Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla o sintonía radio italiana o española. Y lo mismo ocurre en medios escritos. Tengo la inmensa suerte de no depender de nadie, de no deber nada a nadie y de poder opinar libremente cuando y donde solo yo lo considere oportuno.
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI

miércoles, 29 de diciembre de 2010

(24) "Penne alla panna", Shoah y la "Lettera 22"
Penne alla panna, Shoah e la "Lettera 22"

Se preguntarán Ustedes qué diantres tienen que ver la Shoah, una Olivetti “Lettera 22”, una “trattoria” piamontesa y el periodismo deportivo. Pues más de lo que se puede suponer.
  Vamos por partes. Uno de los “deportes” que suelo practicar cuando tengo ratos libres es revisitar o descubrir lugares donde se saborea esa gastronomía sin pretensiones, la que solemos definir casera, en restaurantes populares frecuentados por gente “normal”.
  En eso estaba, ayer, entre Turín y su aeropuerto, en la localidad de Settimo Torinese, dando cuenta de unas “penne alla panna” con setas, seguidas por unos deliciosos “saltimbocca” y el todo regado por un caldo de la tierra. Desde los ventanales, a un  lado la larga cornisa de los cercanos Alpes cubiertos de nieve fresca; al otro lado un edificio industrial color ocre, construcción de los Años Cincuenta o Sesenta del siglo pasado.
  Olvidaba decir que la trattoria es una cueva de acérrimos hinchas del Torino, el equipo histórico de la ciudad, el mismo que en 1949, siendo su plantilla la casi totalidad de la selección “azzurra”, falleció en el conocido y trágico accidente de aviación, en la cercana colina de Superga. Y de fútbol, sin ser yo particularmente adicto, me estaba hablando el dueño del local, Gigi, un personaje simpático, dicharachero y con gran experiencia de restaurador en su intenso pasado.
  Recordaba yo el Mundial de 1982, el gol de Paolo Rossi, el Pertini presidente de la República cuyos movimientos político-deportivos tuve que cubrir en ese campeonato culminado en Madrid con la victoria de Italia contra Alemania.
  Y en eso Gigi me nombra a un viejo colega, a un piamontés ”histórico” del periodismo deportivo. Recordaba yo las cenas, los chistes, las bromas, su agudo y punzante humor al mismo tiempo que sus editoriales y crónicas, artículos que a menudo a mi lado, Giampaolo Ormezzano - este es el famoso colega - escribía con su inseparable Olivetti “Lettera 22”. Ocurrió en el Mundial 1982, en las Olimpiadas 1992, en muchas otras citas internacionales y de Ormezzano siempre sorprendía esa capacidad de abstraerse, entre setenta mil hinchas ruidosos, para escribir, mirando al campo y tecleando como una ametralladora, esas piezas periodísticas que marcaron toda una época.
  Hablábamos de eso, Gigi, mi cuñado, un colega y yo, en la trattoria de Settimo Torinese. Pero yo no quitaba ojo de la fábrica de enfrente. Esa que dirigió el químico y escritor Primo Levi, el gran autor de “La tregua” y “Se questo è un uomo”, el ex preso de los campos de concentración nazi, el hombre que produjo grandes piezas literarias y que, años después, fue truncado por su horrible y devastadora experiencia.
  Al salir, unos cientos de metros más allá, una glorieta y en el centro un gran poste de la alta tensión. Y encima, en sentido vertical, unas cifras: “174517”, la matrícula con la que los nazis habían marcado en el brazo, a la espera de los hornos crematorios, al preso Primo Levi.
  Pues me gustaron le “penne alla panna con funghi”, no estaba mal el vino, fue emotivo cruzarme con el recuerdo de Primo Levi y de Giampaolo Ormezzano. Pero si quiero ser honrado, casi estuve a punto de verter una lágrima. Por la vieja querida Olivetti “Lettera 22”, cómplice y culpable de muchas de las cosas que hemos vivido y narrado en esta maravillosa y maldita profesión que es el periodismo.

Vi domanderete che diamine abbiano a che fare la Shoah, una Olivetti “Lettera 22”, una trattoria piemontese e il giornalismo sportivo. Ebbene, molto di più di quanto si possa pensare.
  Vediamo. Uno degli “sport” che pratico quando ho momenti liberi è quello di rivisitare o scoprire luoghi dove si assapora quella gastronomia senza pretese che definiamo “casereccia”, in ristoranti popolari frequentati da gente “normale”. Mi dedicavo a questo ”sport”, ieri mattina, tra Torino e il suo aeroporto, nella località di Settimo Torinese, alle prese con penne alla panna con funghi seguite da deliziosi saltimbocca annaffiati da un buon vino della regione. Attraverso le finestre, a un lato ammiravo la lunga cornice delle vicine Alpi ammantate da neve fresca; sul lato opposto si scorgeva un edificio industriale giallastro, una costruzione degli Anni Cinquanta o Sessanta del secolo scorso.
  Dimenticavo. La trattoria è un covo di ferventi tifosi del Torino, la storica squadra della città, la stessa che nel 1949, quando costituiva la quasi totalità della selezione azzurra, scomparve nel noto e tragico incidente aereo della vicina collina di Superga. E del calcio, senza esserne io tifoso, mi stava parlando il titolare del locale, Gigi, un personaggio simpatico, chiacchierone e dalla grande esperienza di ristoratore sulle spalle.
  Io ricordavo i Mondiali del 1982, il gol di Paolo Rossi, il Pertini presidente della Repubblica i cui movimenti politico-sportivi dovetti seguire per narrare quel campionato che culminò a Madrid nella vittoria dell’Italia sulla Germania.
  Fu allora che Gigi citò un vecchio collega, un piemontese “storico” del giornalismo sportivo. Ed io ricordai le cene, le barzellette, gli scherzi, l’acuto e pungente umore e allo stesso tempo gli editoriali e le cronache che Giampaolo Ormezzano - questo il nome del noto collega - scriveva spesso al mio fianco sulla sua inseparabile Olivetti “Lettera 22”. Accadde nel Mondiale 1982, nelle Olimpiadi 1992, in molti altri appuntamenti internazionali e di Ormezzano sempre mi sorprendeva la sua capacità di astrarsi, tra il fragore di settantamila tifosi, per scrivere, guardando al campo e battendo sui tasti come una mitragliatrice, quei pezzi giornalistici che segnarono un’epoca.
  Parlavamo di questo, Gigi, mio cognato, un collega ed io, nella trattoria di Settimo Torinese. Ma non perdevo di vista la fabbrica antistante. Quella che diresse il chimico e scrittore Primo Levi, il grande autore di “La tregua” e “Se questo è un uomo”, l’ex prigioniero dei campi di concentramento nazisti, l’uomo che produsse grandi pezzi di letteratura e che, anni dopo, fu stroncato dalla sua orribile e devastante esperienza.
  All’uscita dalla trattoria, cento metri più in là, una rotonda con al centro un grande traliccio dell’alta tensione. Al centro, in senso verticale, un numero: “174517”, matricola con cui i nazisti avevano marchiato il braccio, nell’anticamera dei forni crematori, al prigioniero Primo Levi.
  Mi piacquero le penne alla panna con funghi, il vino no era male, fu emotivo incrociare Primo Levi e Giampaolo Ormezzano. Ma se devo essere sincero, mi mancò poco alla lacrima. Una lacrima per la vecchia cara Olivetti “Lettera 22”, complice e colpevole di molte delle cose che abbiamo vissuto e narrato in questa meravigliosa e maledetta professione che è il giornalismo.

domingo, 26 de diciembre de 2010

(23) Tormento y redacción
Tormento e redazione

 La reflexión, las dudas y la preocupaciones, todo lo que emerge de estas líneas procede una constatación que acabo de reiterar y a la que quiero añadir una provocación para dos profesionales. Una mujer y un hombre que, además de ser muy buenos en los suyo, son buenos compañeros de viaje en esa aventura radiofónica que compartimos con Pepa Fernández: “No es un día cualquiera”, nuestro querido magazine de los fines de semana en Radio Nacional de España.
   Uyyy..., qué enrevesado, qué intrigante, ¿y adónde quiere llegar éste? se preguntarán Ustedes.
Muy sencillo. Observo algo, lo conecto con algo anterior y me hago preguntas en voz alta, que es de lo que trata este blog que mira hacia todo lo que concierne la profesión que ejerzo. Y en eso estamos, en lo último que me detuvo un momento a pensar. En poco menos de media jornada he reencontrado a dos antiguos compañeros, ambos con un largo bagaje profesional de mucho respeto. Y ambos, como otros colegas que conozco, llevan en los hombros y en la psique el peso de algo terrible que alteró profundamente sus vidas.
  No voy a entrar en muchos detalles, no tengo interés en identificar a estos compañeros. Ni tampoco quiero juzgarlos. Pero sí quiero compartir mis preguntas con Ustedes e implicar, en la búsqueda de respuestas, a dos investigadores de las neuronas y de la psique, de lo genético y de lo comportamental, de lo neuroquímico y de lo emocional. Me refiero a Jesús de la Gándara, psiquiatra, y a Laura García Agustín, psicóloga, ambos afectuosamente emplazados – ¡es una llamada sui generis! – a contribuir con breves y sesudas consideraciones en los comentarios que siguen estas líneas.
  ¡Menudo preámbulo! Pues  vamos al grano.
  Unos terroristas se equivocan y en lugar de un periodista, que era la diana, el asesinado es alguien que sencilla y desafortunadamente pasaba por allí. El otro caso, pero podría añadir más, es el de una compañera que por una equivoca interpretación de un artículo muy correcto, pero mal leído, induce alguien al suicidio.
  Cada vez que los encuentro, estos compañeros de profesión llevan a cuestas todo el peso y el drama de sentirse responsables de algo trágico que nunca quisieron. Uno acumula y acentúa sus tics y evidencia momentos de abstracción, la otra intercala una creciente agresividad con el balbuceo, características que antes de los hechos mencionados nunca aparecían. Es más que evidente, en ambos, un trastorno emocional y del comportamiento que los hace casi irreconocibles. Podría seguir, pero para mis preguntas es suficiente.
  Las dudas son fuertes porque los dos (de diferentes medios) se ocupan de temas delicados que requieren equilibrio y perspectiva cuando hay que trasladarlos al público lector. Y es legítimo preguntarse, me lo pregunto, cuánto puede ser capaz el profesional – porque buenos profesionales lo son ambos – de dejar atrás, en el momento del análisis y del relato, todo lo que íntimamente les aflige y que viven como un trauma grande como una roca.        
  Ya lo sé, queridos Jesús y Laura, que en todas las profesiones cuecen habas y que todos, con mayor o menor intensidad, llevamos nuestros íntimos bártulos a cuestas y sin embargo ejercemos nuestras profesiones y actividades. Pero aquí no hablamos de mineros o controladores, de cirujanos o de policías. En este caso la duda es si un ser atormentado es capaz de abstraerse en el momento de narrar, poner en contexto y analizar lo que, en mayor o mayor medida, puede tener influencia en un gran número de personas: lectores, oyentes, telespectadores.
  Seguro que, por breve que sea, la opinión de Jesús de la Gándara y de Laura García Agustín – que invito a entrar comentando - aportará algo de luz.

La riflessione, i dubbi e le preoccupazioni, tutto ciò che emerge da queste righe proviene da una constatazione appena rivissuta alla quale intendo sommare una proovocazione per due professionisti. Una donna e un uomo che, oltre ad essere molto buoni nelle rispettive specialità, sono buoni compagni di viaggio in quell’avventura radiofonica che condividiamo con Pepa Fernández: “No es un día cualquiera”, il nostro caro magazine dei fine settimana a Radio Nacional de España.
  Ehilà...., ma quant’è complicato, che intrigante. Ma dove vuole arrivare questo quì?, vi domanderete.
  Molto semplice. Osservo qualcosa, lo collego con osservazioni precedenti y mi pongo alguni interrogativi a voce alta, che è esattamente l’oggetto di questo blog dedicado a dare un’occhiata alla mia professione. E in questo momento ci troviamo a soffermarci sull’ultimo episodio che mi ha fatto pensare. In poco meno di mezza giornata ho incontrato due vecchi colleghi, entrambi con un bagaglio professionale di tutto rispetto. Entrambi, come altri colleghi che conosco, portano sulle spalle e nella psiche il peso di qualcosa di terribile che alterò profondamente la loro vita.
  Non entrerò nei dettagli, non ho interesse a identificare questi colleghi. Tanto meno oso giudicarli. Ma intendo condividere i miei interrogativi con voi lettori e implicare, nella ricerca di risposte, due ricercatori dei neuroni e della psiche, delle cause genetiche e di quelle relative al comportamento, della neurochimica e dell’emotività. Mi riferisco a Jesús de la Gándara, psichiatra, e a Laura García Agustín, psicologa, entrambi affettuosamente chiamati – lo ammetto, in un modo alquanto originale – a contribuire con le loro acute considerazioni negli spazi per commenti in calce a queste righe
  Che preambolo! Bene, entriamo in argomento.
   Alcuni terrorristi sbagliano e al posto di un giornalista, che era il bersaglio, l’assassinata è una persona che semplicemente e malauguratamente passava da quelle parti. Un altro caso, ma potrei proseguire con altri esempi, è quello di una collega che per un’erronea interpretazione di un articolo molto corretto, ma letto frettolosamente, induce qualcuno al suicidio.   
   Ogni qual volta li incontro, questi colleghi portano sulle spalle tutto il peso e il dramma di sentirsi responsabili di qualcosa di tragico che mai vollero. Uno accumula e accentua i suoi tic e manifesta momenti di astrazione; l’altra intercala una crescente aggressività con la balbuzie, caratteristiche inesistenti prima dei fatti menzionati. È più che evidente, nei due giornalisti, un’alterazione delle emozioni e del comprtamento che li rende irriconoscibili. Potrei andare avanti, ma per i miei interrogativi è sufficiente.
  I dubbi sono forti perché i due (di diverse testate) si occupano di settori delicati che richiedono equilibrio e prospettiva quando li si deve trasferire al pubblico lettore. Ed è legittimo chiedersi, me lo domando, in quale misura può essere capace il professionista – buoni professionisti lo sono entrambi – di lasciarsi alle spalle, nel momento dell’analisi e della narrazione, tutto ciò che intimamente li affligge e che vivono come un trauma grande come un macigno.
  Lo so, cari Jesús e Laura, che in tutte le professioni c’è di tutto e che tutti, con maggiore o minore intensità, ci facciamo carico dei nostri più intimi bagagli e, ciò nonostante, svolgiamo le nostre attività e professioni. Ma quì non parliamo di minatori o controllori aerei, di chirurghi o poliziotti. In questo caso il dubbio è se un essere tormentato è capace di astrarsi nel momento di narrare, mettere in contesto e analizzare ciò che, in maggiore o minore misura, può avere influenza su un gran numero di persone: lettori, ascoltatori, telespettatori.
  Sono sicuro che, seppur breve, l’opinione di Jesús de la Gándara e di Laura García Agustín – che invito a commentare – farà un po’ di luce.                                           

miércoles, 22 de diciembre de 2010

(22) Fontana di Trevi: el gato de mis corbatas
Fontana di Trevi: il gatto delle mie cravatte

A las informadoras que aparecen en televisión se les suele prestar la debida atención, a veces se pasa de ellas, se juzga o se deja de juzgar el contenido y la forma de lo que narran, pero siempre queda la imagen y el recuerdo de como iban vestidas. Para los hombres, nosotros los periodistas, es casi lo mismo. Casi, porque, salvo algo muy chillón o vistoso, el traje ni se nos ve. Pero hay un detalle, casi único, que fija la atención del telespectador: la corbata.
  Pues de mis corbatas, de esas corbatas que suelo llevar en la vida y en las pantallas quiero hablar. Sobre todo de su relación con el mundo felino y felliniano y con la romana Fontana di Trevi. Tranquilos, es menos complicado de lo que parece.
  Ocurrió hace una docena de años, una mañana en la que salí de la sede de mi periódico, doscientos metros arriba de la Fontana di Trevi, paseé por la vía in Arcione y alcancé, como en muchas otras ocasiones, ese escenario donde Anita Ekberg y Marcello Mastroianni se bañaron una noche para dejar una inolvable imagen de la historia del cine, del cine firmado por Federico Fellini.
  Superada la fontana, cuando vía in Arcione toma nombre de vía delle Muratte, sobre el empedrado romano un gato que se dejaba acariciar por el sol llamó mi atención. Lo confieso, soy gatuno y cuando encuentro un gato, me detengo o por lo menos le lanzo un saludo. Ese día paré, acaricié ese gato hinchado por un pelo tricolor: blanco, negro y con un tono de base que recordaba algunas cervezas rubias.
  El gato se dejó acariciar un rato, luego decidió que quería ser dejado en paz y se levantó y anduvo hacia una puerta. Era la puerta de una boutique no muy grande pero llena repleta de corbatas. De buenas corbatas de seda con muy interesantes cortes y colores. Pues segui al gato y entré en la tienda, me presenté a sus dueños, compré unas cuantas corbatas y comenzó una larga relacíon que se mantiene.
  Ayer mismo, a lado de Fontana di Trevi, en el 88 de la vía delle Muratte, acariciaba a mi gato amigo, ya viejete pero muy vivo, y elegía mis enésimas corbatas. Y salía contento como siempre y con tres seguridades: que en Roma, hasta que viva uno de los dos, habrá un gato amigo; que soy un cliente tratado con esmero y que mi amplio abanico de cientos de corbatas romanas de seda, las que se ven en pantalla, será casi imposible que tengan gemelas en España.
  Esta es la sencilla historia de un gato amigo (que, por cierto, es gata y se llama Carinella) y de mis corbatas. Lo que diga o haga en televisión, eso es otro cuento sobre el que opinarán Ustedes.

Alle conduttrici che compaiono sugli schermi televisivi si presta la dovuta attenzione, oppure le si osserva e le si ascolta un po' distrattamente, si giudica ciò che dicono e come lo narrano, ma se c'è qualcosa che fissa l'attenzione e permane nella memoria è il loro abbigliamento. Per gli uomini, noi giornalisti, è quasi la stessa cosa. Quasi, perché, salvo per un colore o per una linea molto vistosa, il nostro abito passa inosservato. Ma c'è un dettaglio, quasi unico, che polarizza l'attenzione del telespettatore: la cravatta.
  É delle mie cravatte, di quelle cravatte che porto nella vita e sugli schermi, che intendo parlare. Soprattutto della loro relazione con il mondo felino e felliniano e con la romana Fontana di Trevi. Tranquilli, è meno complicato quanto possa sembrare.
  Accadde una dozzina d'anni fa, una mattina in cui uscii dalla sede del mio giornale, duecento metri sopra Fontana di Trevi, passeggiai lungo via in Arcione e raggiunsi, come in molte altre occasioni, quello scenario dove Anita Ekberg e Marcello Mastroianni si bagnarono una notte per lasciare un'indimenticabile scena della storia del cinema, del cinema firmato Federico Fellini.
  Superata la fontana, quando via in Arcione prende il nome di via delle Muratte, sui sampietrini richiamò la mia attenzione un gatto che si lasciava accarezzare dal sole. Lo confesso, ho un debole per i gatti e quando ne incontro uno mi fermo o quanto meno gli lancio un saluto.  Quel giorno mi fermai, accarezzai quel gatto paffuto con il pelo tricolore: bianco, nero e con un manto base che ricordava alcuni tipi di birre bionde.   
  Il gatto si lasciò accarezzare un po', poi decise che voleva essere lasciato in pace e si alzò avviandosi verso una porta. Quella di una boutique non molto grande ma piena zeppa di cravatte. Di buone cravatte di seta dalle linee e colori molto interessanti. Seguii il gatto, entrai, mi presentai ai titolari del negozio e cominciai a osservare e scegliere un certo numero di cravatte. Cominciò così una lunga relazione che continua.
  Proprio ieri, quasi all'angolo con Fontana di Trevi, al numero 88 di via delle Muratte, accarezzavo il mio gatto amico, già anzianotto ma ancora molto vivo, e sceglievo le ennesime cravatte. Per poi uscire soddisfatto come sempre e con tre certezze: che a Roma, finchè uno dei due vivrà, avrò un gatto amico; che sono un cliente trattato con cura e che gli esemplari del mio ormai ampio ventaglio di centinaia di cravatte romane di seta, quelle che si vedono sui teleschermi, è pressoché impossibile che abbiano gemelli in Spagna.
  Questa è la semplice storia di un gatto amico (che in realtà è gatta e si chiama Carinella) e delle mie cravatte.  Ciò che dico e faccio in televisione, beh, è un'altra storia su cui l'opinione è affidata a voi.