(¿Vienen de Marte los corruptos?)
Cuando me salté una cola larga y aburrida,
y llegué primero, lo encontré normal,
porque “todos lo hacen”.
Cuando, gracias a un enchufe,
mi expediente fue colocado encima de otros diez,
me sentí afortunado y me consideré muy listo.
Cuando el electricista me hizo ahorrar el IVA,
pagando “brevi manu” y sin papeles,
me alegré por ese dinerillo que siempre viene bien.
Cuando me hice la piscina en la finca del pueblo,
sin pedir licencia y oculta entre árboles,
gocé del frescor de esos chapuzones.
Cuando me di un golpe con el coche y lo reparé gratis,
gracias al falso accidente denunciado por mi cuñado,
sentí alivio en el bolsillo y orgullo por salirme con la mía.
Cuando…
Cuando…
Cuando…
Cuando me entero de esta sucesión sin fin
de corrupciones en todos los ámbitos,
me escandalizo, me cabreo, clamo al cielo y pido justicia.
¿Cómo es posible tanta impunidad?
Ya... Ya... Es evidente que me inspiré en un texto muy conocido.
No quiero dejar escapar la ocasión para hacer justicia ante algo que se ha perpetuado y sigue repitiéndose mayoritariamente en España y en Hispanoamérica. El poema, errónea o calculadamente atribuido a Bertold Brecht, fue escrito y pronunciado por primera vez en el sermón que el pastor Martin Niemöller pronunció en la Semana Santa de 1946 en Kaiserlautern (Alemania).

Titulado “¿Qué hubiera dicho Jesucristo?”, Niemöller lo escribió con referencia a la escandalosa apatía del pueblo alemán ante la crueldad nazi. El mismo pastor lo repitió en muchas ocasiones, pero no siempre literalmente. A darle forma y versión definitiva y oficial fue al final su viuda, con el texto que pueden leer aquí.
Entre los que originaron la falsa atribución – que creció con la contestación des ’68 porque Brecht era muy querido por la izquierda europea – hubo una actriz argentina, Cipe Lincovsky. Muy amiga de la viuda del dramaturgo y fan de Brecht, Lincovsky difundió la versión de la autoría brechtiana hasta llegar a ponerle fecha. Según ella, Brecht escribió el poema en 1933 tras el triunfo electoral de Adolf Hitler.
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POST SCRIPTUM - SI alguien interpreta esto como una
justificación de mucho de lo que ocurre, pues se equivoca. Explicar y mirarse
al espejo no es justificar. Pero sí se trata de justificar cuando se consideran
nimias nuestras pequeñas "corrupciones" e “irregularidades” cotidianas.
Las que permean los hábitos de una sociedad que hasta esta crisis ha sido más
bien transigente. Como atestiguan hemerotecas, videotecas y la memoria de quienes
llevamos unos cuantos años observando.