Dicen que somos superficiales, poco serios, sensacionalistas,
irresponsables, escorados, sesgados y no sé cuántas cosas más. Un desastre, o
casi. Hasta de la crisis económico-financiera que atravesamos, nos hacen
responsables.
Y aquí y
ahora, cuando nos aproximamos a una cita con las urnas, cualquier cosa que
podamos escribir, narrar o enseñar, todo lo que hacemos es observado con
desconfianza y sospecha. ¿Por cuenta de quién? ¿En contra de cuál partido? Eso
se preguntan por ahí, mirándonos de reojo, como parte activa de la contienda.
A lo mejor,
sin ser todos y todas culpables de alguno o de todos los males que nos achacan,
algo mal tenemos que haber hecho. Y es probable que sigamos haciéndolo, para
seguir ganándonos a pulso esa merma de confianza que galopa entre quioscos, pantallas
y receptores de radio. Del mundo de Internet, donde el control es menor y la
rapidez conlleva mayores riesgos, mejor no hablar.
Pues sí. Para
algunos somos periolistos, otros piensan que somos unos indocumentados que
producen paridas, los más desconfiados nos ven al permanente servicio del poder
o de un contrapoder. Vamos, que somos la canallesca y que iremos al Infierno, a
ese infierno tan exclusivo que ha imaginado un simpático vídeo del diario
uruguayo “Últimas Noticias”.
Vamos a
echarle un vistazo y después, colegas, hagamos un sincero y profundo examen de
conciencia. Y absténganse los que deshornan la profesión a sabiendas, los hijos
de la Gran Bretaña profesionales, los caraduras, los vendidos al mejor postor y
los socios eméritos de la “canallesca”. Ya saben, en este mundillo nos
conocemos y conocemos vicios y virtudes de cada uno.
¡Hala! A
visitar el Infierno de los periodistas. Y a sonreír, pero sin muchas alegrías. Porque
cuando el río suena...