Nos vemos, sin fecha ni horario fijo, en algunas pantalla o sintonía radio italiana o española. Y lo mismo ocurre en medios escritos. Tengo la inmensa suerte de no depender de nadie, de no deber nada a nadie y de poder opinar libremente cuando y donde solo yo lo considere oportuno.
«Fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e conoscenza»
«No habéis sido hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y conocimiento»
Dante Alighieri, "La Divina Commedia", Inferno - canto XXVI

martes, 31 de mayo de 2011

(89) Pepinos, políticos y periodistas. Responsabilidades e irresponsabilidades en una ensalada de intereses
Cetrioli, politici e giornalisti. Responsabilità e irresponsabilità in un’insalata d’interessi

No me voy a entretener mucho. Sólo algunas consideraciones alrededor de este conflicto de los pepinos. Un conflicto que implica intereses, prioridades, prudencias e imprudencias, rutinas e inercias. De políticos, periodistas, productores, comerciantes y otros reales o presuntos implicados.
”Pepino  Ante todo, unas cuantas dudas de no fácil solución o respuesta equilibrada. Por ejemplo, si un público administrador, un político a cargo y tutela de la salud y seguridad de un colectivo, sea ese nacional o regional, tiene ante todo el deber de curarse en salud para salvaguardar la salud de todos. Por el consabido por si acaso.
  Luego, el conflicto entre ese supuesto derecho-deber y el otro que se llama cautela, prudencia, sosiego, dar tiempo al tiempo. Para que el tiempo y la investigación indiquen, apunten, aclaren, puntualicen.
  Ya - dirán muchos - pero si se llega tarde, el daño puede ser irreparable para la salud, con riesgo de perder más vidas humanas. Y llegaría el momento en el que quienes pidieron cautela comenzarían a pedir cabezas por el motivo opuesto.
  En medio quedan los paganos de siempre, o por lo menos una inmensa mayoría de esos paganos: los agricultores y todo su inducido económico. Gentes que hubiesen preferido cautela, prudencia, ningún alarmismo, nada de medidas instantáneas, a lo mejor hasta el silencio. Todas peticiones comprensibles.
  Y ¿qué decir de nosotros, lo voceros que una suposición o una afirmación tajante, fundada o no, la transformamos en alarma pública? ¿Estamos dispuestos a callarnos, a ocultar para evitar males mayores? ¿A la omisión por si acaso?
  Ya se ve. Se le coja por cuernos o por rabo, esta especie de toro no perdona, ni recibiéndole a portagayola ni tampoco simulando el desdén de una media verónica.
  Pero, por favor, no le añadamos a todo esto la habitual teoría de la conspiración sin tener ningún elemento en las manos. Tampoco hagamos patriotismo barato, indignación empuñando la bandera nacional. Porque no es un argumento, no soluciona nada y a Europa le hacemos un pésimo favor.
  Y por último, aclarado todo, se presentan las debidas excusas y si hay que pagar se paga. A quienes han perdido, y mucho, si quedará claro que han perdido por causas que no residen ni en sus huertas ni tampoco en su responsabilidad.
  En todo el proceso, lo mejor que podemos hacer políticos y periodistas es mantener la cabeza fría y hacer que las alarmas, si se justifican, nunca sean vector de alarmismo.


Un po' di pazienza. Grazie.

sábado, 28 de mayo de 2011

(88) Contundència i Unió”, es decir la antipolítica a porrazo limpio
Contundència i Unió, vale a dire l'antipolitica del manganello



En realidad, non tenía la intención de escribir sobre lo ocurrido en Barcelona – el violento desalojo de los “indignados” – por varios motivos. Ante todo, porque es un problema más bien de índole política; luego porque la evidencia necesita pocas palabras. Y pocas serán estas líneas.
  Decía en los foros, lo he dicho en la radio y en muchas conversaciones, sobre todo con estudiantes de periodismo, que lo de ayer es casi de libro: sin salir de la crónica, los periodistas ya estamos opinando. Porque la evidencia de una brutalidad innecesaria ya contiene un juicio. Sobre la inoportunidad de una decisión política, aun fundada en leyes y normas; sobre el exceso en los métodos ordenados; sobre los ulteriores excesos de los que ha ejecutado las ordénese en el terreno.
  Que la autoridad democráticamente designada, cuando hace cumplir las leyes, pueda recurrir a la fuerza, lo tenemos asumido como parte de nuestras reglas de convivencia. Lo que no tenemos asumido, ni tenemos intención de asumirlo, es el exceso, brutal, gratuito y hasta obsceno. Como, por ejemplo, seguir aporreando gentes que ya están en suelo, reducidas, inermes, sin posibilidad de constituir una amenaza. O la otra obscenidad, la del vergonzoso espectáculo de una persona maltratada en su silla de minusválido. Son innumerables los testimonios – vídeos, fotografías, constataciones oculares – para que alguien pueda negar o sólo dudar.
  Esa es la violencia gratuita cuya justificación sólo la puede buscar la tozudez de la política que niega los hechos, en una defensa numantina de lo indefendible. Por eso, pidiendo perdón a los militantes de Convergència i Unió - y hay muchos de buena fe, ciudadanos que también censuran lo ocurrido - déjenme que mantenga ese sarcasmo que lancé en Twitter: “Contundència i Unió”. Una contundencia gratuita, esencia de la más impopular antipolítica a porrazo limpio.

In realtà, non avevo l'intenzione di scrivere su quanto accaduto a Barcellona – il violento sgombero degli "indignati" – per vari motivi. Innanzi tutto perché è soprattutto un problema d'indole politica; in secondo luogo, perché l'evidenza ha bisogno di poche parole. E poche saranno queste righe.
  Dicevo nei fori, l’ho detto alla radio e in molte conversazioni, soprattutto con studenti di giornalismo, che ciò che è accaduto ieri è da libro: senza abbandonare la cronaca, noi giornalisti già stiamo opinando. Perché l’evidenza di una brutalità innecessaria già contiene un giudizio. Sull’inopportunità di una decisione politica, anche se fondata su leggi e norme; sull’eccesso nei metodi ordinati; sugli ulteriori eccessi di chi ha eseguito gli ordini sul terreno.
   Che l’autorità democraticamente designata, quando fa osservare le leggi, possa ricorrere alla forza, lo assumiamo quale parte delle regole di convivenza che siamo dati. Ciò che non abbiamo accettato, e non abbiamo nessuna intenzione di accettare, è l’eccesso, brutale, gratuito e persino osceno. Come, per esempio, continuare a manganellare gente che già sta per terra, ridotta, inerme, senza possibilità di costituire una minaccia. Oppure, l’altra oscenità, quella del vergognoso spettacolo di una persona maltrattata sulla sua sedia da diversamente abile. Sono innumerevoli le testimonianze – video, foto, constatazioni oculari – perché qualcuno possa negare o solo dubitare.    
  Quella è la violenza gratuita la cui giustificazione può essere ricercata solo nella testardaggine della politica che nega i fatti, in una difesa numantina dell’indifendibile. Per questo, chiedendo scusa ai militanti di Convergència i Unió – e ce ne sono molti di buona fede, cittadini che censurano ciò che è accaduto – lasciatemi mantenere quel sarcasmo che ho lanciato via Twitter: “Contundència i Unió”. Un modo di agire contundente e gratuito, essenza della più impopolare antipolitica a manganellate.

jueves, 26 de mayo de 2011

(87) ¿Internet, un mundo virtual de cobardes y cabrones? Sí y no, como la vida misma
Internet, un mondo virtuale di codardi e figli di…? Sì e no, come la vita reale

Hay momentos en los que es agradable tener que rectificar o, de cualquier manera, modular cierta visión algo consolidada de nuestro propio entorno. El entorno más próximo, el más amplio de la sociedad y que ahora es parte de nuestras vidas; también el entorno virtual. O, mejor dicho, ese mundo con el que no tenemos un contacto físico de cercanías y que, sin embargo, está más cerca de lo que parece por la virtualidad digital ofrecida en los medios informáticos.
  Larga premisa para ser bastante breve. Lo que quiero decir, y lo digo como individuo y al mismo tiempo como periodista que ejerce de cronista, es que cada día se confirma eso de que generalizar y escupir sentencias apresuradas es siempre un error. Lo que no excluye la adopción de la más elemental prudencia, siempre evitando lanzar las campanas al vuelo.
  Constato que Internet y todos sus barrios – redes sociales, blogs, foros, etc. – presentan un aspecto, como diría un francés, double face. Por ejemplo, miremos al anonimato ofrecido por una identidad declarada en Twitter, Facebook o donde sea. Sería apresurado juzgar. Puede obedecedor al deseo de atrincherarse para cualquier posible presente y futura fechoría. Pero puede hundir sus raíces en una innata timidez, en la justificada búsqueda de privacidad o, también, en consideraciones prácticas de oportunidad que cada uno pueda valorar útiles o necesarias para su personal situación.
  Bien, vayamos hacia la conclusión. Mucho he escrito, como periodista, sobre la comunicación y sus múltiples vías. Aquí y ahora, lo que quiero es recalcar otra vez que todo lo escrito y dicho, y no sólo por mi teclado, en un debate permanente que allí está en la sociedad, siempre hay que matizarlo. Internet no es el infierno ni sus habitantes son demonios. Haberlos haylos, claro, y es suficiente abrir un explorador y echar un vistazo. Lo mismo que pasa asomándose a la ventana, mirando la tele, escuchando la radio, leyendo un periódico o revista, o dándose una vuelta en cualquier calle, en cualquier local. Internet es la vida misma. Con la posibilidad de acentuar y multiplicar lo bueno y lo malo, lo sublime y el mismísimo contenido de las cloacas, por consentir cierto anonimato que puede traducirse en pantalla de la cobardía y en impunidad.
  Pero hay que reconocer, alto y claro, que en la Red hay espacio para la sonrisa no necesariamente vulgar o chabacana, para la educación y hasta para el debate sereno y constructivo - ¡milagro! - comprimido en 140 caracteres. ¿Por qué escribo esto y ahora? Porque me estoy tomando un café, tengo abierto Twitter y allí, por ejemplo, no tengo dificultad en el diálogo con un buen número de usuarios, hasta en la divergencia o en la discrepancia. Para los excesos insoportables, siempre nos queda el último recurso: “Block”.

Infierno y Paraíso - Inferno e Paradiso - Hell and Eden

Ci sono momenti nei quali è gradevole dover rettificare o, almeno, modulare una certa visione consolidata di ciò che ci circonda. L’ambiente più prossimo, il più ampio della società che ora è parte della nostra vita; anche il mondo virtuale. O meglio, quel mondo co cui non abbiamo un contatto fisico della vicinanza e che, ciò nonostante, è più prossimo di quanto lasci intravedere la virtualità digitale offerta dai mezzi informatici.
  Una lunga premessa per poi essere breve. Ciò che intendo dire, e lo affermo come individuo e allo stesso tempo come giornalista che fa il cronista, è che ogni giorno si conferma che generalizzare e sputare sentenze frettolose è sempre un errore. Il che non esclude l’adozione della più elementare prudenza, sempre evitando di entusiasmarsi troppo.
  Rilevo che Internet e tutti i suoi quartieri – social networks, blogs, fori, ecc. – presentano un aspetto, come direbbe un francese, double face. Guardiamo, per esempio, all’anonimato offerto da un’identità dichiarata in Twitter, Facebook o in qualsiasi angolo preferiamo.  Sarebbe frettoloso giudicare. Può obbedire al desiderio di trincerarsi per qualsiasi presente o futura malefatta. Può però affondare le sue motivazioni in un’innata timidezza, nella comprensibile ricerca della privacy o, anche, in considerazioni pratiche sull’opportunità che ciascuno può valutare riguardo alla propria situazione personale.
  Bene, ci avviamo verso la conclusione. Molto ho scritto, come giornalista, sulla comunicazione e le sue molteplici vie. Qui e ora, ciò che intendo è ribattere ancora una volta che tutto quanto è stato scritto e detto, en non solo con la mia tastiera, in un permanente dibattito che sta nella società, dev’essere sempre precisato. Internet non è l’inferno né i suoi abitanti sono demoni. Ci sono, è chiaro, ed è sufficiente aprire un browser per rendersene conto. La stessa cosa che accade quando schiudiamo una finestra, guardiamo la tv, ascoltiamo la radio, leggiamo un giornale o facciamo un giro in qualsiasi strada, in qualsiasi locale. Internet è la vita. Con la possibilità di accentuare e moltiplicare le cose buone e le cattive, il sublime e lo stesso contenuto delle cloache, perché consente un certo anonimato che può tradursi in schermo della codardia e dell’impunità.
  Dobbiamo però riconoscere, alto e chiaro, che nella Rete c’è spazio per il sorriso non necessariamente volgare, per l’educazione e persino per il dibattito sereno e costruttivo – miracolo! – compresso in 140 caratteri. Perché scrivo queste cose e lo faccio ora? Perché sto degustando un caffè, ho aperto Twitter e lì, per esempio, non ho difficoltà nel dialogo con un certo numero di utenti, anche nella divergenza e nella diversità. Per gli eccessi insopportabili, sempre ci resta l’ultima risorsa: “Block”.