Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla o sintonía radio italiana o española. Y lo mismo ocurre en medios escritos. Tengo la inmensa suerte de no depender de nadie, de no deber nada a nadie y de poder opinar libremente cuando y donde solo yo lo considere oportuno.
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI
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lunes, 4 de enero de 2016

(246) UN 2015 EN PARTE PARA OLVIDAR HA MUERTO.¡VIVA EL 2016! O ESO ESPERO

UN 2015 IN PARTE DA DIMENTICARE È MORTO.VIVA IL 2016! ALMENO, LO SPERO.


«Si perseguimos los valores de lo efímero, 
nosotros mismos seremos vacíos».
(Papa Francisco, 29 septiembre 2013)
 
«Te Deum laudamus: te Dominum confitemur...».





Acaba un año. Una muy antigua y arriesgada tradición de la ciudad de Roma, algo que afortunadamente ha modificado sus formas, llevaba la noche del 31 de diciembre a los habitantes de la Urbe a tirar por las ventanas y balcones todo lo viejo, lo inservible, lo que iba a sustituirse en el nuevo año.

Pues este es tiempo de balances, tiempo de deseos y de felicitaciones cruzadas. Entre otras cosas, como supongo le pasará a muchos, yo del balance 2015 ante todo pongo bajo los focos lo peor, lo que por deleznable tiro con mayor ímpetu desde mi balcón existencial.

A lo largo de una prolongada e intensa vida profesional y personal, he conocido muchas situaciones, las más dispares y en muchos ámbitos y países. He encontrado a muchísimas personas cuyo abanico ha ido desde lo sublime y excelso, pasando por el mediocre de la “normalidad” rutinaria para en muchas ocasiones bajar a lo más abismal y execrable con lo que puede convivir un ser humano. Para entendernos, vi en Calcuta la grandeza de una pequeña Madre Teresa cuando todavía no era muy conocida, y he tenido que encontrar o entrevistar en las profundidades de las cloacas a terroristas.

Entre lo peor de lo peor, he tenido delante a espías, secuestradores, torturadores, asesinos, terroristaspríncipes del doble juego y hasta del triple. A seres capaces de todo y de todo lo contrario sin mirar a nada y a nadie, y con una total incapacidad de plantearse el más mínimo problema moral antes, durante y después de sus propios actos. Sí, he visto a muchos, pero siempre fueron encuentros desde la distancia profesional, come suele ocurrir a un periodista que observa, narra y analiza, pero aprende a mantener ese espacio vital de seguridad que impide que todo y cada situación le afecte en sus equilibrios vitales.

Creía estar “vacunado”. Pues me he equivocado y mucho, la ilusión ha durado muchas décadas. Salvando las distancias, que las hay, con los ejemplos anteriores, puedo decir que he tardado casi una vida entera en tener mis primeros reales encontronazos "en la tercera fase" con cierta abyección, o "ligereza" moral, en personas de un supuesto “entorno normal y cotidiano”. Hablo de una notable desenvoltura en comportamientos deleznables llevada con increíble desparpajo e incapacidad de asumir la realidad. Y una vez comprobado que no se trataba de espejismos o de pesadillas, sino de hechos ciertos y comprobables - por mucho que intente convencerme de que existe y que siempre ha existido cierto tipo de seres humanos, refractarios a toda consideración ajena a sus intereses más inmediatos - sigo aparcado en la incredulidad, pues me ha parecido y me parece incomprensible.

La realidad, cuando quiere ser contundente, lo consigue. Y ante hechos concretos me quedo con una antigua pregunta: ¿Cómo pueden conciliar el sueño ciertas personas? Ya sé. Sé que hay tragaderas y cegueras para todo y sin límites. Porque parece que hay muchos que lo consiguen con gran facilidad, duermen como lirones y es otro misterio que llevaré irresuelto hasta mi último instante de vida.

Hace sólo unos pocos días no creía poder llegar a escribir estas líneas. Y hoy las escribo con desprecio de los hechos, pero sin rencor hacia las personas, como expliqué en un anterior post, cuando disertaba sobre el sentimiento para mí ajeno del odio. Todo lo contrario: a quien me hiere yo le deseo suerte, pero al mismo tiempo también que consiga ver sinceramente la realidad, los hechos.


Bueno, acaba un año. A mí me toca cerrar el 2015 marcado con una gruesa cornisa roja y un balance que me hubiese gustado diferente, sobre todo no tener que contabilizar cosas que nunca hubiese esperado. No deseo a nadie, ni a las mismas personas cuyos actos me duelen, pasar por algo parecido, por comportamientos sin la más mínima sombra de escrúpulos.

«Hay gente pa’ to’», decía ese torero. Les deseo que no tengan ocasión de constatarlo hasta los extremos. Pero sí que tengan un buen final y un mejor comienzo. Si pueden. Y, sinceramente, me gustaría que pudieran.

No puedo cerrar sin un propósito para 2016: tener el equipaje siempre en orden y confiar. Y recomiendo que cada uno piense y haga lo propio, concienzudamente y sin olvidar nada ni poner en la maleta ropa sucia con la ilusión de que en algún momento aparecerá limpia. Esos milagros no se contemplan ni con la más férvida de las esperanzas.

El otro propósito, batalla interior de titanes, es de completar el sufrido recorrido que tendría que llevar a perdonar, en gran parte bien encaminado, diría que casi conseguido totalmente. No tengo mucho tiempo y espero coronar la meta sin fisuras. Y digo perdonar porque DEBO. Olvidar es bien otra cosa, humanamente imposible.

Pero tranquilos. No todo es negro y no voy a olvidar que algo positivo, como espero haya ocurrido a todos, he vivido en este 2015 que ahora despedimos. He conocido a gente sencilla humanamente ejemplar; he sido testigo de pequeños grandes heroísmos cotidianos de los que nunca trascienden y que no se suelen agradecer; he encontrado a personas dispuestas a ofrecer hombros gratuitos cuando se necesitan; me he topado con profesionales tan escrupulosos que llegas a preguntarte cuánto hay de profesión y cuánto de vocación en lo que hacen. Un subrayado al mundo de la sanidad, pero no sólo. También he aprendido más de lo que creía saber en dar valor a lo y a quienes ese valor lo tienen "per se" o se lo ganan a pulso día tras día. Y por último, me he librado (más bien, sólo lo he retrasado) de algo inexorable que llevamos en el ADN desde el momento en que vinimos al mundo. Gracias a haberme librado estoy escribiendo estas líneas. Y sé muy bien a Quien y a quienes tengo que agradecer el tiempo regalado.

Tampoco quiero dejar fuera, en la parte positiva del balance, esa inyección de bienestar y de esperanza que procede del agradecimiento de alguien a quien se ha echado un cable en un momento de dificultad. Cada día más, también en este último año que dejo atrás, he visto confirmarse eso de que cuando se da en realidad se recibe, y a menudo se recibe con creces. La generosidad, y no sólo la material, sobre todo si espontánea, sin publicidad y con mucha implicación en los problemas ajenos, es un carburante poderoso que ofrece una gran energía muy útil para seguir caminando.
 
Renuevo el deseo para todos y cada uno y sin exclusión: que el 2016 les sonría. En lo que de verdad importa y no sólo en lo efímero de lo meramente material, inmediato, perseguido con obsesión o simplemente cómodo 
Sean Uds. felices, o por los menos serenos y en paz, con lo posible y dentro de lo posible.


domingo, 20 de diciembre de 2015

(245) Odio y venganza.
No y no. Setenta veces siete ¡NO!

Odio e vendetta.
No e no. Settanta volte sette NO!


«Mía será la venganza y la retribución...»
(Dt 32, 35)




«Les aseguro que tendrán Ustedes su venganza». La última vez que lo escuché (¿o lo leí?) fue anteayer y lo aseguraba un joven fiscal estadounidense a los padres hundidos de la joven víctima de un asesinato. Estamos más que acostumbrados a escuchar promesas así, sobre todo en ciertas culturas, como también lo estamos en el lenguaje coloquial y, más aún, en los momentos más agudos en los que contemplamos el horror, la bestialidad, la crueldad, lo peor que el ser humano es capaz de propinar a sus semejantes.

Tampoco escapa, esa gana de venganza, en lo más cotidiano, en los agravios de los que unos y otros creen o que tienen más que comprobado de que han sido víctimas. Y no pocos, recalentados anímicamente por ese afán de “arreglar cuentas”, enfilan el atajo y, dominados por esa sed de venganza, se lanzan a la búsqueda de la satisfacción de sus rabias más profundas en el intento de hacer el mayor daño posible al causante de sus males.

La venganza, con este nombre, siempre ha estado presente entre los seres humanos, a lo largo de su existencia en este planeta Tierra. Ha provocado riñas, ha sembrado el caos en muchos lugares, ha desencadenado y alimentado guerras entre las más sangrientas y sigue siendo el objetivo perseguido por individuos, bandas, grupos, movimientos y un sinfín de colectivos que desde luego no están contribuyendo al sosiego y a la paz en este atribulado mundo.

Hasta en los textos sagrados de muchas religiones se habla de venganza. La hay en el Corán como en el Antiguo Testamento. No están exentos de ese anhelo castigador, hasta sus más tremendas consecuencias, asociaciones esparcidas por el mundo; en el deporte se habla de vengar la ofensa para restablecer el honor y en las redes sociales de este mundo interconectado en tiempo real, para qué les voy a contar...

Estoy más que seguro de no ser el único, y espero estar en una más que nutrida, multitudinaria compañía, pero tengo claro que no sé ni nunca supe probar el deseo de “vengarme”. Ni de niño, de adolescente o de adulto supuestamente maduro. Ese deseo, y lo mismo me pasa con el sentimiento del odio, me es completamente ajeno. Me proclamo, sin temor a aparecer inmodesto, un auténtico marciano ante esos impulsos primitivos, instintivos e irreflexivos del ser humano.

Doy gracias a mis padres por los cimientos, ese forjado de hormigón moral sobre el que fundamentaron los valores esencial de mi formación, que con los naturales vaivenes de la personalidad y de los aconteceres de la vida, aquí están y perduran en lo esencial. Mi padre falleció hace pocos años, a los 94, y ella sigue, lúcida, con sus lógicos achaques pero sonriendo a la vida y buscando todo lo positivo con 91 primaveras en sus hombros.

Pues podría contar mucho, muchos episodios. Porque la mejor educación es el ejemplo. Me quedo con algo que ocurrió cuando yo entraba en la adolescencia, fue uno de los muchos comportamientos-mensajes de mis padres que se quedaron muy bien grabados en mi subconsciente y que me han acompañado a lo largo de una vida bastante intensa, en lo profesional y en lo personal. Vamos, que no he vivido en una nube, porque el contacto con la realidad, hasta la más cruda, ha sido parte de mi vida y de mi profesión de observador, narrador y buscador de explicaciones.

Creo recordar que era casi la hora de almorzar. Mi hermano, un niño, estaba observando con curiosidad infantil el vaivén de la gente frente a la puerta de casa. Alguien, subido a una moto a decenas de metros de distancia, lo observaba. De repente, la moto arrancó, aceleró apuntando a mi hermano y se lo llevó unos metros por delante. Un probable movimiento del niño hizo que el choque fuera contra su brazo y no en pleno cuerpo. Moto y conductor desaparecieron a toda velocidad y mi hermano acabó en el hospital con muchas lesiones, pero afortunadamente nada que médicos y tiempo no pudiesen curar.

Horas después, los carabinieri detuvieron al responsable de ese premeditado atropello. Se trataba de un conocido delincuente de poca monta que, por la función pública que mi padre ejercía, creía haber sido objeto de una injusticia. Nada de eso, pero es lo de menos en lo que me ocupa ahora. Lo que quiero es recordar lo que hizo mi padre, cual fue la reacción de mi padre y mi madre.

Detenido “in flagranti crimine”, con testigos oculares de sobra, el hombre tuvo un juicio en breve tiempo y fue condenado. Mis padres, después de la inicial preocupación por la salud de su hijo, que se repuso con cierta rapidez, tuvieron otra preocupación: el reo encarcelado dejaba sin amparo y sin sustento a una esposa y a muchos niños, una situación que no podía dejar insensibles. Y mucho menos a mis padres.


Pues fue cuestión de días. Mis padres ayudaron a la familia y poco después mi padre encontró un digno trabajo a la mujer, lo suficiente para que pudiese llevar a casa lo necesario para seguir hacia delante sin graves dificultades.


Es un buen momento, muy oportuno,
para agradecer a mis padres por todos
los valores que han sabido inculcarme.
Aquí están, para no exponerlos, en una
imagen plasmada por un siluetista hace
ya mucho tiempo, cuando yo era un niño.
Es todo. Y es así, es con episodios parecidos que crecí y fui educado. Y por mucho que la vida dé vueltas, lo que se siembra, los cimientos sobre los que se edifica, marcan y en el curso de la vida afloran sus consecuencias. Eso es algo que nunca podré agradecer suficientemente a mis padres, cada uno con su talante pero ambos con valores compartidos y bien transmitidos, con constancia y con el ejemplo.

¿A dónde quiero llegar? A intentar explicar por lo menos algunos de los motivos que me impiden albergar sentimientos tan destructivos como el odio y el deseo de venganza, que considero tan humanos como deleznables. Sentimientos e impulsos que no acepto moralmente y que, aunque la naturaleza humana puede hacerlos asomar en algún momento, rechazo con todo el vigor del que soy capaz.

A veces, debatiendo o conversando, he utilizado ejemplos duros. He llegado a afirmar, y lo mantengo, que ni siquiera si asesinaran a un familiar, haciendo estragos de su cuerpo, llegaría a odiar y a tramar la venganza. Lo mantengo, aunque a menudo llega la respuesta: “No has pasado por eso”. Pues no, pero me conozco y conozco a gente que ha pasado por eso o por algo de elevada gravedad y dolor y que ha reaccionado de una manera o con un comportamiento opuesto al que se esperaba.

Rabia, resentimiento, profundo enfado, disgusto incontenible, ofensa inaceptable y más son reacciones inevitables, sobre todo cuando todo escuece, y pueden ser “pro tempore” o llegan a perdurar en el tiempo, con mayor o menor intensidad. Pero el odio es bien otra cosa. Implica la repugnancia, el aborrecimiento hacia alguien de quien se desea todo el mal posible. De la misma familia de la ley del Talión y de la de Lynch, para que nos entendamos. Pues un NO tajante.

El deseo de venganza, además, implica el deseo del “ojo por ojo, diente por diente”, unas irrefrenables ganas de desquite y si es posible con propina y el mayor sufrimiento de quien estamos seguros que nos causó una ofensa, un percance, una injusticia. Otro NO con mayúscula y negrita.

Otra cosa es pedir, exigir justicia cuando el perjuicio, el daño o la ofensa de las que creemos haber sido los sufridores pueden tener su cauce en la vía civil o penal. Y si el ámbito es personal, cuando estamos en la esfera de las relaciones humanas y de los comportamientos no delictivos, sean calumnias o maledicencias, engaños o estafas morales, ahí quedan las naturales e instintivas reacciones como el repudio, el desdén, la ofensa, la desilusión, el dolor, la merma en la confianza hacia los demás. Reacciones y consecuencias que, según gravedad y profundidad, pueden acompañar momentos, días, meses, años y hasta toda una vida.

Todo eso y todo lo que humanamente se pueda comprender. Pero odio y venganza ¡NO! Porque embrutecen más a la víctima que al causante, que a lo mejor hasta es capaz de reírse frotándose las manos. Además, son inmorales, suponen un enorme esfuerzo y gran desgaste anímico y suelen marcar negativamente el ánimo humano.

Y ahora, digan Uds. que soy un “buenista”. Pues no. Setenta veces siete ¡NO! (cfr. Mt. 18, 21-22). Aunque cueste y a menudo el precio sea alto, el hecho es que mi brújula existencial intenta apuntar a un Norte en el que creo firmemente, y poco importa que no sea el más convencional, cómodo y fácil.




Y ahora, con su permiso, estoy obligado
a tomarme un descanso.
Y espero que sólo sea eso.