Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla o sintonía radio italiana o española. Y lo mismo ocurre en medios escritos. Tengo la inmensa suerte de no depender de nadie, de no deber nada a nadie y de poder opinar libremente cuando y donde solo yo lo considere oportuno.
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI
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lunes, 8 de octubre de 2012

(159) A ver si se enteran, esos retrasados carcas ahí fuera…
Vediamo se imparano, quei retrogradi là fuori…







Lo bueno de tener los pies entre varios países es que al final te sientes poco o nada parte de según cual contienda. Observas y almacenas. Luego pasas todo por la turmix y sacas tus consideraciones, pero siempre desde una prudencial distancia que pone a salvo de salpicaduras.
  De estos largos años dedicados a observar, intentar comprender y tener que relatar y explicar los aconteceres de varios países, con mucha dedicación a la Península Ibérica, quiero traer a colación unos recuerdos. Recuerdos de ciertos periodistas del tardofranquismo, la mayoría bastante conocidos y cada uno con sus propias tendencias, ideas e ideologías.
  Algunos solían escribir de jefes de estado y de gobierno o de más líderes extranjeros para, entre líneas, enviar mensajes internos que de manera directa en España no hubiesen pasado la censura.
  Otras plumas, articulistas y editorialistas - los más - se veían a sí mismos tan conocidos, tan escuchados y leídos, que de verdad creían poder hasta condicionar la política y los resultados electorales de otros países.
  De estos últimos yo sigo viendo hoy mismo a los legítimos herederos. Los veo en los medios y en las firmas, unos y otros convencidos – con unas cuantas líneas y unos titulares que ni siquiera llegan a las reseñas de prensa del resto del mundo – de poder influir en ideas, estrategias, decisiones y resultados.
  Algo de esto impregna ciertos - numéricamente no despreciables - sectores de la sociedad. Se les lee en foros y redes sociales de Internet todos los días: pontificando, censurando, dando instrucciones, pero siempre vagas soluciones, para los supuestos o reales problemas del resto del mundo. Sobre todo en cuestiones que tienen que ver con la economía, la supuesta modernización o la pretendida necesidad de que otros países, otros ciudadanos en sus casas, cambien hasta radicalmente su propia manera de ser y de vivir.
  Es algo muy singular este fenómeno del último en haber llegado al bienestar (a pesar de la contingencia de la crisis económica general) y a la democracia que da lecciones al resto de Europa y del mundo. Ese bien conocido y atávico “¡Te lo digo yo…, so carca!”.
  Llevo una larga treintena de años asistiendo, aún estupefacto, a este fenómeno que nunca he conseguido transmitir y explicar razonablemente a mis lectores, allende los Pirineos. Me declaro incapaz, aunque indicios para encontrar el origen, los orígenes, tengo unos cuantos. Pero me los guardo o me arriesgo a que quieran darme lecciones de no sé qué.

Post scriptum – A raíz de algo que concierne la estricta actualidad, pero también como norma general: no estaría mal, antes de opinar con vehemencia casi talibana, estudiar algo de relaciones internacionales, usos, protocolo general y específico en lo bilateral entre Estados y otras peculiaridades históricas y del derecho internacional.


"Si los españoles habláramos
sólo y exclusivamente
de lo que sabemos,
se produciría un gran
silencio que
nos permitiría pensar"
 (Manuel Azaña)
 


lunes, 12 de septiembre de 2011

(105) Ni piaras ni rebaños. Seres pensantes y opinantes. Por muy “políticamente incorrecto” que a veces parezca
Né porcili né greggi. Esseri pensanti e con opinioni. Anche se può apparire "politicamente incorretto"

Amigos y amigas…. Uyyy… No. Pues retomemos.
Amigas y amigos, lectoras y lectores, internautas e internautos: 
No quería volver sobre el tema, sobre un argumento que para mis gustos ya está aburriendo muchos más moluscos (¿y moluscas?) que las consabidas ostras (¿y ostros?). Pero en este mundo en el que vivimos ya nos hemos quedado con demasiados rituales de conformismo, con ese “políticamente correcto” que se ha transformado en un auténtico bozal que nuestra sociedad – gran parte de ella – lleva supinamente y, con más frecuencia de la deseable, aparentemente con gusto. O por lo menos, sin hacerse demasiadas preguntas, ni mucho menos rebelarse.
Con todas las críticas que se les puedan hacer, vengo de un país en el cual tuve el buen gusto y la suerte de nacer. En una república recién surgida de una lucha contra un dictador que no se murió en la cama mientras, por sucesivas décadas, la oposición con sus variopintas etiquetas, conspiraba y luchaba… en París y alrededores. Yo vengo de un lugar en el que la libertad la conquistaron mujeres y hombres – comunistas y católicos, liberales y socialistas, “sinetiquetas” y gente común – que lucharon años - ¡codo con codo, a pesar de sus diferencias ideológicas!- para restituir al país sus libertades y sus normas democráticas de convivencia.
  Por eso, y por muchos más motivos, no tengo complejos ni tampoco esqueletos en el armario con los que arreglar cuentas o convivir bajo un permanente estado de amedrentamiento o con complejos de distinta naturaleza. Ni tengo que ser antinorteamericano, porque esos “chicos” – cuyas cruces blancas, miles, siguen conmoviéndome cuando visito Normandía y algunos lugares de Italia – a mí y a muchos nos dieron la libertad.
Ni tampoco tengo que demostrar mi respeto hacia la mujer. Tengo mi biografía y me acompaña una historia que, sin haber llegado a su estado ideal, tampoco se ha quedado muy atrás en la evolución del pensamiento, de las costumbres y de las reglas con relación a los países de su entorno.
¿Adónde quiero llegar?  Sencillamente a reafirmar mi libertad de pensar, hasta en voz alta, sin tener que pagar precios a la autocensura impuesta por las modas corrientes y por unas corrientes de pensamiento castradoras de la libertad individual. Y todo – sostienen muchos – porque tenemos que saldar cuentas con errores y discriminaciones del pasado.
Pues no. No me van a imponer historias e histerias de “género” (siempre he creído que el término se refiere a la variedad de mercancías de un colmado o a la atribución gramatical) ni me van a impedir que opine: sobre hombres y – ¡faltaría más! – tampoco sobre mujeres. Si creo haber encontrado a un hombre curioso, singular, excepcional, fuera de lo común o idiota, pues lo digo. Y si ha ocurrido con una mujer, no veo por qué en ese caso algún fantasma o sentimiento de culpabilidad histórica me tiene que obligar a la autocensura.
Esta misma mañana, sin que haya llegado la sangre al río, he visto en Twitter que existen reflejos condicionados sobre este último asunto. Reflejos muy rápidos y muy muy condicionados. Por la política, por muchos “ismos” y por un amplio abanico de medios de comunicación, que siguen teniendo una notable influencia sobre masas que a menudo tragan ruedas de molino sin pestañear ni plantear la más mínima objeción.
«Pero que alguien me diga de qué color soy… Yo sé que soy negro», decía mi viejo amigo Christian, médico africano de mi juventud, cuando en Italia se comenzó a difundir la consigna “de color” porque decir “negro” se consideró políticamente incorrecto. Luego vino Giuseppe, un barrendero que de golpe se encontró que de “spazzino” había pasado a la categoría de “operador ecológico”. Y no digamos lo de los minusválidos, que en italiano llevan décadas siendo “diferentemente hábiles”, eufemismo que en realidad no cambia absolutamente nada. Sólo llena el cajón de la hipocresía. Justo como cuando a un amigo que se define a sí mismo como “ciego” le obligan a autodenominarse “invidente”. Imagínense Uds – aquí bromeo por no llorar – si a un consagrado imbécil se le llamara “diferentemente inteligente”…
Pues no. A esto no quiero seguir jugando. Esta suerte de dictablanda muy “progre”, que hemos aceptado como masas obedientes y uniformadas, y no como individuos pensantes, ya es una verdadera esclavitud. La misma que ridiculizaba y hacía insufribles los discursos de cierto político de aquí. Alguien que Uds. recordarán y que con sus obsesivos y soporíferos «ciudadanos y ciudadanas, amigos y amigas, vascos y vascas», indujo en muchos a optar por la estratagema de poner arrobas: "Ciudadan@s, amig@s, vasc@s...". Y en eso estamos y no veo mermar la tendencia.
Volviendo al principio y al motivo de este desahogo, puedo prometer y prometo que si veo, creo y opino algo sobre una mujer, lo diré sin complejos. Lo mismo que una mujer hará conmigo y yo podré hacer referido a un hombre.
¿No queríamos paridad de derechos? Pues dos tazas. Y yo, dispuesto a tomarme ambas.