Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla o sintonía radio italiana o española. Y lo mismo ocurre en medios escritos. Tengo la inmensa suerte de no depender de nadie, de no deber nada a nadie y de poder opinar libremente cuando y donde solo yo lo considere oportuno.
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI
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jueves, 8 de junio de 2017

(262) El miedo es libre, pero se puede dominar sin dejar que se transforme en pánico. Cultura #PAS

La paura è libera, ma può essere dominata senza lasciare che si trasformi in panico. Cultura #PAS


«El pánico es una deserción repentina de nosotros mismos.
Es ir hacia el enemigo que está en nuestra imaginación
».

Christian Nestell Bovee




El miedo es libre”. Cuántas veces lo hemos escuchado o leído... Pero ¿libre? Pues lo será si queremos y si ponemos los medios racionales para ejercer esa libertad de tenerlo o no, de dejar que nos domine o de que lo dominemos. Esto es lo que pienso. Me estoy refiriendo, aquí y ahora, al miedo por causa no identificada, a esa sensación que muchos, demasiados, y sobre todo en un ámbito contagiosamente colectivo, traducen en pánico.

Lo hemos visto en los últimos días en mi ciudad, en Torino. Ante un ruido, ni siquiera confirmado aunque se habló de un petardo, se desencadenó una estampida alocada de miles de personas que acabó con casi un millar de heridos, algunos graves. Enésimo episodio para acordarse, aunque en este caso con daños físicos y psicológicos, del shakespeariano  “Much ado about nothing”.

Pero acontecimientos como el pánico desatado sin motivo en la Piazza San Carlo de Torino no son una novedad. El pánico de masas, con sus a menudo trágicas como inmotivadas consecuencias, pertenece a la historia y crónica del ser humano y en nuestros tiempos se presenta con siempre mayor frecuencia.  En su base, en su detonante, casi siempre hay una fuerte componente de miedo irracional hacia algo o alguien que a menudo ni siquiera se identifica. Basta con un ruido, un rumor, una información no controlada, un bulo, un percance que de por sí sería fácilmente dominable y reconducible. Bien lo saben bomberos y servicios de emergencias: muy a menudo la mayoría de las víctimas en incendios o accidentes en grande aglomeraciones se deben más al aplastamiento por estampida masiva debida al pánico que al fuego o a un accidente muy delimitado.

No les voy a llevar a la mitológica Arcadia para rescatar al semidiós pastoril Pan, de quien procede el nombre de esta irracional reacción humana. Sólo quiero, con el pretexto de recientes acontecimientos, pero en términos más generales, suscitar una reflexión sobre la peligrosidad de dejar suelta esa reacción que se suele definir como miedo incontrolable, sensación de fuerte ansiedad y pavor que alguien percibe frente a un peligro inesperado, real o ficticio que eso sea. Una reacción contagiosa en pocos instantes y que produce un estado de confusión ideomotoria caracterizada por comportamientos irracionales, como escoger la respuesta más peligrosa entre todas las posibles para salir del real o ficticio apuro.

Aunque muy a menudo infundado en sus causas, el pánico es real y muy real para quien es presa de él. La psicología y la psiquiatría bien lo saben porque llevan mucho tiempo ocupándose de esa sensación, que es más bien un cúmulo de sensaciones, y lo tienen bien identificado y catalogado. 

El DSM, manual de diagnóstico de la American Psychiatric Association, tiene una definición tasada para el DAP, Disturbio de Ataque de Pánico. Es «un período preciso de intenso miedo o incomodidad, en el que cuatro (o más) de los siguientes síntomas se presentan bruscamente y alcanzan un pico en unos 10 minutos:
1. palpitaciones, sacudidas del corazón o elevación de la frecuencia cardiaca;
2. sudoración; 
3. temblores o sacudidas; 
4. sensación de ahogo o falta de aliento; 
5. sensación de atragantarse; 
6. opresión o malestar torácico; 
7. náuseas o molestias abdominales; 
8. inestabilidad, mareo o desmayo; 
9. “desrealización” (sensación de irrealidad) o despersonalización (estar separado de uno mismo); 
10. miedo a perder el control o a volverse loco; 
11. miedo a morir; 
12. parestesias (sensación de entumecimiento u hormigueo); 
13. escalofríos o sofocaciones
».


Pues hemos identificado al enemigo. Y ahora es menester decir que casi siempre hay tiempo, aunque se mida en segundos o menos, para ese mínimo de “detención en frío” (aunque en realidad sea en caliente) y con un fulmíneo vistazo alrededor, sazonado por algo de racionalidad, se decida si realmente estamos en situación de peligro, si la decisión y la dirección que tomamos – si hay que tomarla – es la mejor de las posibles o la menos peligrosa. O si, con ese mínimo de “racionalidad en caliente”, conseguimos darnos cuenta de que a nuestro alrededor se está produciendo ese éxodo incontrolado y devastador que responde al conocido “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”.

¿Que es fácil decirlo pero a la hora de la verdad...? Lo sé. No es fácil ni todos viven la misma situación de la misma manera. Cultura, vivencias, temperamento, psicología, fortaleza, impresionabilidad..., muchos factores influyen en los comportamientos humanos. Pero, desde la experiencia de quien sí conoce el miedo (el miedo motivado, real), ha vivido desde dentro desastres, tragedias, conflictos y para no privarse de nada también le han disparado, déjenme decir que sí se puede en la mayoría de las situaciones

Claro, se necesita una reflexión previa, y hay que hacerla cuando no hay ningún motivo para el pánico, como bien saben, por ejemplo, los servicios profesionales y voluntarios de las protecciones civiles y de emergencias.

Pues es necesario detenerse mucho más en las dramáticas consecuencias de decisiones instintivas en una situación de pavor sin conocer la causa de ese pavor. Es menester leer, hacer acopio de mucha información de los errores ajenos – por desgracia muy frecuentes – cuando grupos y o enormes masas humanas se autocontagian huyendo sin rumbo, con el santo y seña del “sálvese quien pueda” llevándose por delante a quienes se interpongan en el atropellado camino, y todos probablemente rumbo hacia el desastre.

Esta es la reflexión personal de un ciudadano con alguna que otra experiencia y que quiere compartirla con otros ciudadanos. Otra reflexión, una de las batallas de mi vida con muchos, muchísimos amigos del mundo de las emergencias, es llevar la cultura de la respuesta a lo imprevisto entre la gente
, también en la emergencia sanitaria. Y – déjenme soñar – quisiera ver el día en que en las escuelas, desde edades muy tempranas, se enseñe la Cultura PAS, es decir a responder racionalmente al peligro y eficazmente, por ejemplo con primeros auxilios o una RCP.

Yo no sé. Pero a Ud., lector, le deseo que lo vea




A propósito de la "Cultura PAS" ...


La “Cultura PAS (Protege, Avisa, Socorre)” es la capacidad de dar una respuesta, mínima o más avanzada, ante un evento imprevisto y urgente en el que a menudo la vida de alguien está en peligro. Hablamos de accidentes de carretera como de un ictus, de un infarto, de un atragantamiento o de un trauma. Pero el abanico es más amplio. 

Conocer lo esencial, lo correcto y lo urgente que hay que hacer como “Primer respondiente”, si somos testigos de un evento que necesite asistencia urgente, puede constituir la diferencia entre la vida y la muerte


Quien me conoce sabe que llevo años, por vocación y voluntarismo, en ese mundo de las urgencias y emergencias. Y no me canso de sugerir que se dedique parte de nuestro tiempo a aprender cómo reaccionar con eficacia hasta la llegada de los servicios profesionales. 


Entrar en la “Cultura PAS” no sólo es solidario y un potente multiplicador de la red de seguridad de la sociedad (hoy para ti y mañana puede que alguien para mí...).
Cultura PAS es también saber lo que no hay que hacer. Por ejemplo, no dejarse dominar por el pánico. 


Todos tenemos cerca un servicio de Urgencias o Emergencias, una sede de Protección Civil que podrá indicar como participar en un cursillo gratuito. En todo el territorio español. Desde el SUMMA112 y el SAMUR-PC de Madrid hasta el SEM de Cataluña, pasando por el SAMER-PC de Las Rozas o la Cruz Roja - Gurutze Gorria en el País Vasco. 

Busquen en Google. Encontrarán el servicio y el cursillo más cercano. Entrarán así en un mundo más seguro y con menos temores de los habituales.



lunes, 18 de enero de 2016

(248) Quando un amico se ne va, qualcosa muore nell’anima. O no?
Cuando un amigo se va, algo se muere en el alma.
¿O no?



«Cuando un amigo se va, algo se muere en el alma». “Quando un amico se ne va, qualcosa muore nell’anima”.

Molti anni or sono presi l’abitudine 
di regalare questa canzone,
un’orecchiabile “sevillana” intitolata 
"El Adiós" degli “Amigos de Gines”,  
a un numero ristretto e apprezzato 
di persone che, dopo un certo 
periodo di attività in questo paese,
lasciano definitivamente la Spagna.  
Un segno di amicizia e di dispiacere per la perdita, anche se non definitiva, di un contatto frequente.

Eppure, anche se si comprende che cosa vogliono esprimere gli autori della canzone, quel testo no fa giustizia alla realtà. Sí, è vero, l’addio, l’arrivederci e la lontananza possono anche essere struggenti, ma nell’anima non muore niente. Anzi, il ricordo è capace di sedimentare, rafforzare, consolidare, scolpire in modo indelebile negli affetti e nella memoria.

Trenta giorni fa se n’è andato Giuseppe Serra, il mio amico di tutta una vita: Beppe. Un amico di sempre, nonostante la differenza di età. Amico e compagno di avventure, di professione, di innumerevoli momenti piacevoli e pure di altri tutt’altro che allegri. Un riferimento, in ogni caso, lui e sua moglie Barbara. Quante notti di capodanno insieme a fare festa con altri amici, a fare onore alle delizie della gastronomia piemontese, a cantare a squarciagola, a ripercorrere decenni e a ridere o riflettere, ad essere d’accordo o a polemizzare.

Ci sono persone, quando si guarda indietro, che avresti preferito non aver conosciuto. Di Beppe debbo dire che sono felice di averlo conosciuto e frequentato per decenni.

Sarebbe lunghissimo ricordare ed enumerare. Oggi, trigesimo giorno dalla sua scomparsa, voglio ricordare l’amico Beppe, che il 18 dicembre scorso se n’è andato senza preavviso e non mi ha permesso di giungere in tempo per dargli l’addio e lasciargli una carezza sul volto. Sono arrivato tardi e in un periodo natalizio tutt’altro che allegro.

Grazie, però, a questo mondo informatizzato e alla cortesia del parroco, Don Alessandro Sacco, alla Messa del funerale c’ero anch’io, nonostante la distanza. E sono così riuscito a dare l’ultimo saluto a Beppe. Con queste parole alle quali non voglio aggiungere null’altro. Solo un «A presto, amico!».

«Cuando un amigo se va, algo se muere en el alma».
   Hace bastantes años comencé a regalar esta canción, "El Adiós" de los “Amigos de Gines”,  a un reducido y apreciado número de personas que, después de un periodo de actividad en este país, se iban definitivamente de España. Una señal de amistad y de disgusto por la pérdida, aunque no definitiva, de un contacto frecuente.
   Y sin embargo, aunque se entienda lo que quieren expresar los autores de la canción, ese texto no hace justicia a la realidad. Sí, es verdad, el adiós, el hasta pronto y la lejanía pueden ser muy dolorosos, pero en el alma nada muere. Todo lo contrario. El recuerdo es capaz de sedimentar, reforzar, consolidar, esculpir de manera indeleble en los afectos y en la memoria.
   Hace treinta días se fue Giuseppe Serra, mi amigo de toda una vida: Beppe. Un amigo de siempre, a pesar de la diferencia de edad. Amigo y compañero de aventuras, de profesión, de incontables momentos amenos o todo lo contrario que divertidos. Un una referencia, de cualquier manera, él y su esposa Barbara. ¡Cuántas nochebuenas juntos haciendo fiesta con otros amigos! Haciendo honor a las delicias de la gastronomía del Piemonte, a cantar hasta quedarnos roncos, a rememorar décadas y reírnos y reflexionar, estar de acuerdo o polemizar. 

   Hay personas que, cuando uno mira hacia atrás, preferirías no haber conocido. De Beppe tengo que decir que me alegro de haberlo conocido y frecuentado durante décadas.
   Sería muy largo recordar y enumerar. Hoy, trigésimo día desde su último viaje, quiero recordar al amigo Beppe, que el 18 de diciembre se fue sin preaviso y sin consentirme llegar a tiempo para decirle “Adiós” y dejarle una caricia. Llegué tarde y en un periodo navideño todo lo contrario que alegre.
   Y sin embargo, gracias a este mundo informatizado y a la amabilidad del párroco, Don Alessandro Sacco, en la Misa funeral yo también estuve, a pesar de la distancia. Y en medio de la Misa pude saludar por última vez a Beppe. Con estas palabras a las que no quiero añadir nada. Sólo un «Hasta pronto, amigo!».


Messa funebre di Giuseppe Serra - Chiesa del Sacro Volto   Ciao, Beppe.  Stavolta me l’hai fatta grossa. Giusto a pochi giorni dal nostro appuntamento ormai abituale da decenni, con te e Barbara.   Tra pochi giorni sarò in Italia e saranno il mio primo Natale e il mio primo Capodanno, dopo tanti anni, senza le tue battute, le tue frecciate, i nostri “amarcord” a volte allegri, altre malinconici, ma sempre con un sorriso finale perché il passato lo si è vissuto e non vale la pena rimpiangerlo con tristezza.  Io, però, il passato lo mantengo nella memoria ben chiaro. In queste ore ti rivedo lungo i decenni. Dai mille avvenimenti di cronaca che registravamo insieme per poi narrarli, alle passeggiate nei boschi alla ricerca di funghi, passando per le rimpatriate gastronomiche e le chiacchierate su tutto e di tutto. Anche con dibattiti vivaci, ma sempre all’insegna di un’amicizia consolidata a cavallo di due millenni.  So che ci rivedremo, Beppe, perché confido nella Misericordia. Tu ti sei solo anticipato, come sempre. Benedetta fretta!!!  Mi conosci. Ne voglio approfittare. E così ti chiedo di farmi strada, di farmi da guida, quando sarà il momento, tu che già ti sarai ambientato grazie alla Misericordia infinita di Dio.   Già, la Misericordia. Te ne sei andato proprio in quest’anno a lei dedicato, cogliendo al volo la “promozione” che ci viene dall’Alto. Una promozione senza limiti, o comunque con limiti che noi non possiamo né dobbiamo neppure ipotizzare. Solo confidare.  Ciao, Beppe. Faremo di tutto per stare vicini a Barbara. Tu, da lassù, dai un’occhiata a noi, vigila e raccomandaci.    Il tuo amico Josto.

martes, 11 de febrero de 2014

(204) Antes me canonizaron. Y sólo unos años después me morí
Prima mi canonizzarono. E solo alcuni anni dopo morii


Si Ud. ha pasado alguna vez por aquí, y ha tenido la amabilidad de darse una vuelta por los textos del blog, a lo mejor habrá caído en un relato. Me refiero a este:
Pues sí, el que narra como - sin pasar por un previo, largo, muy complejo y altamente improbable proceso de canonización -   un día de hace muchas décadas descubrí, y conmigo muchos miles de lectores, que, estando todavía en la Tierra o habiendo dejado este valle de lágrimas, fui proclamado santo. Con la pertinente aureola, la mirada mística perdida en los infinitos vericuetos de la trascendencia y - ¡menudo honor! - con mi hagiografía escrita y firmada nada menos que por un “colega”. Ese sí que fue Santo con la “S” mayúscula: San Giuseppe Cafasso, confesor y amigo de Don Bosco y gran misionero entre las miserias humanas de las cárceles de Torino, en las que destacó como defensor de los condenados a muerte. Corrían los años entre las dos mitades del siglo XIX.

¿Piensan Uds. que eso de la canonización virtual, el “empapelamiento santificador”, fue lo único que pasó. Ni hablar. Ocurrió, y queda en mi biografía, que a una anomalía se sumó otra, como si mi vida estuviese desandando el ritmo natural de los acontecimientos. Porque, como aquí y ahora le voy a relatar, no sólo fui santo, sino que me morí algunos años después de haber tomado posesión de mi parcela con adosado en la infinita urbanización de la Gloria.

Todavía recuerdo esa mañana en la que, saliendo de casa y habiendo recorrido no muchos metros, comencé a notar algo extraño. Quienes me conocían, y era bastante conocido, de cerca o de lejos, me miraban con caras de manifiesto estupor o disimulaban, observándome de reojo. ¿Saben Uds. lo que es esa sensación que los niños definen “¿Tengo monos en la cara?”? Pues ni más ni menos. Me sentí observado y portador de alguna anomalía que no conseguía identificar. Comprobado que llevaba los calcetines del mismo color, que llevaba todo abrochado como mandan los cánones y que no aparecían manchas o lamparones visibles en mi atuendo, crucé la calle hasta llegar a una esquina.

Allí fue donde se hizo la luz. Entre el quiosco de prensa y una pared. La alarma me la dio el quiosquero, que me conocía muy bien, y lo hizo con una mirada en un principio de ligero estupor, pero que inmediatamente después iba transformándose progresivamente en sonrisa hasta degenerar en carcajada. La que soltó apuntando su dedo índice contra la pared de enfrente.

Y allí, bien pegado a esa pared, destacaba algo que en esos tiempos era muy frecuente contemplar por las calles italianas y que sin embargo nadie podía ver nunca referido a sí mismo. Era esto:

(Clic en la imagen para ampliar)
Pues sí, era la esquela. Mejor dicho, una de las dos docenas de grandes esquelas que aparecieron en unas cuantas calles anunciando que yo me había ido a criar malvas. Pero lo dramático convivía con lo humorístico y hasta con un reproche. Porque si por un lado aparecía un triste “nos ha dejado”, a renglón seguido se censuraba el hecho de que yo me había pirado no muy educadamente. En el anuncio de mi muerte, entre paréntesis, aparecía una nada sutil reprimenda: “como era su estilo, sin preaviso”.

Fue el argumento del día, un día en el que – ya intuida la autoría de la broma (yo tampoco me privaba de perpetrar alguna que otra sonada...) – tuve que dar muchas explicaciones, contestar a preguntas, participar de la chanza y tranquilizar a alguna persona mayor o muy ingenua que seguía creyendo que algo serio me había pasado. Y todo con el efecto multiplicador del número de esquelas pegadas a las paredes.

Esto es todo. Sólo añadir que si por un lado recordé que los napolitanos afirman que contemplar la propia muerte alarga la vida, ya por esos años había leído a Mark Twain, el que dejó escrito que: "Las noticias sobre mi muerte han sido exageradas”. Hasta hoy, lo comparto.
 

sábado, 4 de mayo de 2013

(189) La mayor tragedia del fútbol. Un día como hoy murieron “Il Grande Torino” y la selección “Azzurra”
La maggior tragedia del calcio. Un giorno come oggi morirono il “Grande Torino” e la nazionale Azzurra.


Fue la mayor tragedia del fútbol, porque aniquiló al mismo tiempo a un equipo glorioso, el
“Grande Torino”
y a la selección nacional de un país: la “Azzurra” de Italia.

Ocurrió tal día como hoy, el 4 de mayo de 1949. A las 17:05, se estrelló un avión en la ladera de la colina de Superga, frente a la ciudad de Torino (Piemonte, Italia). En él volaba el equipo del Torino A.C., lo que significaba la casi totalidad de la “squadra azzurra” de aquel entonces. Jugadores, directivos y periodistas regresaban de Lisboa, donde el equipo piamontés se había encontrado con el Benfica.

En esa tragedia perdieron la vida 31 personas: 4 tripulantes y 27 pasajeros entre los cuales había 18 jugadores (Valerio Bacigalupo, Aldo Ballarin, Dino Ballarin, Emile Bongiorni, Eusebio Castigliano, Rubens Fadini, Guglielmo Gabetto, Ruggero Grava, Giuseppe Grezar, Ezio Loik, Virgilio Maroso, Danilo Martelli, Valentino Mazzola, Romeo Menti, Piero Operto, Franco Ossola, Mario Rigamonti, Giulio Schubert), tres entrenadores (Egri Erbstein, Leslie Levesley, Osvaldo Cortina), tres directivos (Arnaldo Agnisetta, Ippolito Civalleri, Andrea Bonaiuti) y tres periodistas (Renato Casalbore, Renato Tosatti, Luigi Cavallero). Los cuatro tripulantes eran Pierluigi Meroni, Celeste D’Inca, Cesare Biancardi y Antonio Pangrazi.

Ese día no pereció sólo el “Grande Torino”. Se fue la “Selezione Azzurra” porque de los 11 habituales en el equipo italiano, 10 eran jugadores del Torino.

El impacto que tuvo la tragedia en Italia fue muy fuerte. El Torino fue proclamado campeón del torneo y los rivales presentaron, cuando les correspondía enfrentarse al Torino, formaciones juveniles.  El día del funeral medio millón de personas fueron a la plaza principal de Torino para dar el último adiós a los campeones.

Una de las muchas veces que subí a Superga, como suelo hacer a menudo cuando estoy en mi Torino, quise hacer esta pieza, ya emitida en televisión, para recordar esa tragedia.

Disculpen algunas carencias, sobre todo en el audio, porque hoy, cuando quise conmemorar la efeméride, tenía a mano sólo una copia no definitiva de la versión que fue finalmente emitida.


* Tragedia de Superga
** Tragedia di Superga
*** Storia - Torino F.C. - La tragedia di Superga

viernes, 30 de diciembre de 2011

(126) Y ese día, sin duda sin haberlo merecido, me canonizaron... En vida y con publicidad
E quel giorno, senza dubbio non avendolo meritato, mi canonizzarono... In vita e con pubblicità

Corso Valdocco, en Torino (o Turín, si prefieren) cruza vía Garibaldi, la elegante calle-paseo que une las plazas Castello y Statuto, pocos metros antes de esta última, que conmemora el estatuto otorgado por el rey Carlo Alberto de Saboya. Estamos, por tanto, al abrigo de las cumbres más altas de los Alpes, en el corazón de la capital del Piamonte, la primera capital de Italia que este año 2011, como todo el país, ha celebrado los primeros 150 años de esa unidad de Italia que Torino quiso, promovió y acompañó en sus primeros pasos.
  Pero yo la vía Garibaldi y el corso Valdocco los recorro, los paseo y los observo con otros ojos. Son los del recuerdo, los de mi inquieta adolescencia que guardo en la memoria como si fuera ayer mismo. Eran los años en los que ya tenía más que claro que quería e iba a ser periodista. Por eso, haciendo novillos, en lejanos años del milenio que nos dejamos atrás, muy a menudo recalaba en la redacción de la Gazzetta del Popolo, el gran diario cuya redacción y principal sala de rotativas estaban en el palacio que ven a mis espaldas, en la foto, en el número 2 de corso Valdocco, manzana que llega a la esquina de vía Garibaldi.
  No voy a largar mucho sobre esos tiempos. Sólo decir que fue en esas páginas, cuando firmar costaba años de espera, que vi por primera vez (¿o fue la segunda?) mi nombre y apellido impresos en páginas formato sábana que olían a petróleo. Fue allí de donde salía corriendo para el Palacio de Justicia, la sede central de la Policía o de los Carabinieri, el ayuntamiento, para enterarme entre pasillos, conseguir la primicia, el soplo, ese aspecto singular e inédito que podía enriquecer una crónica. Batallas y batallitas de hace muchas décadas, algunas gordas y muy sabrosas. Pero no voy a aburrirles.
  Aquí quiero recordar otro aspecto. la singularidad de ese barrio del centro turinés. Sabrán Ustedes que el Piamonte, y no hablemos de Torino, es muy fecundo en santidad. Pues se da el caso de que en el mismo corso Valdocco, a menos de cien metros del periódico, hay una estatua de un santo muy amado: San Giuseppe Cafasso, una vida dedicada a las cárceles y a sus pobladores, consolando a muchos y rescatando para la sociedad a no pocos, todo eso mientras dedicaba parte de su misión a cuidar las familias de los detenidos.
  Se da también el caso de que a cien metros de esa estatua están los lugares fundacionales, y todavía son sus sedes centrales, de la inmensa obra de otros dos gigantes. Estos sí que les sonarán: san Giovanni Bosco y san Giuseppe Cottolengo. Dos piamonteses que, el primero volcado en la educación y el otro hacia los enfermos y desheredados, consagraron su vida a los demás y dejaron en los cinco continentes a miles de personas y cientos de lugares enteramente dedicados al prójimo.
  En estos últimos días de finales de 2011, he pasado muchas veces ante la estatua de san Cafasso y he aparcado en la plaza de María Auxiliadora, frente a la basílica, a la estatua y a la casa fundacional de Don Bosco. He entrado para una visita, como he entrado, unos cien metros más abajo, en la primera casa fundacional del Cottolengo, donde seres que la sociedad no quiso, y a menudo no quisieron sus propias familias, viven con la total dignidad debida a un ser humano. Aunque sus semblantes a veces de humano conserven muy poco, por muchos que esmeren con amor sacerdotes, monjas, voluntarias y voluntarios, la mayoría (¡qué dedicación!) jóvenes.
  Me ha gustado la inmersión en el recuerdo (no es la primera vez) y me ha gustado conectar en mis paseos por calles muy conocidas esos primeros y lejanos pinitos periodísticos con la misión humana y social de esos tres grandes hombres. Motivos de reflexión he tenido no pocos, sobre todo teniendo bien presente que también un periodismo honrado y honesto es algo que podría parecerse a una misión. Misión social, desde luego.
  Pero lo serio, lo solemne, no impide la sonrisa. la que afloró en estos días al recordar que hace unas cuantas décadas tuve una especial y directa relación con esos tres santos. Hasta el punto de que a mí también me... canonizaron... Pues sí, fui san Josto Maffeo. Tal cual y en letra de imprenta. Mejor dicho, en titulares.
  La imagen la tienen aquí debajo. La revista de economía y política “Piemonte”, una de las que contaban con mi colaboración, me encargó, para una serie sobre personajes de primera línea en la historia de esta región padre y madre de Italia, que escribiera las biografías de los tres santos citado: Don Bosco, san Giuseppe Cottolengo y san Giuseppe Cafasso. Publiqué las dos primeras y ocurrió que, a punto de salir el número con la tercera biografía, en la tipografía de la revista quisieron gastarme una broma (¿o fue un homenaje?). Pero se les fue la mano y un fallo de organización la armó gorda.
  El “Proto”, el director de la tipografía en el lenguaje periodístico italiano, se llamaba Luigi De Vecchi. Persona seria en el trabajo y, sin embargo, hombre ameno y cordial en los momentos de descanso. Y así, un día, antes de irnos a almorzar con algunos colegas, sin decirnos nada dio orden de que – sólo en un par de ejemplares – la revista apareciera con titular y firma intercambiados. Donde tenía que aparecer: “SAN GIUSEPPE CAFASSO, di Josto Maffeo”, apareció “SAN JOSTO MAFFEO, di Giuseppe Cafasso”.  Es decir, el santo de las cárceles firmaba mi propia biografía.
  ¿Dije que se les fue la mano? Más que eso. A alguien se le olvidó limitar la broma a pocos ejemplares. Y los que alcanzaron quioscos, correos, abonados, etc., fueron muchos. Los suficientes para que en Torino, y en más lugares, mi “santidad” fuera “vox populi”.
  A ver si en lo que me queda consigo por lo menos acercarme a la calificación de “buena gente”. Que ya sería mucho.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

(24) "Penne alla panna", Shoah y la "Lettera 22"
Penne alla panna, Shoah e la "Lettera 22"

Se preguntarán Ustedes qué diantres tienen que ver la Shoah, una Olivetti “Lettera 22”, una “trattoria” piamontesa y el periodismo deportivo. Pues más de lo que se puede suponer.
  Vamos por partes. Uno de los “deportes” que suelo practicar cuando tengo ratos libres es revisitar o descubrir lugares donde se saborea esa gastronomía sin pretensiones, la que solemos definir casera, en restaurantes populares frecuentados por gente “normal”.
  En eso estaba, ayer, entre Turín y su aeropuerto, en la localidad de Settimo Torinese, dando cuenta de unas “penne alla panna” con setas, seguidas por unos deliciosos “saltimbocca” y el todo regado por un caldo de la tierra. Desde los ventanales, a un  lado la larga cornisa de los cercanos Alpes cubiertos de nieve fresca; al otro lado un edificio industrial color ocre, construcción de los Años Cincuenta o Sesenta del siglo pasado.
  Olvidaba decir que la trattoria es una cueva de acérrimos hinchas del Torino, el equipo histórico de la ciudad, el mismo que en 1949, siendo su plantilla la casi totalidad de la selección “azzurra”, falleció en el conocido y trágico accidente de aviación, en la cercana colina de Superga. Y de fútbol, sin ser yo particularmente adicto, me estaba hablando el dueño del local, Gigi, un personaje simpático, dicharachero y con gran experiencia de restaurador en su intenso pasado.
  Recordaba yo el Mundial de 1982, el gol de Paolo Rossi, el Pertini presidente de la República cuyos movimientos político-deportivos tuve que cubrir en ese campeonato culminado en Madrid con la victoria de Italia contra Alemania.
  Y en eso Gigi me nombra a un viejo colega, a un piamontés ”histórico” del periodismo deportivo. Recordaba yo las cenas, los chistes, las bromas, su agudo y punzante humor al mismo tiempo que sus editoriales y crónicas, artículos que a menudo a mi lado, Giampaolo Ormezzano - este es el famoso colega - escribía con su inseparable Olivetti “Lettera 22”. Ocurrió en el Mundial 1982, en las Olimpiadas 1992, en muchas otras citas internacionales y de Ormezzano siempre sorprendía esa capacidad de abstraerse, entre setenta mil hinchas ruidosos, para escribir, mirando al campo y tecleando como una ametralladora, esas piezas periodísticas que marcaron toda una época.
  Hablábamos de eso, Gigi, mi cuñado, un colega y yo, en la trattoria de Settimo Torinese. Pero yo no quitaba ojo de la fábrica de enfrente. Esa que dirigió el químico y escritor Primo Levi, el gran autor de “La tregua” y “Se questo è un uomo”, el ex preso de los campos de concentración nazi, el hombre que produjo grandes piezas literarias y que, años después, fue truncado por su horrible y devastadora experiencia.
  Al salir, unos cientos de metros más allá, una glorieta y en el centro un gran poste de la alta tensión. Y encima, en sentido vertical, unas cifras: “174517”, la matrícula con la que los nazis habían marcado en el brazo, a la espera de los hornos crematorios, al preso Primo Levi.
  Pues me gustaron le “penne alla panna con funghi”, no estaba mal el vino, fue emotivo cruzarme con el recuerdo de Primo Levi y de Giampaolo Ormezzano. Pero si quiero ser honrado, casi estuve a punto de verter una lágrima. Por la vieja querida Olivetti “Lettera 22”, cómplice y culpable de muchas de las cosas que hemos vivido y narrado en esta maravillosa y maldita profesión que es el periodismo.

Vi domanderete che diamine abbiano a che fare la Shoah, una Olivetti “Lettera 22”, una trattoria piemontese e il giornalismo sportivo. Ebbene, molto di più di quanto si possa pensare.
  Vediamo. Uno degli “sport” che pratico quando ho momenti liberi è quello di rivisitare o scoprire luoghi dove si assapora quella gastronomia senza pretese che definiamo “casereccia”, in ristoranti popolari frequentati da gente “normale”. Mi dedicavo a questo ”sport”, ieri mattina, tra Torino e il suo aeroporto, nella località di Settimo Torinese, alle prese con penne alla panna con funghi seguite da deliziosi saltimbocca annaffiati da un buon vino della regione. Attraverso le finestre, a un lato ammiravo la lunga cornice delle vicine Alpi ammantate da neve fresca; sul lato opposto si scorgeva un edificio industriale giallastro, una costruzione degli Anni Cinquanta o Sessanta del secolo scorso.
  Dimenticavo. La trattoria è un covo di ferventi tifosi del Torino, la storica squadra della città, la stessa che nel 1949, quando costituiva la quasi totalità della selezione azzurra, scomparve nel noto e tragico incidente aereo della vicina collina di Superga. E del calcio, senza esserne io tifoso, mi stava parlando il titolare del locale, Gigi, un personaggio simpatico, chiacchierone e dalla grande esperienza di ristoratore sulle spalle.
  Io ricordavo i Mondiali del 1982, il gol di Paolo Rossi, il Pertini presidente della Repubblica i cui movimenti politico-sportivi dovetti seguire per narrare quel campionato che culminò a Madrid nella vittoria dell’Italia sulla Germania.
  Fu allora che Gigi citò un vecchio collega, un piemontese “storico” del giornalismo sportivo. Ed io ricordai le cene, le barzellette, gli scherzi, l’acuto e pungente umore e allo stesso tempo gli editoriali e le cronache che Giampaolo Ormezzano - questo il nome del noto collega - scriveva spesso al mio fianco sulla sua inseparabile Olivetti “Lettera 22”. Accadde nel Mondiale 1982, nelle Olimpiadi 1992, in molti altri appuntamenti internazionali e di Ormezzano sempre mi sorprendeva la sua capacità di astrarsi, tra il fragore di settantamila tifosi, per scrivere, guardando al campo e battendo sui tasti come una mitragliatrice, quei pezzi giornalistici che segnarono un’epoca.
  Parlavamo di questo, Gigi, mio cognato, un collega ed io, nella trattoria di Settimo Torinese. Ma non perdevo di vista la fabbrica antistante. Quella che diresse il chimico e scrittore Primo Levi, il grande autore di “La tregua” e “Se questo è un uomo”, l’ex prigioniero dei campi di concentramento nazisti, l’uomo che produsse grandi pezzi di letteratura e che, anni dopo, fu stroncato dalla sua orribile e devastante esperienza.
  All’uscita dalla trattoria, cento metri più in là, una rotonda con al centro un grande traliccio dell’alta tensione. Al centro, in senso verticale, un numero: “174517”, matricola con cui i nazisti avevano marchiato il braccio, nell’anticamera dei forni crematori, al prigioniero Primo Levi.
  Mi piacquero le penne alla panna con funghi, il vino no era male, fu emotivo incrociare Primo Levi e Giampaolo Ormezzano. Ma se devo essere sincero, mi mancò poco alla lacrima. Una lacrima per la vecchia cara Olivetti “Lettera 22”, complice e colpevole di molte delle cose che abbiamo vissuto e narrato in questa meravigliosa e maledetta professione che è il giornalismo.