En los últimos días me he detenido en reflexiones sobre ética, moral, conciencia y alrededores. Sobre comportamientos humanos, porque al fin y al cabo de esos se trata cuando nos referimos a los valores y a su traducción en actos o a su acompañamiento de las actuaciones. Me refiero por lo menos a algunos valores que concentran no digo unanimidad, pero sí algo de consenso generalizado, aunque cada uno los vista con sus matices, concesiones, barreras o también alguna que otra interesada y cómoda ambigüedad o vía de escape.
Reflexionaba – decía – sobre miserias y bajezas, fruto de una observación directa de comportamientos individuales bien empapados de lodo y estiércol que, siendo preocupantes y con sus peculiares mezquindades, tienen sin embargo su gravedad social algo contenida. No en profundidad, desde luego, pero sí en amplitud. Hacen daño, a menudo un muy grave daño, pero su ámbito de acción y destrucción suele limitarse al protagonista, a su propio entorno y a algún desafortunado incauto que pasaba por allí.Hoy, como guiri observador, como alguien que lleva unas cuatro décadas en la ventana que da hacia el patio de los aconteceres españoles, y que de esos aconteceres ha sido testigo privilegiado, narrador y analizador, cuando no “cómplice”, tengo que rescatar ese tan manoseado “Me duele España”.
Lo digo con pesar y cariño. Muchos saben que no suelo ahorrar críticas, que no me corto la lengua ni cuando opino sobre este país que me hospeda como tampoco sobre el que me vio nacer. De cada uno creo poder indicar defectos, vicios y distorsiones, así como excelencias, prominencias y valores. Por eso, y por esa familiaridad que tengo con este mi entorno, repito: hoy me duele y mucho España. Mucho más que en muchos otros momentos en los que he pensado, y he dejado escrito o comentado, según el medio, que por ahí íbamos mal. O peor.
Vuelvo al principio. Hablaba de ética, de moral, de conciencia. Estamos asistiendo a un estrago de estos y de otros valores, y esta vez con sus restos prostituidos, hechos añicos y esparcidos sobre el conjunto de la sociedad, lo que hace todo humana, social e históricamente imperdonable. Y todo a causa de una serie de factores que, llevando a las turbas hacia una orgía incontenible y siempre más concurrida, arrancan de una irrefrenable ambición, de estrategias cruzadas de dilución y distracción de precisas responsabilidades, cuando no se trata de auténticas fechorías, y de la consiguiente cobarde incapacidad de asumir responsabilidades concretas. O de apartarse en la penumbra y en el silencio, dejando paso al sosiego y a ese sano ejercicio de responsabilidad que es remangarse por el bien de todos.En resumidas cuentas, contemplamos y padecemos una alocada, irresponsable y moralmente criminal huida desde ningún sitio a ninguna parte, cuyo peaje, acabe como acabe el viaje, lo pagarán varias generaciones. No se trata de ser agoreros, basta con no ser miope a tal punto de confundir el gazapo que salta del sombrero de copa de un mago con el irresponsable malhechor que violenta la cerradura de la vasija de Pandora.
No creo que sea este el momento más sereno para justificar o encontrar atenuantes apelando a quimeras y ensoñaciones, a una Historia manipulada por muchos y a supuestos derechos mitificados que procederían de singularidades, superioridades, atipicidades y otros sentimientos insuflados por demasiados flautistas de Hamelín recalentadores de masas.
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| Diosa Némesis, II-III s. a.C. Ruinas de Aquincum, Budapest |
Y no escapan a sus responsabilidades los tibios, los permisivos, los posibilistas, los oportunistas, los irreflexivos con sus entusiasmos del "laissez-faire", los que hacen del “todo vale” su bandera, los que se llenan la boca con la palabra “pueblo” y olvidan que un pueblo son individualidades que viven juntas, seres humanos. Y de ciertos medios de comunicación que hemos visto dar vueltas copernicanas, casi mejor no hablar. Pues la Historia no se olvidará, en su némesis, tampoco de estos muchos y multicolores (ir)responsables.
Yo ya no seré testigo de muchas de esas consecuencias que ya son inevitables, aunque – ¡ojalá! – todavía algo contenibles. Quieren que les diga la verdad? Egoístamente, no lo siento, aunque como periodista subyace la curiosidad.
Lo que sí les garantizo – y tener esta aflicción no es una patología de derechas, centro o izquierdas, ni de arriba o de abajo, porque sólo se trata del resultado de la observación de los aconteceres – es que aquí y ahora me duele España. Mucho Mas que en cualquier otro momento..
Sinceramente.
Fdo: Su guiri perplejo y seriamente preocupado





