Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla o sintonía radio italiana o española. Y lo mismo ocurre en medios escritos. Tengo la inmensa suerte de no depender de nadie, de no deber nada a nadie y de poder opinar libremente cuando y donde solo yo lo considere oportuno.
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI
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viernes, 24 de junio de 2011

(94) De mentar a la madre de nosotros los periodistas, de eso ni hablar…
Di menzionare la madre di noi giornalisti, di questo neppure a parlarne…

Los periódicos, algunos con cierto mal disimulado regocijo, titulan hoy que La justicia de Holanda falla que denigrar al islam es legal”. Se refiere a la absolución de un conocido líder populista y xenófobo que no se limitó a opinar o a criticar algún punto de una doctrina y sus preceptos. Fue más allá: denigró, es decir descalificó su totalidad a una fe y a los cientos de millones de pobladores de esta tierra que la profesan.
  Casi siempre evito cuatro temas en España. Uno es este, el de las creencias, las fes religiosas. Más posible, más sosegado y civilizado allende los Pirineos, mis muchas experiencias aquí me han enseñado que la visceralidad, el peso de la Historia y de la histeria, las barricadas de tirios y troyanos, todo eso que conocemos no lo hace fácil. Falta la escala cromática de los grises, casi siempre sólo hay blanco y negro. Y se insulta o se hace mofa de lo uno o de lo otro.
  Para los creyentes, de varias religiones muy asentadas en la Historia y en los pueblos, su fe suele estar por encima de su  propio padre y de su propia madre. Muchos, a lo largo de la Historia de la Humanidad, para dar testimonio o defender sus creencias en lo trascendente no han dudado en entregar su propia vida o han soportado torturas y vejaciones.
  Yo ante eso me quito todos los sombreros y hasta me corto el no mucho pelo que anda por mi cabeza.
  No sé si hace falta aclararlo, pero no soy musulmán. Sí frecuento desde hace décadas lugares hospitalarios e inhóspitos en los que el Islam es religión y cultura. Me honro con la amistad más que demostrada por cientos de amigos que, con mayor o menor profundidad, profesan el Islam (lo escribo con mayúscula, por respeto). Conozco también la generalización y la fácil asimilación que se hace entre Islam y fenómenos o movimientos que con esa fe originaria poco o nada tienen que ver. Estoy al tanto del desviacionismo y de las interpretaciones fanáticas y sesgadas, así como de la serena aplicación de preceptos perfectamente aceptables en otras culturas.
  Desde esa realidad, mi respeto va hacia todas las religiones, no hablemos de las grandes monoteístas que – pese a quien pese en esa batalla perdida de reescribir la Historia – con sus luces, y también con las sombras de su aplicación en las sociedades, han forjado e impregnado la Historia. También, y mucho, pese a quien pese, la historia y la vida, de cada uno de nosotros.
  Pero yo quiero quedarme en el ámbito de mi profesión, que es el periodismo. Extraña profesión, desde luego, esta que se envuelve en túnicas de respeto, tolerancia (habría que ver su acepciones…), libertad, convivencia y muchos otros valores altisonantes. En aras de una supuesta y casi absoluta libertad de pensamiento y de expresión, desde cierto periodismo que reescribe todo e indica lo que hay que anular, lo que nunca existió y lo que el rebaño tiene y tendrá que hacer, se apoya cualquier movida a favor del "leña al mono de todo lo que huele a carca”. Y en ese saco se meten el teléfono de manivela, la radio de galena,  ciertos remedios caseros, el velocípedo y... las creencias religiosas. Salvo, cuando conviene, sí hacer uso instrumental de unas religiones para argumentar en contra de otras.
  El respeto por los creyentes – sean musulmanes, judíos y mucho menos cristianos – brilla a menudo por su ausencia. Pero no se trata de crítica legítima, de opiniones. Se va mucho más allá, casi con la fe acalorada del converso fanático, y se proclama el derecho a mentar la madre de cualquiera sin que ese cualquiera se pueda inmutar o dé muestras de pedir respeto.
  Decía poco antes que para muchos, muchísimos creyentes, su fe suele estar por encima de su propio padre y de su propia madre Y sin embargo eso se puede atacar, pisotear; de esa madre ajena se puede hacer mofa – en periódicos, radio, televisión – con grueso calibre de palabras y una ausencia total de respeto, base de la convivencia. Se puede hacer con la madre de cualquiera, menos con la del periodista, se entiende. Esa, ni pensarla ni mentarla. Porque es sagrada, como debe ser una madre. Una madre en el sentido de lo más cercano y familiar, como la mujer que nos ha engendrado, y en el ámbito de la trascendencia, que es la otra madre, legítima y respetable (que hay que respetar) opción de fe de cada uno.


In attesa di traduzione. Grazie per la pazienza.