocurrido en España como en Italia, en Francia como en Portugal; en todos los países. Pero esta tragedia, la de aquí, España, la he visto con mis ojos y muy de cerca.

Aquí tendría que mencionar el reverso de la medalla. Pero no. A los terraplanistas, conspiranoicos, negacionistas, destructivos, y sobre todo insolidarios por irresponsables, ni agua. Sabemos que están y estarán. Pero saldremos de esta, a pesar de ellos.

Tampoco me entretengo en los responsables políticos de cualquier nivel que no quisieron ver lo que muchísimos veíamos. Me refiero a los que por irresponsabilidad y conveniencia no quisieron escuchar varias alertas internacionales, no quisieron tomar nota del infierno de un país que, al lado, ardía con millones de sus ciudadanos ya confinados. A todos los juzgará la Historia y se ocuparán de ellos su conciencia, si la tienen, y la justicia ordinaria, si consigue alcanzarlos.

Me quedan en el tintero los “especialistas”. Esos que contra toda constatación y contra toda alerta siguieron con la cantinela de “una gripe más”, “aquí tendremos algunos casos”, “no habrá propagación” y otras muchas lindezas que probablemente, con las no-decisiones de los inquilinos del anterior párrafo, vayan Uds. a saber cuántas vidas han truncado, cuántos sufrimientos han provocado, cuántos multiplicadores del drama han activado. También los remito a la Historia, a la conciencia y a la justicia.

Y, ¿qué se puede decir del variopinto mundo de los medios de comunicación, de mis colegas periodistas? Como siempre ocurre, generalizar es profundamente injusto. Hemos visto, escuchado y leído a serios informadores que han intentado ofrecer claridad en un maremágnum de noticias y datos muy contradictorios y a menudo sesgados. Muchos. Pero también muchísimos jugando claramente  al "totum revolutum" o alineados en la defensa de la prebenda y de la ideología por encima de verdades y responsabilidades. Con la falsificación, con la fragmentación, sobre todo con la omisión a menudo escandalosamente evidente de partes incómodas de los acontecimientos. ¡Allá ellos y ellas! 

Sobre la ciudadanía no añado más. Somos todos y hay de todo como en todo lugar, sociedad y época. Cada uno con su propia conciencia y responsabilidad. O irresponsabilidad. Poco importan las fases, las actividades reactivadas o no, el margen de libertad en los movimientos y las distancias que se pueden recorrer. Hasta una vacuna, y que la mayoría la acepte, mi seguridad reside en tu COMPORTAMIENTO. La tuya en el mío.

Pero al final, y a pesar de un panorama que a primera vista induce al pesimismo, me reafirmo. Temprano o más tarde, estoy más que seguro de que saldremos también de esta. 
Lo deseo y lo creo, aunque el precio será alto. Muy alto.






martes, 30 de mayo de 2017

(261) Boycott or not Boicot? That is the question


«Serenidad es cuando lo que dices,
lo que piensas y lo que haces
están en perfecta armonía
».

Mohandas Gandhi



Es altamente improbable, diría que imposible, que alguien que me siga, me escuche o me lea pueda encontrar mi firma en un manifiesto o en cualquier otra expresión de boicot. Me refiero al boicot social o político, sin olvidar la oposición referida a una marca o a un producto comercial. No me apasionan, salvo casos muy contados y de una gravedad inusitada, esas manifestaciones públicas que conllevan a menudo el riesgo de la equivocación y por ende de la injusticia.

Pero sí, yo también adopto posturas de boicot. Lo hago desde que tengo memoria adulta y opero habitualmente en dos frentes: el ético-moral y el audiovisual-comercial. Claro, esto necesita de unas cuantas explicaciones, además de la premisa: siempre se trata de boicot, es decir de la exclusión de adquisición, consumo y uso de esos productos que, salvo una impepinable necesidad y la ausencia de alternativas, caen bajo el anatema de mi personal opinión. Todo esto en el silencio absoluto o por lo menos sin aspavientos; a lo sumo, algún comentario entre amigos y otras personas de mi entorno, si el argumento se presenta durante una conversación.

No aguanto esos jingles, latiguillos, musiquillas, fraseos, muy a menudo horteras, demasiado a menudo con tono pseudobarriobajero o falsamente infantil, que me producen un inmediato, instintivo y probablemente irracional rechazo. Por no hablar de la cantidad absurda de repeticiones televisivas o radiofónicas a lo largo del día, un auténtico bombardeo que hasta en alguien como yo, que no sabría como comenzar a odiar, producen sensaciones parecidas a ese sentimiento tan despreciable.

Para que se me entienda. Si antes no se me hubiese ocurrido poner a prueba mis lípidos con el consumo de ciertos quesitos, hoy tengo un motivo más para ni mirarlos en el escaparate de un supermercado. En sus videos comerciales, esa vocalización gritona y del todo superflua de su nombre comercial me retumba con irritación y me duele más que un lumbago.

Y NO, un rechazo silencioso con mayúsculas a ese yogurt, a la escapada a ese precioso rincón, a la página web de viajes que promete gangas y servicio esmerado, o a lo último del high-tech que llena la pantalla con el slogan a todo volumen en cuanto te descuidas.

Y otro NO, salvo que se trate de un fármaco salvavidas o de una necesidad no sustituible, a todo producto de empresas que estén involucradas en actividades, promociones, apoyos o cualquier otra connivencia con actos, acontecimientos, movimientos, filosofías o comportamientos que entran en colisión frontal con mi visión ética y moral de la vida. Ya sé que es difícil ese control, pero cuando salta a la vista o tengo la correspondiente información, no se quedan con mi dinero. Abstención o sustitución.

Y por último, tengo mi personal manera de decir NO al maleducado, al inaguantable y al frustrado que ataca en las redes sociales, muy a menudo desde un cobarde anonimato. Reconozco que, hasta ahora, soy un afortunado y que rara ha sido la ocasión en la que se han dirigido a mí con violencia verbal desde el sesgo, el fanatismo, la agresividad o la simple sinrazón. Para esos individuos tengo (vean imagen al lado) mi sello definitivo y personal, ultima ratio con la que coloco a los destinatarios en la antesala de mi total indiferencia. Sin más, salvo bloquearlos para que no vuelva a leerlos ni por error.

Decía en el incipit que no tomo parte activa en movimientos y operaciones de boicot. Pues no, pero sí. Y espero que se me haya entendido. ¿O no?






Nota histórico-etimológica
La palabra “boicot” tiene su origen en Irlanda. En tiempos de hambruna (1870), allí vivía Charles Cunningham Boycott (1832-1897), contable y administrador de las fincas del inglés Lord Erne. Cuando la Irish Land League propuso una rebaja de impuestos a los terratenientes, para que pudieran subsistir los trabajadores que alquilaban las tierras, Cunnigham Boycott no aceptó la propuesta y expulsó a todos colonos y labriegos, que perdieron sus casas.
Por esa actitud despiadada, la Irish Land League incluyó en su “lista negra” a Cunningham Boycott, prohibiendo cualquier relación, comercio o el más mínimo trato - pero también la violencia física - con el despiadado y odiado administrador. 

Desde entonces “boicot” entró en el lenguaje popular y en los diccionarios de medio mundo.


viernes, 19 de mayo de 2017

(260) Por favor, no es necesario que me llamen “Cavaliere”
Per favore, non è necessario che mi chiamiate “Cavaliere”


«O quam cito transit gloria mundi»
(Thomas von Kempen)




Llevaba bastante tiempo – poco menos de un año – con este blog abandonado a su deriva por el proceloso océano de la www. ¿Por qué? Miren: si estuviéramos en un bar, les diría que porque no me daba la gana, por auténtica pereza. Pero es más cierto que, además de la pereza, tenía otras prioridades y a esto hay que dedicarle algo de tiempo.

Pues vuelvo, aunque no puedo prometer regularidad. Vuelvo, hasta que nada me lo impida, porque me ha ofrecido la ocasión un pretexto personal. Conozco muy bien a la mayoría de mis amigos y, explicita o disimulada, ya he visto venir en estos días algo de chanza (simpática, por supuesto) y también (no de muchos, la verdad) algunos intentos de sarcasmo que suelen arrancar de la desinformación. 

Ha ocurrido que el presidente de la República de Italia, Sergio Mattarella, ha firmado un decreto con el que me ha concedido el título de “Cavaliere” de la Orden de la “Stella d’Italia, considerada como la segunda condecoración por importancia que mi país otorga. Huelga decir como ya tuve ocasión de contestar ayer durante la ceremonia de entrega al embajador de Italia en España, D. Stefano Sannino que agradezco al Jefe del Estado y a su representante en España el alto honor de la distinción. ¡Faltaría más! Otros dirán si es merecida o no. 

Por lo visto, el título se me concede por una larga trayectoria profesional en el periodismo, con el tramo más largo cuatro décadas viviendo, narrando y analizando la Transición y el sucesivo apasionante recorrido sociopolítico y económico de España. Siempre manteniendo mi identidad italiana, pero con la máxima integración en la sociedad española y nunca limitándome a flotar en su superficie como un "guiri" de paso. 

La distinción se me concede también por mis múltiples actividades con acento ítalo-español / hispano-italiano y por muchas iniciativas que van desde el mundo de la solidaridad al de la sanidad, en España y en África, además de otros “berenjenales” con contenido cívico y solidario que han sido posibles gracias a la colaboración de instituciones de servicio que van desde el Samur al Summa, desde la Policía Nacional a la Guardia Civil, pasando hasta por los frailes franciscanos. Y la lista no es completa, porque en todos estos años he "dado la lata" e personas, empresas o instituciones para que "echasen un cable" solidario. 

Todo eso, con periodos de mayor o menor actividad, es desde varias décadas parte importante de otra parte de mi vida, la que siempre me ha ayudado a dormir mejor, con a menudo esa sensación impagable de la satisfacción de “haber intentado o haber hecho algo”. Y no quiero olvidar que esto se lo debo en gran parte a muchos, muchísimos amigos y amigas que han permitido mi intrusismo en sus profesiones de servicio y que me han prestado muy a menudo su desinteresada colaboración.

Bueno, ya están al tanto. Y ahora vamos a la puntualización. Les diré, y lo hago con tono semiserio, que mi “Cavaliere” no tiene nada que ver con ese otro título de “Cavaliere que reside en la memoria individual y colectiva de los españoles, por haberlo escuchado y leído a menudo en las noticias procedentes de Italia. Son situaciones y órdenes distintas y distantes, diría un presidente del gobierno español de la Transición. 😉

Nada más. No me queda que reiterar mi agradecimiento al presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella, y a Uds., vosotros, dirigir un ruego: por favor, no es necesario que me llamen “Cavaliere”. Sigo siendo el que fui y seré.
  

Fue en el espléndido marco del Palacio de Amboage, sede de la Embajada de Italia en Madrid 

Para quienes tengan curiosidad, aquí el vídeo:






martes, 3 de mayo de 2016

(254) Un palabro poco cardiosaludable. ¿O no?
Una parola poco "cardiosalutista". O no?


REVISADO Y PUESTO AL DÍA
el Domingo 8 de Mayo 2016
(Ver al final)



Me llama un conocido filólogo y periodista, y sin embargo amigo (algunas veces esto es posible 😅), para un intercambio de opiniones, posiblemente fundadas y documentadas, sobre cómo se forjó y evolucionó un palabro italiano que en ciertos ámbitos muy populares ha dado la vuelta al mundo. El amigo y colega me ha pillado (eso no se lo dije) justo cuando estaba inmerso en la lectura y comparación temporal de unos cuantos resultados de varios análisis y pruebas médicas. Algo que ya no me quita el sueño, porque se asume lo que hay que asumir, pero que tampoco hay que descuidar completamente.

Curioso. El palabro en cuestión surgió de la medicina para dar un salto acrobático, una auténtica carambola (o más bien una “chilena”) a otro ámbito de la vida que, siendo lúdico, desinteresado y hasta cardiosaludable en el papel, a la hora de la verdad es muy profesional, cruce de muchos intereses y en lo cardio puede llegar a provocar hasta un infarto, un ictus o enfermedades sistémicas. Todas producidas por una alimentación ávida y compulsiva en un contexto de euforia estresante. ¡Vaya definición! Pero, rebus sic stantitus, así es, más o menos.

Y eso que – con la venia de los padres e hijos de la Albión del Brexit, y sin querer resucitar por enésima vez la polémica – según muchas y documentadas fuentes la actividad lúdica en cuestión habría nacido en el siglo XVI en Florencia. Se practicaba en la Piazza Santa Croce, en el centro de la cuna del Renacimiento y también de cierto elegante y refinado sosiego, tanto es así que en nuestros días todavía aplicamos el adjetivo “florentino” a algo agudo, elegante, gracioso, gentil, así como a una muy sibarita preparación de un buen bistec bien regado y zampado en restaurantes de renombre.

Mientras disertaba telefónicamente con el colega y amigo, y sin distraerme pero con cierta simultánea abstracción, me vi en una plaza que visito cuando puedo, muy cercana a la de Santa Croce. Me vi en la florentina Piazza della Signoria, observando a través de los cristales la imponencia del "David" de Miguel Ángel, (la copia, porque el original está poco más allá, a buen recaudo en el interior de la Galleria dell'Accademia). Claro, me vi agarrado a una taza de mi cappuccino preferido y hasta creo que desde la lejanía me alcanzaba el eco de los forofos que asistían a un evento de esa actividad lúdica que acababa de nacer.

Unos momentos sublimes, se lo aseguro. De esos que a Federico Fellini le hacían decir y filmar “Amarcord (“me acuerdo”, en su dialecto de la Romagna).

Pues aquí y ahora ya no tengo mucho más que añadir. Sólo fijar en el papel y en el espacio virtual mi agradecimiento a Alex por haberme hecho viajar unos momentos a mi cappuccino por antonomasia, a un escenario que pertenece al Arte, a la Historia y al cariño de mis papilas gustativas, además de haber sido cuna de algo que en su forma actual – lo digo con sinceridad – me trae olímpicamente al pairo.

¿El palabro? Ah... Eso no. No voy a “fusilar” algo que todavía no he leído y que leeré sin duda con curiosidad y atención. Pues no pierdan de vista el diario AS en los próximos días y lean a Alex Grijelmo. Así comprenderán mejor este algo ampuloso “ante factum”, casi una disertación de ningún sitio a ninguna parte. O no.

Post scriptum - No me hagan mucho caso, pero juraría que en mi viaje y cappuccino onírico me ha parecido ver la silueta del colega Francesco Manetto, que salía a la plaza después de haber pagado en la caja del célebre "Caffè Rivoire". El mismo de mi éxtasis cafetero. Mejor dicho: de uno de muchos.




"AGGIORNAMENTO" del 8 de Mayo 2016
Ahora lo van a tener claro.
He aquí el artículo de Alex Grijelmo en el diario AS de hoy.


"Clic" para leer el texto en el diario AS



domingo, 10 de abril de 2016

(250) Lo siento. Pero retiro un post
Mi spiace, ma ritiro un post


Lo que había aquí ha quedado expuesto poco menos de una hora y es la primera vez que retiro un texto, además escrito después de unos meses de ausencia de este blog.

Sí, lo admito, es autocensura. Pero este no es un medio de información y hay momentos en los que hay que ser generosos y dejar que basuras y más desechos se reciclen, espero que en positivo, a través de su propia decantación y sin contribuciones externas.

Sin faltar a la realidad, me había pasado bastante con mi crónica y análisis. Lo digo para quienes consiguieron leer el texto ahora retirado.

Con mis más sentidas excusas.

miércoles, 28 de octubre de 2015

(224) “Soy periodista, no una p...”. A lo mejor ya es hora de decirle la verdad a mi madre
”Sono giornalista, non una p......”. Forse è il momento di dire la verità a mia madre



Sólo unos breves apuntes. No voy a disertar mucho sobre algo que es recurrente entre muchas personas que intentan tomarse en serio su actividad, sobre todo si esta procede de una inicial vocación y de ideas en aquel entonces bastante claras y determinadas. Hoy, después de una vida profesional, una larga e intensa vida, con y en el periodismo, cada día más se me insinúa una pregunta: ¿Sería periodista si tuviera que escoger hoy?

Confieso que no tengo una respuesta definitiva. Las que si me embargan, y siempre más, son las dudas. Y estas se alimentan vorazmente de todo lo que veo, escucho y leo, de gran parte de lo que mi profesión produce cada día en más cantidad y amplitud, pero también – es mi opinión – que suscita muchas más perplejidades de las que pude tener años y décadas atrás.

Ya sé. Se dirá “Mira al nostálgico”, “Otro que se cree eso de que cualquier tiempo anterior fue mejor”, “Vaya con el vejestorio...”. Pues no, lejos de mí darme un baño de estériles nostalgias, porque soy de los que creen que se camina hacia delante, que es el único sentido posible a lo largo de la vida. Ahora bien, la cuestión reside en cómo, con quién y con qué bagaje se camina por los senderos de la vida. Y por lo que se refiere a veteranía, edades, etc., les ahorro la respuesta que me llevaría a cachondearme, y sería lo de menos, haciendo comparaciones por experiencia, edad, “aggiornamento” y estar “al loro”, por lo menos en posición de escucha con los tiempos, estos tiempos.

Si uno mira alrededor, sin embargo, y tiene memoria desde bastante atrás, hay algo que salta a la vista. Si un tiempo era más posible resistir a las corrientes dominantes, hoy impera el conformismo, da igual si en un extremo o en otro del espectro ideológico. Si un tiempo se podía pensar y escribir “yo con eso no trago aunque se haya puesto de moda” y aparezca como lo "políticamente correcto", hoy cuesta una barbaridad, muchos se amoldan y mimetizan, y ¡hala! a escribir y difundir como Vicente, porque es donde va la gente.

Recuerdo cuando católicos, hasta obispos, escribían sin escándalo alguno – hablo de Italia – en “L’Unità”, diario del mayor partido comunista de Occidente, y mantenían sin problemas sus propias ideas. Así mismo recuerdo que era frecuente que ateos convencidos y militantes opinaran en las columnas de “Famiglia Cristiana” y otros medios claramente confesionales. He ido a la religión y a la política para ofrecer ejemplos con cierta fuerza, pero lo mismo podría decir en el ámbito estrictamente ideológico laico.

Hoy eso ya se hace muy cuesta arriba. Sí, claro que en muchos medios de aquí y de allá hay presencia de algunos que discrepan de otros. Pero... Pero muy a menudo el que mantiene con fuerza su disenso aparece como colocado allí casi para poder decir: “¿Lo ven? Somos plurales. Aquí caben todas las ideas”. Ya, y las tragaderas de muchos destinatarios de la información y opinión contribuyen con su voraz pasividad y conformismo a esa mistificación de masas.

¿Decía conformismo? Pues sí, el leit motiv, la columna musical que acompaña estos nuestros tiempos. Donde todo es homologable y se homologa. Y si no se acepta ese “pensamiento único” o “teoría dominante”, en la profesión estás perdido. Eres una mosca blanca molesta que recibirá muchos golpes y tendrá que sobrevivir dando volteretas a lo “Patrulla Águila”. O plantarte – heroicidad rara y suicida y arriesgarte a tener que decir “no” tantas veces como es necesario para que dejen de hacerte preguntas. Ya se está fuera del mundo, se es una “rara avis” que vuela fuera del cielo común y abarrotado de la sociedad conformista.

Me estaba refiriendo a ideas, al derecho individual a pensar y discrepar, a poder expresar en el periodismo la propia individualidad sin que al autor le marquen con fuego en la mejilla o le tatúen un símbolo de la marginación en la mano con la que escribe.

De las prisas, de la superficialidad y de la pérdida de sensibilidad con los seres humanos carnes y carnaza de nuestras noticias y opiniones, mejor no hablar. La deontología, que se mantiene en muchos, el pathos y el ethos, y muchos más ingredientes del ser humano digno de este adjetivo, brillan por su merma, en cantidad y profundidad. En otra ocasión me detendré en esa deriva del “todo vale” que impera en mi profesión.

Que quede claro: no generalizo, pero sí es esta una gran diferencia con “el ayer”, tiempos que, sin duda, tuvieron sus carencia y errores. Otros. Y puestos a sopesar, yo personalmente tengo pocas dudas.

Volviendo al principio, ¿decidiría hoy otra vez ser periodista? No lo tengo claro, aunque mi pulsión en la comunicación y en el intercambio de ideas es muy fuerte y todo me hace suponer que “caería” otra vez en la vocación que se expresa en esta profesión. Aunque, si un tiempo se bromeaba con esa frase “a mi madre le he dicho que soy p..., pero no me atrevo a confesarle que soy periodista”, en algunos momentos dan ganas de rescatarla por su creciente actualidad.

Mi última firma en plomo, linotype
¿Apaga y vámonos? No. Sencillamente estaba pensando un momento, uno más, en voz alta. Colegas: voy hacia el paredón. ¡Carguen y apunten!

* No me he releído mucho. A lo mejor habrá algún que otro gazapo. La verdad, es lo último que en este contexto me preocupa.

sábado, 17 de octubre de 2015

(220) ¿El Paraíso, un dormitorio infinito?
Il Paradiso, un dormitorio infinito?




Regreso de un funeral. Ha sido la despedida de alguien conocido y apreciado por su calidad humana. Y ha sido un momento que no me es desconocido, aunque a muchos pueda sonar como irreverente. Porque allí, ni en los familiares ni tampoco en los allegados, yo no percibí tristeza, o por lo menos no la consueta, visible y a menudo aparatosa tristeza que impregna el ambiente en esa circunstancias de duelo.
Parecía más bien una despedida no definitiva, no dramática. Una suerte de "¡Hasta la vista!" en la que no faltaron ni anécdotas ni sonrisas en el recuerdo de varios momentos de la vida del fallecido, una persona ejemplar bajo cualquier aspecto que se la pueda mirar. Confieso que me emocioné, aunque no era la primera vez que vivía momentos así. Por ejemplo, en la despedida de mi padre, delante de cuyo cuerpo, descansado y sereno, con mis dos hermanos y mi madre, aún con la humana tristeza por la pérdida de un ser querido, mantuvimos la sonrisa del recuerdo de todo lo vivido juntos y una serenidad que en esos momentos encontré natural y que ya queda indeleble en mi memoria.

Pero volvamos al funeral en el que acabo de estar, y que, además, como ocurre en los últimos que he presenciado, veo siempre más con cierta relativa serenidad, como si se trataran de una suerte de prueba general ante lo ineludible.

Al salir, subiendo al coche, todavía tenía en la mente el eco del  «Requiem æternam dona eis, Domine...» («Dales, Señor, el descanso eterno...»). Y entre un semáforo y el siguiente, me acordé de un gigante. Un gigante de la intelectualidad, de la Iglesia Católica, de la sociedad civil y de nuestros tiempos.

Los restos de mi padre descansan a pocos metros de sus padres y de un hermano. Mi madre, a sus 91 años, sigue hoy viviendo a no más de trescientos metros de donde ese gigante creció en la casa familiar. Y ese gigante es Carlos Maria Martini, cardenal, arzobispo de Milán, hombre de la Iglesia, de la cultura, testigo y protagonista de su tiempo, fino intelectual a menudo incómodo, gran hebraísta, negociador de rendiciones terroristas, edificador de puentes con otras religiones y culturas, hombre del diálogo abierto a todos, amigo de los últimos y a menudo fustigador severo de los privilegiados.

Pero no voy a trazar aquí una bio-agiografia de Carlo Maria Martini, que volvió a Italia de su jubilación de estudio en Jerusalén, ya presa del parkinson, y el 31 de agosto de 2012 se despidió ante la consternación de creyentes y no creyentes, de muchos admiradores y muy pocos detractores. Concentraba el respeto y su muerte fue la solemne comprobación.

Iba conduciendo, entonces, cuando con en la cabeza el eco del «Requiem» me acordé de una anécdota de la que Martini fue protagonista. No me pregunten ni cuándo ni dónde ocurrió, porque voy de memoria. El hecho es que alguien un día hizo una pregunta aparentemente singular al entonces cardenal de Milán: «Eminencia, tengo una duda. Cuando se reza “Requiem æternam dona eis Domine et lux perpetua luceat eis. Requiescant in pace” (“Dales, Señor, el descanso eterno, y que la luz perpetua los ilumine. Descansen en paz”) me parece muy poco cristiano».

Martini escuchó con atención, con una indisimulada curiosidad y un esbozo de sonrisa. Y el interlocutor prosiguió: «Disculpe, pero esas expresiones, esos deseos, me dan la sensación de que el Paraíso sea un gigantesco dormitorio. ¿No sería mejor si sonara algo como: “Gaudium aeternum dona eis Domine et lux perpetua luceat eis. Gaudeant in pace et in laetitia” (Dales, Señor, el gozo eterno, y que la luz perpetua los ilumine. Gocen en paz y alegría)? ».

Aquí es cuando la sonrisa del cardenal fue tal, aunque sin perder la seriedad “amena” de la pregunta. Y contestó (nunca en su intensa vida de teólogo e intelectual abierto a la sociedad dejó de buscar y dar respuestas): «No tengo ninguna objeción. El texto que Ud. propone es sin duda bello y quien quiera que rece así».

 Martini hizo una breve pausa y salió el buceador exegeta que siempre buscaba el por qué y por cómo de las cosas, el sentido original de hechos y palabras. Y añadió: «Pero no olvidemos que también el rezo tradicional es bello, porque según la plenitud del significado bíblico el término “requies” (reposo, descanso) hay que entenderlo no como sueño, más bien como el justo reposo después de las batallas de la vida». También añadió: «La “luz eterna” es el resplandor del Verbo que ilumina todas las cosas (Apocalipsis 21,23). De manera similar, el “requiescant in pace” (descansen en paz) es el deseo de entrar con plenitud en el “shalom” (paz), que, según las Escrituras, es la síntesis de todos los donos de Dios».

 Eso recordé y de eso les quiero hacer partícipes, regresando de un funeral. Y con ese pretexto, he querido recordar a mis padres y a un gigante de nuestros tiempos cuya familia tuve por vecina.

¡Hala! Si lo necesitan, que descansen aquí. Porque en el Paraíso no se duerme. Ni hará falta.
Que tengan un buen día, por favor.