Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla de TV. Y el sábado y domingo estoy en "No es un día cualquiera" de Radio Nacional de España, con Pepa Fernández
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI

miércoles, 2 de diciembre de 2015

(241) ¿Una novela o un drama de perras? Pero si la vida los ofrece más auténticos...
Una novella o un dramma di cani? Ma se la vita ne offre molto più autentici...


«Chi è causa del suo mal, pianga se stesso!»
Procede de un verso de Dante Alighieri en su
"Divina Commedia" y tiene equivalentes en
varias lenguas.
En inglés:
«As you make your bed, so you must
lie in it
»

En alemán: «Wer der Grund seines Unglücks ist,
beweine sich selbst
»




Recuerdo cuando una editora, en una ocasión, me pidió un libro y al final le di la vuelta y el libro fue otro, muy diferente por argumento y ambientación del que estaba en la cabeza de mi interlocutora. Al final me salí con la mía y los dos satisfechos. Lo recuerdo porque fue la única vez que la iniciativa no fue mía y cuando fui solicitado no vi muy clara la propuesta incial.

Ahora estoy atravesando una fase de cierta pereza, prefiero el recorrido corto, aunque intenso, al trabajo largo y metódico, y además ya huyo de los tiempos preestablecidos. No estoy en condición de programar. Pero hay momentos en los que algo me dice “ahí hay una novela, acá un drama, vaya que historia...” y te detienes un momento a desarrollar mentalmente. Hasta tienes en mente el incipit, imaginas la trama y supones el desenlace. Aunque este último soy del aviso que a veces es más prudente e intrigante dejarlo al aire. Y que sea el lector quien se lo imagine.

  Pues ayer me pasó otra vez algo parecido y la sugestión vino por la imagen de una perrita melancólica que transcurría gran parte de su tiempo observando, a través de los barrotes de una terraza, lo que ocurría alrededor. Detrás se intuya la presencias de unos cachorritos, que no hacían otra cosa que estorbar. La perra tenía el grueso cuello que reposaba hundido en uno de los barrotes y se fijaba en todos y cada uno de los que transitaban en las cercanías del chalet. Movía la cabeza, sacudía las orejas para luego decidir a donde y a quien apuntar.  

No era la primera vez que la veía. Me había hecho a la idea de que tenía que ser algo sorda, pues prestaba atención más a sus propios ladridos y a los objetivos hacia los cuales apuntaba que a lo que la gente estuviese haciendo o diciendo. Salvo, naturalmente, que alguien mirara expresamente hacia ella. Y ella observaba detenidamente con esos ojos aparentemente joviales, pero en el fondo tristones, frustrados, melancólicos y espejos de cierta rabia interior. Y ladraba. Ladraba para llamar la atención. Casi un “Eh... Que estoy aquí”.

Cuando alguien levantaba la mirada hacia el balcón, se la veía agitada, un temblor irrefrenable de alegría, de euforia, la poseía. El rabo hecho un tiovivo decía mucho de su estado y de sus anhelos, “Eh... Sácame de aquí”, se le leía en las pupilas, sólo con prestar un poco de atención.

Se sentía presa, frustrada en sus ganas de corretear por ahí, de ver a gente y a otros perros. De escabullirse de un dueño de la casa que ella veía como a un vivalavirgen que en muchos años no le había hecho demasiado caso y de quien pensaba que no le aportaba nada. Un error, se dijo en su mente canina, caer en esta casa. Y eso a pesar de que fue ella quien la eligió hace ya mucho tiempo, alejándose por impulso, un impulso absurdo, nunca bien entendido, lejos de alguien que un día pudo cuidarla, o no, algo mejor.

Y ayer, para convencerse de que tenía que salir de ahí, para justificar a sí misma que lo correcto era pirarse a la primera ocasión, fuera la que fuera, la perra llegó a visualizar a su dueño, gran parte del tiempo ausente de la casa, como un auténtico demonio. Y al demonio, con esa misma definición, se refería cuando intercambiaba algún ladrido con los canes del vecindario.

Pues en eso estaba yo. Imaginando la historia. Y seguí desarrollándola mentalmente hasta que la perra, que ya llevaba un tiempo tramándo con sigilo, tomó una decisión. Algo ya experimentado sin éxito, más bien con fracasos sonados, y no una sino unas cuantas veces. Y la decisión no fue otra que saltar del balcón, cruzar los pocos metros de verde y desperezarse comenzando a mover las patas por el asfalto. Olisqueando a uno y a otro, claro, y fijándose en quien podía ofrecer más, antes y con las menores condiciones posibles. Vamos, alguien que la sacara de allí y ya, sin esperar más.

Ocurrió lo de siempre. Indiferencia; un breve instante de atención para luego cada uno seguir con lo suyo; algún que otro perro creando interferencias, y poco más. Hasta... hasta que alguien, ese con quien comunicaba a distancia y con sigilo, se detuvo y se le acercó. “Vaya, me hacen caso”, pensó la perra cuando el hombre tendió su mano amagando una caricia. El hombre no era un desconocido. Era aquel al que la perrita llevaba un tiempo ladrando "sottovoce" para que nadie se enterara de sus apetencias y planes. Y a cambio recibía algún gesto, muchas sonrisas cómplices, palabras y frases a distancia que alimentaban siempre más la ensoñación.

El hombre se puso de rodillas, casi poniendo todo a los pies de la perrita, que movía la cola, otra vez ilusionada, salivando a destajo y salpicando come en un orballo, una poalla  o un sirimiri. Lo importante es salir de ahí y que sea lo que sea. Que si hay que ir a alguna cacería una se transforma en perro de caza, que si hay que divertir a unos niños, pues perra niñera. Y si es menester ser forofa del equipo del nuevo dueño, una se apunta al club que sea, ladrando como ningún hincha veterano del equipo. Así van a caer más sonrisas cómplices, más caricias, unos cuantos bocados y te lo perdonan todo. Puro instinto y nada más. No olvidemos que la protagonista es una perra, no se le puede exhigir más que el impulso por el encanto de lo inmediato, aunque con fugaces dudas.

La perra se sintió algo culpable, pero no le importaba excesivamente. Hasta encontró apoyo, o eso quiso ver, en la sonrisa benevola de un anciano que la había visto más veces y que con ese hombre había cruzado unas palabras. Claro, benevolencia y hasta cierta complicidad con los pocos elementos y la imagen que animal y hombre le habían transmitido. Pero ese gesto tranquilizó y determinó más al can, que en esos momentos buscaba instintivamente defenderse de sus propios miedos con un apoyo, aunque este estuviese fundado sobre un conocimiento parcial y fragmentario.

Al final, la novela, o el drama – el tiempo y sólo el tiempo lo podría decir se ha quedado en el aire. Algo me distrajo y me hizo recapacitar justo cuando ya estaba perdiendo de vista a la perra, que agitaba la cola correteando y babeando al lado de su enésimo compañero, o dueño, y la imagen comenzó a difuminarse progresivamente en la lejanía. Por unos momentos, observando con una mezcla de preocupación y ternura, me quedé pensando y unos interrogantes daban vueltas como aves carroñeras alrededor de mi cabeza

¿Otro espejismo del animal? ¿Otro impulso "madurado" (sic!) con tiempos de récord olímpico? ¿Otra amarga sorpresa cuando el tiempo y el nuevo ambiente llevarán a ver todo muy diferente de lo que hicieron la repentina ensoñación y el impulso? ¿Algún remordimiento sobre la manera nada canónica de cambiar de dueño? ¿Habrá otra enésima vez con ganas de volver a corretear por otros lares porque las nuevas servidumbres con el tiempo agotan y se sufren como muy absorbentes y enjaulantes?

No soy nada optimista, todo lo contrario, aunque al animal le deseo lo mejor. Me he quedado con muchas preguntas, algunas con fácil respuesta o pronóstico. El tiempo suele ser implacable y reflota todo lo que no digiere porque se engulló mal, con precipitación y a destiempo.

Pues en eso estaba, cuando yo que en realidad soy más bien gatuno por la dignidad de los felinos me dije: ¿Que voy a escribir una novela, un drama perruno? ¿Pero para qué? Si la crónica y la vida, sólo con observar alrededor, y sin prestar demasiada atención, ofrecen todos los días, en cada vuelta de esquina de nuestras calles, en ese u otro balcón, las más auténticas de la novelas. O de los dramas. Pues al balcón, a mirar con tiempo, atención y paciencia. The show goes on.


* No pretendo ser Esopo, Fedro o La Fontaine,
ni tampoco Lobel o Moser. 
Por eso, que cada lector extraiga su propia moraleja. 
O lo que atisbe.


6 comentarios:

  1. Esther Casado2/12/15 13:26

    Preciosa narración. Pero triste, muy triste...
    Claro que hay novela (o drama). No la deje en el tintero. ¡Ánimo!

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  2. Meritxell2/12/15 13:50

    Me he quedado... Es una historia alocada de preocupación y compasión. El aspecto animal que el ser humano intenta contener y que a veces sale. Pues mire, Esopo en el fondo. Pero con la moraleja en suspenso.

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  3. Arturo Pombo2/12/15 15:14

    El instinto para los animales. La moraleja, una de las muchas que veo, es que hay que pensar una y mil veces. Luego tomarse un tiempo y volver a repensar. Y aun así hay que obrar con mucho tiento.

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  4. Kalambaka2/12/15 16:27

    Un animal es así, ha descrito el instinto animal. Lo corriente y lo que se puede esperar. Eso sí, bien contado.

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  5. Si es moraleja la que hay que buscar, es la esa de que a menudo nos portamos como los animales. Si algo nos apetece nos tiramos sin pensar desde el acantilado esperando que no haya rocas bajo la superficie del agua. Algunas veces la cosa sale rana, pero ya es demasiado tarde.
    Pensar, y no sólo a corto plazo, es cosa de sabios. De sabios, no de todos.

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  6. Cuando una perra se emperra...

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