Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla o sintonía radio italiana o española. Y lo mismo ocurre en medios escritos. Tengo la inmensa suerte de no depender de nadie, de no deber nada a nadie y de poder opinar libremente cuando y donde solo yo lo considere oportuno.
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI
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domingo, 4 de marzo de 2012

(136) ¡Hala! Disparen. Me quedo en la orilla de este revuelto río, contemplando…
Andiamo, sparate. Resto sulla riva di questo turbolento fiume, contemplando...


Justo en el día en que se publica uno de los escasos editoriales que, por su inusual sensatez y equilibrio, suscribiría, me tomo un periodo de observación y silencio.

  Amenazo con volver y con mis opiniones. ¡Faltaría más!

  Pero ahora casi es más divertido ahorrarme mis posibles insensateces (aunque con estas líneas ya estoy opinando) y contemplar la mar de insensateces cainitas ajenas.

  Se percibe un regusto por la sangre...

  Lo siento, pero estoy transitando de un poco saludable masoquismo a un cruel sadismo.

   Hasta pronto.



Giusto nel giorno in cui si pubblica uno degli editoriali che, per sensatezza ed equilibrio, sottoscriverei, mi concedo un periodo di osservazione e silenzio.

  Minaccio il ritorno, con le mie opinioni.
 
  Ci mancherebbe altro!
 
  Ora, però, è forse più divertente risparmiarmi le mie possibili insensatezze (anche se con queste righe già sto opinando) e contemplare il mare di altrui insensatezze cainite.

  Si percepisce un certo gusto per il sangue…

  Mi spiace, ma sto transitando da un poco salubre masochismo a un crudele sadismo.
 
  A presto.

sábado, 17 de septiembre de 2011

(106) Fantasmas y fantasmadas, tirios y troyanos, los “míos” y “ellos”. Va de proclamas y soflamas, de chips atascados en la histEria. Soporífero, oigan
Fantasmi e “fantasmate”, tiri e troiani, i “miei” e “gli altri”. Si parla di proclami e grida, di chip inceppati dall’isterismo. Soporifero

En realidad, no sé si merece la pena pelearse con molinos de viento. Al final te das cuenta de que chocas con gigantes… de barro. Pero abultan, cubren el horizonte y no dejan ver lo que nos rodea: la realidad, más tozudas que las modas imperantes y las ideas (me corrijo: las ideologías) bien aposentadas.
   Esto viene a cuento del hartazgo – no es un día, ya son años de contemplación sin llegar a comprender… – que produce una sociedad partida por trincheras. Siempre las mismas: los progres y los carcas, los rojos y los azules, los “míos” y “ellos”. No se trata sólo de antagonismo, de legítima dialéctica entre posturas divergentes. Se asiste, con demasiada y amplia frecuencia, a la ostentación, como arma arrojadiza para que no merme la tensión, del enfrentamiento sin análisis, sin entrar en el detalle de propuestas y contrapropuestas. Los míos son buenos y los tuyos malos malísimos. Y que no se hable o profundice más, porque podría darme cuenta de que tendría que corregir o matizar. Hay auténtico pánico a utilizar argumentos. La frasecita ocurrente o el eslogan siguen siendo las balas más apreciadas.
   Por no hablar del hastío, del aburrimiento soberano, del soporífero nerviosismo inducido por quienes, en la Red y en todas su expresiones (foros, comentarios en periódicos, Twitter, Facebook, etc.) se pasan el día clamando en el desierto con sus monocordes proclamas. Siempre en el mismo sentido, siempre arrojando algo al lado opuesto. Censurando al ladronzuelo de enfrente y sin decir ni pío del asesino que se tiene en casa. Es un ejemplo exasperado, claro, por no irme a la tanto vituperada religión (otra moda que en España arrasa…) y rescatar la parábola de la paja en el ojo propio y la viga en el ajeno… (¿O era al revés?)
   Vaya. En tres décadas y media no he visto bajar esas trincheras ni de un milímetro. Ni, por lo visto, lo veré algún día. El mundo va a así. Los hay que pelean con los países vecinos, otros que se dan bofetadas y cruzan algún tiro con los de la casa de enfrente. Y muchos, muchísimos otros, que siguen empeñados en una lucha estéril con sus propios invisibles fantasmas. Eso sí, sin sacarlos del armario de casa.
   Lo irónico, la guinda de la actualidad (¡Vaya… lo que ocurre en los recovecos de lo subliminal de la psique humana!) es que a alguien se le ocurrió sosegar el clima con una fecha inocente: el próximo 20 de noviembre.
  Lo dicho: va de fantasmas y de mucha fantasmada.
  Y yo observando y que, a lo sumo, todo esto me resbale. Aun aburriéndome soberanamente.

* "Me duele España", decía Miguel de Unamuno. Y no se trataba de odio. Todo lo contrario. 

sábado, 11 de diciembre de 2010

(17) No, no se trata de patriotismo
No, non si tratta di patriottismo

Uno de estos periodistas que cuando escriben lo hacen siempre en el mismo sentido, alguien que consulta siempre a los mismos “expertos” y que entre líneas destila constantemente un solemne desprecio por el terreno que pisa y por su entorno, ayer por enésima vez escribía de «esta Italia en descomposición».
No me refiero a la crítica política, legítima hasta cuando es sectaria; más bien a una ya demostrada y comprobada animadversión desde una postura altiva y con un muy reconocible tono de perdonavidas cabreado.
Lejos de un patriotismo barato que nunca he frecuentado (menos mal que tengo décadas de actividad y cientos de testigos, además de las hemerotecas y fonotecas), quisiera sugerir al colega que no siga intentando analizar, comprender y narrar una sociedad llevándose los parámetros desde otras latitudes (o mejor dicho, longitudes), historias y vivencias.
Así, sólo con esos instrumentos, nunca entenderá hasta el fondo a los italianos. Ni tampoco a otros pueblos.
Pueblos que no son sólo su clase política, ni su “teatrino”, menos aún la farragosa burocracia o los desesperantes retrasos y las locales diferencias socioeconómicas.
Los italianos son miembros de una sociedad viva, mujeres y hombres que han dado amplio y continuo testimonio de su historia - aquí también - y que han sido protagonistas de innumerables sorpresas, algunas llamadas “milagros”, casi siempre cuando menos se las esperaba.
Pues en compañía de esa sociedad, y de la suya que es también la mía, emplazo al compañero para el día del trágico final, de esa pronosticada caída hacia el abismo.
En la mora del tiempo, que suele ser inexorable, quedaremos a la espera de eventos,
A ver quien llega primero, hasta el fondo.

Uno di questi giornalisti che quando scrivono lo fanno sempre nella stessa direzione, che consultano sempre gli stessi “esperti” e che tra le righe distillano costantemente un solenne disprezzo per il terreno che calpestano e per chi gli gira attorno, ieri, per l’ennesima volta, scriveva di «questa Italia in decomposizione».
No mi riferisco alla critica politica, legittima persino quando è settaria; mi riferisco a una già dimostrata, corroborata avversione da posizioni di certa sufficienza e con un riconoscibile tono da fanfarone incavolato.
Lungi da me un patriottismo di maniera che mai ho frequentato (meno male che ho alle spalle decenni di attività e centinaia di testimoni, oltre alle emeroteche e fonoteche), vorrei suggerire al collega che non prosegua per la stessa strada tentando di analizzare, comprendere e narrare una società con i parametri che provengono da altre latitudini (o meglio, longitudini), storie e vicissitudini.
Così, solo con quegli strumenti, mai e poi mai comprenderà fino in fondo gli italiani. E neppure altri popoli.
Popoli che no sono solo le rispettive classi politiche, neppure il loro “teatrino”, meno ancora la farraginosa burocrazia, gli esasperanti ritardi o le locali differenze socioculturali.
Gli italiani sono membri di una società pulsante, donne e uomini che hanno dato ampia e continua testimonianza della propria storia - anche qui - e sono stati protagonisti di innumerevoli sorprese, alcune definite “miracoli”, quasi sempre quando meno le si aspettava.
In compagnia di quella società, e della sua che è pure la mia, do al collega appuntamento per il giorno della tragica fine, di quella vaticinata caduta verso l’abisso.
Nelle more del tempo, che è sempre inesorabile, restiamo in attesa di eventi.
Vedremo chi arriverà per primo, fino in fondo.

sábado, 4 de diciembre de 2010

(10) La prensa detrás de las barricadas
La stampa dietro le barricate

«Aquí cualquiera grita o hace cualquier barbaridad, se le da cancha y en los medios de comunicación se amplifica todo lo que ese sujeto hace y deshace».
Me lo decía, ayer, tomando un café, un alto cargo del Estado, alguien que se ubica entre la primera media docena de los representantes del país. Comentábamos algunas polémicas del día anterior, los espectáculos que montan algunos condenando visceralmente algo y omitiendo sistemáticamente la condena de algo parecido y que, sin embargo, ha ocurrido en un sentido ideológicamente opuesto.
No podía no estar de acuerdo. Los dos conocemos muy bien la fatal atracción que cautiva los medios cuando les ofrecen esos cócteles cuyos ingredientes son el sectarismo y el odio visceral, aderezados por unas cuantas gotas de estupidez y todo envuelto en una presentación chillona y espectacular.
Y luego, periodistas y políticos, todos cándidamente inocentes, prestos a despotricar porque la cultura democrática no penetra en lo más intimo de la sociedad.

«Qui chiunque urla o fa qualsiasi cretinata, gli si consente e nei mezzi d’informazione si amplifica tutto ciò che il soggetto in questione fa e disfà».
Me lo diceva, ieri, mentre prendevamo un caffè, un alta carica dello Stato, qualcuno che si colloca tra la prima mezza dozzina di rappresentanti del paese.
Commentavamo alcuni turbolenti avvenimenti del giorno precedente, gli spettacoli che inscenano alcuni quando condannano visceralmente qualcosa e poi omettono sistematicamente la condanna di qualcosa di simile, ma che è accaduto in senso ideologicamente opposto.
Non potevo non essere d’accordo. Noi due conosciamo molto bene la fatale attrazione che ammalia i media quando vengono loro offerti quei cocktail i cui ingredienti sono il settarismo e l’odio viscerale, conditi da abbondanti gocce di stupidità e il tutto è offerto con una presentazione kitsch e spettacolare.
E alla fine, giornalisti e politici, tutti candidamente innocenti, pronti a blaterare perché la cultura democratica non penetra nel più intimo della società.